Una historia sobre lo puro y lo sucedáneo

Sucedáneo es una palabra que, por algún motivo, me gusta. Supongo que porque la utilizo mucho como arma arrojadiza contra el mundo en que vivimos, y que cada vez tiene más de sucedáneo que de puro; más de postura que de esencia. Semejantes afirmaciones son siempre cuestionables, del mismo modo que hay quien escribe, y quien ESCRIBE. En la perspectiva más amplia, la que sirve para matar discusiones, ninguna opinión es definitiva.

Pero saber mojarse te diferencia de la manada.

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El motor original de este texto es un lugar llamado Kerlingarfjöll, situando en las Highlands islandesas, y que visité hace algunas semanas (lo reflejé fotográficamente en la entrada del blog correspondiente: Kerlingarfjöll): un lugar inhóspito y frío incluso en verano (atención a la experiencia de vivir una nevada en pleno julio y rodeado de fumarolas volcánicas), que durante tiempo recibió el enfático nombre de Montañas del Mal, y que esconde detrás una fascinante historia.

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El turismo más acelerado es tremendamente eficaz en desnaturalizar la experiencia del viajero, toda vez que la universalización de los viajes juega en contra del que busca la experiencia única y singular, pura. Territorio virgen. En Islandia, esto se ha vuelto casi dramático en los últimos tiempos. La poderosa fuerza del paisaje islandés, uno de los más variados y colosales de la Tierra, se está diluyendo entre hordas de turistas que recorren esta piel volcánica como hormigas, ceñudas, muchas de ellas con poco más impulso que el de tachar un nombre más en una lista sin fin o enlazar filtradas imágenes en su cuenta de Instagram con veinte o treinta etiquetas. Ya sea en cascadas, gargantas, fiordos, áreas geotermales, lagos, no importa, allí están los blancos buses turísticos, monstruosos todoterrenos, helicópteros, y en su interior, mareas de visitantes ataviados con ropa como para alcanzar el Polo Norte. Tras ellos hay una industria engrasada e imparable. El turismo en Islandia es una dinamo que no deja de generar ingresos, pese los irrisorios impuestos aplicados al sector. El empresario islandés, sumido en una vorágine capitalista y liberal, hace tiempo que ha vendido su tierra a los ojos de quien quiera (y pueda) pagarlo. Así, se multiplican las empresas de guías de viajes, ya sea en su vertiente más simplona (paseos a pie por la ciudad) a la más aventurera (excursiones por cuevas de hielo, etc); en la capital, y en todas partes, en realidad, brotan nuevos albergues, hoteles (normales y de lujo), pensiones, apartamentos de airbnb, una marea de restaurantes que ofrecen productos de calidad variopinta pero precios invariablemente altos, empresas de rentin de coches, camiones, 4×4, motos, quads, caravanas, furgonetas, caballos, bicicletas, helicópteros. Todo está a tu alcance. Supongo que es así cómo se forja una fortuna, y también la masificación de un país en el que apenas viven 350.000 personas pero que, a lo largo de este año, habrá recibido una cantidad varias veces superior de turistas (se calcula que sobre dos millones). El que escribe vivió en 2014 en Reykjavík, y ahora en 2016 ha empezado su segunda etapa en el país, pero incluso en el trascurso de apenas dos años es capaz de observar la diferencia. La experiencia de viajar por el país se ha seguido transformando, y de la mano de guías de viajes y lugares de internet en donde se recomiendan los lugares-secretos-que-no-te-puedes-perder, ha abierto la experiencia aventurera a cualquiera, al alcance de un clic. Ha hecho creer, de hecho, que esta tierra ya no es salvaje. Aunque, de hecho, lo sea.

De todo esto se pueden derivar numerosas reflexiones. Por un lado, ¿qué derecho tiene un turista sobre otro? ¿Acaso el auténtico viajero debería tener acceso a algunos lugares, en detrimento del turista común? ¿Quién marcará el límite? Y, por cierto, ¿es necesario poner un límite? Más preguntas: ¿no son los islandeses dueños de su propio país, dueños de hacer con él lo que les parezca? No me gustan mucho estas reflexiones igualitarias. En mi opinión, existe una diferencia, quizá sutil, en las diferentes maneras de viajar. Pero entiendo que nadie tiene más derecho que nadie para disfrutar en soledad de los lugares tan increíbles que hay en Islandia. La única solución es, por el momento, buscar espacios que aún escapen a la desbordante masificación turística. Y esto es una pelea contra el tiempo, puesto que esa informe y tumoral masa de visitantes lo coloniza todo.

Uno de estos lugares, aún recónditos y relativamente puros, es Kerlingarfjöll.

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Kerlingarfjöll ocupa una línea geológica que viaja desde el SO de la isla hacia el N-NE, y que viene a representar la separación de las placas tectónicas americana y europea. Es, literalmente, una tierra entre dos mundos, y a lo largo de esta línea, el país hierve: volcanes, geiseres, pozas termales, líneas de fractura. Kerlingarfjöll está situada precisamente sobre esa línea y entre dos glaciares: Langjökull al oeste, Hofsjökull al este.

 

Cuando dos amigos me propusieron viajar a Kerlingarfjöll, dije que sí de inmediato. Las Highlands han sido terreno vedado para mí a causa de sus carreteras. La denominación F obliga al viajero a transitarlas en 4×4, y los precios de alquiler de todoterrenos no los hace precisamente asequibles. Esa imposibilidad fue convirtiendo a las Tierras Altas en un lugar mágico, legendario y vagamente utópico. Es cierto que para un escritor, la existencia de una tierra prohibida es un aliciente insuperable. De ese modo, un viernes después del trabajo, me subí con mi pareja y mis dos amigos a un Suzuki Jimmy, y juntos pusimos rumbo al norte, dejando atrás, precisamente, el llamado Círculo Dorado, un trío turístico formado por Þingvellir, Geysir y Gullfoss, y que vive convertido en un caldo de turistas. El típico lugar que los residentes en Islandia procuramos evitar en cuanto lo hemos visto una vez, y a donde enviamos solos a los amigos que vienen a visitarnos. Más allá de Gullfoss, el asfalto de la carretera se esfumó y el todoterreno nos internó por caminos de gravilla, siguiendo la ruta del Kjöllur, que en tiempos comunicó el norte y el sur de la isla. A nuestro alrededor, la atmósfera se iba enfriando, y sobre nosotros, un cielo gris plata convertía la hilera de montañas negras del horizonte en un perfil amenazador, como de muerte. Alcanzados los 500-600 metros de altitud, se desplegó a nuestro alrededor una inmensidad plana, un pedregal punteado por pedruscos de bordes angulosos y parcheado de pequeños brotes de flores sub-árticas. Aquí y allá, corderos mordisqueando la nada y observando con bovino tedio nuestro paso. De vez en cuando, alguna que otra valla, para recordarnos que toda esa tierra tiene dueño. Nos encontramos en el camino al tétrico lago Hvítárvatn, de reflejos siniestros pero pese a ello incomparablemente bello. Mis primeras impresiones giraban en torno a la soledad, a ese sentirnos pequeños que a veces pasa por nuestros corazones. Alrededor, un territorio mágico y agreste, violento. No en vano, las Highlands eran el lugar al que se condenaba a los delincuentes y a los asesinos. O eso, o el exilio. Así se forjaron las leyendas que consideran las Tierras Altas un lugar habitado por demonios. Mientras miraba a mi alrededor con el corazón algo encogido, pude comprender por qué.

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El cielo fue encapotándose a medida que avanzábamos hacia Kerlingarfjöll, la amenaza perpetua de lluvia en un país de clima explosivo. Afuera, la temperatura cayó de los cálidos quince grados costeros a casi cero, y para cuando llegamos a destino, sobre el resort Kerlingarfjöll había caído un muro de niebla tan denso que parecía lloviznar. Plantamos la tienda presintiendo el frío que íbamos a pasar en la noche que no es noche (a principios de julio, apenas una ligera penumbra habita entre la medianoche y la madrugada). El resort lo divide en dos un río glaciar cuyo valle se amplía abruptamente. Al lado de la carretera, varias cabañas nuevas mezcladas con edificaciones antiguas, todas puntiagudas, más una hilera de cabañas modernas a medio construir, y un edificio mayor que alberga un hotel, un restaurante, la recepción y los baños. Nos inscribimos en un camping ligeramente más caro de lo acostumbrado, y cruzando un puente de madera, accedimos al otro lado, con un pequeño llano húmedo para acampar y, más arriba, cuatro cabañas antiguas.

Al llegar la noche, nos metimos en las tiendas y tratamos de dormir, aferrados a botellas de agua caliente (buen truco), mientras afuera sonaba un aguacero. Por la mañana, estábamos medio calados de frío y agua.

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Por una casualidad del destino, de esas que, en el fondo, no estaría de más dejar de caracterizar como tal, terminamos accediendo a una de las cabañas más antiguas, y cuya construcción se remontaba a los primeros tiempos del resort. Dentro de la cabaña de madera, un grupito de españoles, niños incluidos, y la dueña legítima de la cabaña, Ingibjörg, una hospitalaria islandesa de unos sesenta años, pelo blanco y corto, y sonrisa franca. Sentados alrededor de la mesa de desayuno, cuatro gallegos, un asturiano que lleva veinte años fotografiando Islandia, más un vasco con su niña y un nieto de Ingibjörg. La niña es uno de esos maravillosos híbridos hispanoislandeses que hablan a la perfección español e islandés, y también inglés. El ambiente era familiar, así que me recuperé pronto de la incomodidad de encontrarme en un lugar nuevo rodeado de gente que no conozco. Sobre la mesa, café, galletas, yogur, embutido. A través de la ventana se observaba el río, algunas tiendas de campaña, y un gran bus blanco que estaba descargando una cincuentena de turistas al edificio principal.

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Después del viaje, mientras leía sobre Kerlingarfjöll en la red, descubrí que al parecer había sido un lugar bastante ignorado por los islandeses a pesar de encontrarse tan próximo a la ruta del Kjöllur, y que solamente a finales del S. XIX empezó a recibir las primeras visitas, en su mayoría, de científicos islandeses y extranjeros. Un poco más tarde, a principios del S. XX e inmediatamente después de la I Guerra Mundial, se realizó un esfuerzo de mejora en la carretera de la ruta del Kjöllur, en gran medida para poder construir el vallado que impedía que ovejas de diferentes dueños camparan a sus anchas en terrenos ajenos. Los carneros son tema poco baladí en Islandia, como puede contemplarse en la reciente (y bellísima) película: Rams. La construcción de un puente sobre el río Hvítá, al que desagua el lago Hvítárvatn, fue crucial para que Kerlingarfjöll fuese un lugar un poco más accesible. Y así, se cree que en 1936, el primer vehículo a motor llegó a Ásgarður, el valle en donde precisamente nosotros habíamos acampado. Tan sólo un par años más tarde, la asociación de trekking de Islandia (Ferdafélag Íslands) levantó la primera cabaña, que aún se levanta en un rincón del resort.

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Volviendo a la cabaña, Ingibjörg nos empezó a contar la historia tal y como ella la recordaba. Era una voz autorizada puesto que su padre fue, precisamente, uno de los pioneros que a partir de los sesenta acudió al valle de Ásgarður para construir las cabañas de lo que habría de convertirse en la primera estación de esquí de verano de la isla. Por entonces, al contrario que hoy, las nieves no se retiraban al llegar el período estival. Y fue así también como empezaron a llegar los primeros turistas, que más que turistas eran auténticos aventureros. Ingibjörg, por entonces una adolescente, recuerda aquellos tiempos con la nostalgia habitual. Todos alrededor de la mesa la escuchábamos hablar en silencio, maravillados, porque estábamos escuchando una historia vedada para la inmensa mayoría de visitantes. Me sentí, incluso (y resulta muy ridículo), un poco intrépido. Hubo tres pioneros en Kerlingarfjöll: Valdimar Órnólfsson, Eiríkur Haraldsson y Sigurdur Gudmundsson, responsables del acondicionamiento del lugar y de la construcción de la futura estación de esquí, acompañados, en los años siguientes, por otros pioneros, entre los cuales se encontraba precisamente el padre de Ingibjörg. Aquellos eran años entusiastas, pero también duros. No en vano, en las Tierras Altas la vida puede escaparse rápidamente a las mínimas de cambio. En aquellos veranos, se reunían en Kerlingarfjöll amantes del esquí y del aire libre, de las hogueras. Me imagino los rostros encendidos, las conversaciones. Eran tiempos, añado yo mentalmente, sin teléfonos móviles, sin tablets ni gilipolleces por el estilo. Tiempos en blanco y negro, pero ardientes de luz. La memoria de Ingibjörg envolvía esos tiempos con seda de melancolía. Nos contó que en los primeros años, el puente sobre el río Hvítár era tan débil que debían bajarse del autobús que los llevaba, y pasar a pie, para luego volver a subirse; o de la conmoción que resultó de la llegada del equipo de esquí olímpico de Francia, que acudieron a entrenar a Kerlingarfjöll. Poco a poco, Ásgarður se fue haciendo popular entre los islandeses, que acudían a pasar temporadas en el verano, a esquiar en remontes que funcionaban gracias a un tractor, y a alejarse de la urbanidad de Reykjavík por un tiempo.

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Eran tantos y tan poco el espacio, que en aquellas primeras cabañas dormían hombro con hombro y desayunaban por turnos, se aseaban en el río y cepillaban las botas sucias de barro en la puerta de la cabaña. Mi imaginación prenda aquellos tiempos con lopapeysa, guitarras y muchas risas. El paso de las décadas deshizo el romanticismo de la adolescencia, pero Kerlingarfjöll continuó siendo un lugar prácticamente virgen durante décadas, a pesar de la llegada de equipos internacionales de esquí a entrenar (no sólo el francés, sino también el alemán). Lejos, en la costa, el país iba transformándose progresivamente, una transformación acelerada vertiginosamente a finales del S. XX y principios del XXI. Este vértigo coincide con un momento crucial para la región de Kerlingarfjöll: en el año 2000, el Hekla entró en erupción, y gran parte de las cenizas expulsadas se depositaron sobre las nieves de Kerlingarfjöll. La ceniza negra concentró una mayor cantidad de radiación solar, y la nieve se fundió. El cambio climático hizo el resto, y las nieves se retiraron, hasta hoy. Paralelamente, y como parte del mismo proceso de masificación turística que sufre el resto del país, un empresario comenzó a comprar las cabañas e instalaciones de Ásgarður. En la cabaña, Ingibjörg no disimuló su resentimiento hacia los actuales dueños mientras nos hablaba del tema. De todas las cabañas que se pueden ver, nos dijo asomada a la ventana de la suya, solamente esta y otras dos pertenecen a los dueños originales. Las demás, aclaró, habían sido adquiridas por el dueño del resort, que además había construido algunas nuevas y seguía haciéndolo (una horrible línea de cabañas a la entrada del espacio). Para más inri, el estatus legal de las cabañas originales resultaba un tanto difuso, e Ingibjörg no sabía si su cabaña podría ser heredada en la siguiente generación, si podría hacer reformas o incluso alquilarla a grupos de amigos (situación que me hizo recordar la de las casas primitivas de las islas Cíes y Ons en Galicia). Nos contó que habían intentado comprar su cabaña varias veces, pero que se había negado en redondo. La entendí mientras nos lo contaba: sería traicionar su memoria, y la de su padre. Ingibjörg, como otros muchos islandeses, perdió su casa en el crash del 2008. Podría, entonces, haber vendido la cabaña y solucionar parte de sus problemas económicos. Directora de una guardería, hoy vive con su hija. No quiso seguir hablando del resort, que le ensombrecía el rostro. Alrededor de la mesa, los niños ya estaban jugando, aburridos de las historias, y yo bebía café aunque no me gusta el café. Al rato, salimos para hacer un trekking hacia el norte, con la promesa de regresar a la hora de la comida. Mientras salíamos, Ingibjörg nos fue abrazando, mostrándose agradecida por la compañía.

Mi cabeza ya trajinaba intentando encontrar este texto.

Tras la retirada de las nieves, Kerlingarfjöll es hoy un espacio lunar en donde reina la riolita, que al contacto con la humedad se convierte en un barro ocre anaranjado que se te pega a las botas. Por doquier, parches de flores y arrebatos del bello musgo islandés. El azul turquesa de las aguas glaciares completan una estampa multicolor. Se trata de espacios estrechos entre valles, fumarolas que lo envuelven todo de vapor y azufre. En pleno julio, nos cayó una preciosa nevada, y los dedos se te congelaban si los sacabas fuera del abrigo.

Islandia es una tierra jodidamente viva.

 

Pasamos más buenos momentos en la cabaña de Ingibjörg, de esos que alimentan el espíritu y que necesito como agua un sediento. Esos momentos forman parte, además, de parte del estremecimiento que esta tierra causa en mi alma, y que está inextricablemente entrelazado con mi experiencia aquí. Sin estos momentos, vivir en Islandia sería como rebajar whisky con agua.

Es la diferencia, creo yo, entre ser un turista y visitar un lugar, y ser un auténtico viajero y beberlo con todos tus sentidos.

Es la diferencia, por cierto, entre lo sucedáneo y lo puro.

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El turismo más exacerbado está minando la experiencia que uno puede vivir en Islandia, alimenta ese monstruo capitalista y globalizador que devora lo excepcional para igualarlo al estándar. Como decía al principio de este texto, es cada vez más complicado encontrarse un poco de soledad con la que contemplar lugares maravillosos. El crujido de un glaciar contra la roca que subyace debajo, el rumor de las olas y el mar en una playa cubierta de hielo. Es raro que no te moleste el clic de mil cámaras de fotos y sus flashes, el perfil de turistas en el horizonte, vallados e innecesarios paseos de madera, indicaciones y avisos de peligro. De norte a sur, de oeste a este, cualquier lugar factible de convertirse en una postal arde de visitantes, especialmente durante los meses de verano. De vez en cuando, la imprudencia de alguno de ellos lo lleva a la muerte, como si fuese un recordatorio de que este no es un lugar para tomarse a la ligera. Pese a la impresión de seguridad, Islandia es un lugar de naturaleza hostil y turbulenta.

En una conversación posterior con Ingibjörg, le hablé de que en España sabemos bien cómo termina el camino de la masificación turística. Uno puede verlo en el Levante, en las islas Baleares o en las Canarias, puede encontrárselo en muchas costas, en realidad: pérdida de memoria, cemento y plástico. Pueblos destrozados, gentes que huyen. Complejos hoteleros y todo, absolutamente todo, al servicio de un turista que suele ser inconsciente e irresponsable. Le hablé de Crematorio, el libro de Rafael Chirbes, en donde a uno le entran por la espina dorsal todas las sensaciones de pérdida de la costa levantina. A ella no le resultaba ajeno. No en vano, ella y su familia fueron de los primeros turistas islandeses en España, a principios de los 60. En petit comité, me habló de aquella Barcelona preturística, de la costa levantina, de Nerja, en donde habían veraneado durante varios años y en donde su padre había trabado amistad con el dueño del restaurante, un tal Pepe Gómez. Ambientes primitivos perdidos, y que quizá Islandia también ha empezado a perder, iniciando un camino de masificación turística que puede terminar rematadamente mal. Un lugar puro convertido en otro parque de atracciones. Se perderá, como está ocurriendo en muchas partes. Se llama codicia. Business man, murmuró Ingibjörk.

Y eso será una pérdida no sólo para los islandeses o para los viajeros, sino también para el conjunto de la Humanidad, puesto que del mismo modo que una especie extinguida reduce nuestro acervo global, un lugar bello destruido jamás vuelve a ser lo que era.

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Nota del autor. Todas las fotografías han sido extraídas del blog Gummi Kobba.

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Un comentario en “Una historia sobre lo puro y lo sucedáneo

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