Cuentos leves – XXXI

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Hace años que está varado en esa cama. Una infección en la médula le dejó casi tetrapléjico y arrasado por constantes dolores. A veces es como si le retorciesen los nervios, un infierno. Quizá por vivir así ha aprendido a valorar la cualidad infinitesimal de los momentos y su fugacidad. No hay grandes alegrías en su vida, pero sí dos momentos de paz que marcan sus días y los transforman en algo merecedor de ser vivido. Uno de ellos es cuando Lira aparece después de la comida y se sienta a su lado y le lee fragmentos de libros que solían leer. Lira era su novia cuando todo pasó. Ahora ya no están juntos, él la liberó para que no viviese atada a un objeto inservible, su cuerpo. Su regalo a cambio de la libertad es acudir a hacerle compañía por las tardes, su voz sedosa en las páginas amarillentas. El otro momento es el despertar. Lira se encarga de llenarle la habitación adaptada con plantas aromáticas: lavanda, albahaca, cilantro, menta, tomillo, romero, orégano. Las plantas crecen y lo convierten en una selva que, al despertarse y antes de abrir los ojos y volver a su mundo de dolor, antes del reconocimiento de lo evidente, emana una compleja y maravillosa mezcla de aromas. Y es curioso que con solamente eses dos momentos, sea capaz de definirse como alguien feliz, mucho más feliz, de hecho, que antes de enfermar.

 

Lee los demás Cuentos leves aquí.

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