Lo que se esconde detrás de un gusto inesperado

Se os presenta una sinopsis como esta:

Jake llega a la Universidad de Texas en su deportivo, con las ventanillas bajadas y la música a todo volumen. Quedan sólo unos días para que arranque el curso, pero piensa aprovecharlos conociendo chicas, yendo a fiestas y haciendo amigos. Secuela espiritual de Dazed and Confused, ambientada en los años 80. Los protagonistas, un grupo de jugadores de béisbol a punto de ingresar en la Universidad, son conscientes de que las obligaciones de la edad adulta son ya ineludibles.

Universidad, música, fiestas, amigos, béisbol. A mí casi se me aparece la mueca del disgusto. Podría ser el argumento de mil películas Made in Hollywood, obras universitarias de destino adolescente. Encefalograma plano. Y poco más.

Y, efectivamente, eso es exactamente lo que yo pensaba cuando empecé a ver Everybody wants some, de Richard Linklater. Una vez vista, en cambio, la pregunta que alumbró en mi cabeza era otra: ¿Por qué me había gustado?

everybodywantssome

Toda vida que se precie alberga este tipo de enigmas, cosas que nos gustan y que no comprendemos qué nos gusten. Como si la obra en cuestión desencadenase en nosotros un resorte atávico que escapa a toda lógica y que, incluso, nos hace sentir vergüenza de nosotros mismos. Dado que los escritores tenemos alma de exhibicionistas, jugamos a exponer los traumas para ver si, por casualidad, la exhibición tiene algo de terapéutico. Y, quizá también, por ansias de ser carnaza. En mi caso, se trata de reincidencia, ya hace tiempo hablé de mi relación con la banda Second para Indie-Spain Magazine, y desde entonces asumo esos triángulos de bermudas que habitan mi vida con la mayor naturalidad posible.

Entonces, ¿por qué me gusta Everybody wants some?

Aunque me gusta el cine, y rebusco en listas de festivales para encontrar películas que se salgan de la cartelera, no me considero un cinéfilo, en parte por brutal carencia de conocimientos, en parte por falta de voluntad de enfrentarme a según qué película de culto. Así, para mí Linklater no era más que el director de la maravillosa Boyhood, y también responsable de A scanner darkly, de la que en su día me enamoró la técnica de grabación (rotoscopio), y de la soberbia Waking life, que usaba la misma técnica y me interesaba por motivos mucho más filosóficos. De modo que no era grupi del director, como si me podría pasar con Iñárritu o con Aronofsky.

Entonces, tenemos un argumento común y un director que bien, sí, pero que tampoco hay para tanto. ¿So? Sigo creyendo, a estas alturas, que no hay nada en Everybody wants some que la haga salirse de lo común. Y que, sin embargo, lo hay.

Linklater lleva parte de su carrera como director empeñado en capturar el frágil instante en que todo cambia. Un instante que, por lo demás, suele pasar completamente desapercibido y del que solamente somos conscientes con la perspectiva que da la memoria. Habla mucho también, pero sin palabras, de la nostalgia y del paso de adolescencia a juventud y a esta etapa de adultez que tanto cuesta aceptar como real. Se enzarza, y mucho, en la maleza de la cotidianidad que preña cualquiera vida. Una cualquiera.

En la película que me ocupa, la vida fluye de una forma diáfana, luz muy clara. La acción sigue los pasos de un tal Jake, un crío a punto de comenzar la época universitaria de la mano del béisbol, y la acción se sitúa en el fin de semana previo al principio de las clases. Es un momento de pura potencialidad, que Jake vive como una sucesión de gracias de sus nuevos compañeros, en parte gamberradas en parte novatadas, de alcohol y de una colosal batalla hormonal por las mujeres. El SEXO con la vida. Una banda sonora muy de los ochenta lo anima todo: Dire Straits, Van Halen, Blondie. Lo insólito es que, a pesar de la diferencia de generaciones y de que la llegada a la universidad sea tan diferente entre épocas y países y culturas, hay algo en las escenas de Everybody wants some que se remueve en nosotros. Quizá, supongo, porque más allá de apariencias, hay en esos momentos un motor universal y que cualquiera puede reconocer, y que se nos dispara a la mínima de cambio. Así, como por pura magia.

La capacidad de Linklater para esto es maravillosa. Y lo que en Boyhood era conmovedor, aquí nos hace soltar una media sonrisita, enlazando lo que Jake siente con lo que un día nosotros también sentimos. Todas esas gracias sin gracia, la vida entre residencias, discotecas, marihuana,… es un envoltorio con aires de parque temático de los ochenta, una época en donde muchas cosas eran posibles, y que contemplo con la nostalgia de quien creció en los noventa, esa década en la que grupos como Smashing Pumpkins nos enseñaban que la vida era amarga y no tenía sentido y todo era una gran mierda. No, en Everybody wants some hay mucha vitalidad, muchas cosas por venir, hay esperanza, esa cualidad que no se puede aprender y que es pura y virgen a esa edad en la que Jake vive.

Honestidad, poca grandilocuencia, cierto aire ridículo, perspectiva, idioteces de niños, muchas cositas soltadas con la única intención de pulsar en nosotros determinados interruptores.

 

De acuerdo, admito que mentí. Yo ya sabía qué había detrás de Everybody wants some que me removía y me hacía pensar que era una pequeña obra maestra. Así que todo el resto del texto era a medias un anzuelo, a medias una trampa.

Exactamente la misma que la de Linklater, que con la excusa de una película a lo Desmadre a la americana, nos planta delante un producto trascendente y que no permite la indiferencia.

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2 comentarios en “Lo que se esconde detrás de un gusto inesperado

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