Bolaño (otra vez, y siempre)

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La primera vez que escuché hablar de Roberto Bolaño, fue mi amiga Raquel (también escritora) la que me dijo que necesitaba leerlo. O, más bien, que NECESITABA leerlo. Yo me hacía el remolón, en parte porque uno de los títulos más conocido del chileno, Los detectives salvajes, me echaba un poco para atrás. No me gustan mucho los detectives, me hacen pensar en Agatha Christie, cuyas obras mi madre leyó con perseverancia casi enfermiza. También agarré cierta manía contra ellos tras leer la primera de la Trilogía de Nueva York de Paul Auster, y que me decepcionó de largo. Así que no tenía mucha predisposición a caer en las garras de Bolaño, como en su día tampoco tuve ganas de caer en las de Julio Cortázar (que ahora que lo pienso, también me recomendó Raquel). Pero tras muchas referencias, lecturas cruzadas, artículos y reseñas, decidí enfrentarme a esos detectives mientras caminaba de Irún a Compostela, en mi particular senda estelar (link). El amor fue a primera vista, no tardé apenas una veintena de páginas en ser consciente de la magnitud del enamoramiento, y de la genialidad del chileno. También me alcanzó su naturaleza de mito (como bien se cuenta en el documental, producido por RTVE, y que inspira este texto), pues como me suele pasar, llego tarde a los genios, y Bolaño no fue una excepción. Me dio pena desde el principio que se hubiera muerto, y que el número de obras a mi alcance no fuese a aumentar más. Esa pena, honda pero asimilable, la recupero cada vez que miro la columna de libros por leer y encuentro una de sus novelas. Más tarde, me maravillé con 2666, de modo que ahora me quedan las nouvelles a las que tan aficionado era. Este año ya me he comido Nocturno de Chile, y si mis cálculos no fallan, tengo novelas suficientes para leerme una por año hasta que roce los cuarenta. Luego, podré empezar con su relectura, que es el placer de la edad más adulta, supongo, pero que, sin embargo, me parece un placer inferior a la primera impresión. Pero más de lo que daría una piedra. Y no hay que olvidar que, a pesar de que lleve muerto ya unos cuantos años, Bolaño nos sigue iluminando, a los escritores o aspirantes a escritores, que la literatura es un juego, es una apuesta, es una batalla, es una banalidad, y que, como tal, debe ser tratada con una intensidad visceral.

Visceral realista.

Amigo Bolaño, otra vez, y siempre.

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4 comentarios en “Bolaño (otra vez, y siempre)

  1. Volveré a ver este gran documental y volveré a Bolaño… sé que estoy pasando al lado de algo grande, tal vez no haya leído sus “detectives salvajes” en el momento adecuado, cuando aún no dominaba suficientemente el castellano. Ahora estoy con una recomendación tuya: «la muerte del padre» de Karl Ove que estoy devorando. ¡Gracias!

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    • Quizá te pase, a ti, lo que a mí me pasa con Borges, que no me gusta y que sé que, en algún momento de mi vida, visitaré para verlo de otra forma. Si hubiese leído a Bolaño a los 20, no me habría gustado, estoy seguro… Karl Ove es… uhhhhhh, canela! Si es que estamos con nombres que son de Champions :))))))

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