Mortadela y masonería

Todo empezó con la mortadela. Es raro empezar así un texto, lo sé, pero es que es así cómo empezó toda esta historia, con mortadela. Concretamente, mortadela islandesa: malakoff.

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La mortadela es algo que compro muy de vez en cuando, saciando otro gusto inesperado, que me retrotrae a tiempos pretéritos en donde cada día de la semana se vestía con bocadillos de diferentes ingredientes, uno de los cuales, claro está, era la mortadela (estaban también el chorizo, el salchichón, el queso, el jamón serrano y, de santos en pascuas, el chocolate). Contemplada por muchos como poco más que carne de baja calidad apretada en lonchas, a poder ser con aceitunas, en ella hay un sabor que en mí despierta a esos p**** receptores del placer que habitan nuestro cerebro. Así que, de vez en cuando, me viene la pulsión, que sacio comprándome cien gramitos de mortadela y comiéndome las lonchas una a una, a palo seco. Qué cierto es que lo mejor que se puede hacer con los vicios, en contra de lo comúnmente pensado, es saciarlos, y no resistirse a ellos.

Siguiendo esa pulsión de la que hablo, me compré dos paquetes de mortadela en el avituallamiento previo al viaje a Kerlingarfjöll. Al venir perfectamente empaquetada al vacío, se presta a ingrediente protagonista para campings, igual que el queso. Hasta aquí, todo normal. A María no le gusta la mortadela (ella es vegetariana), y siempre mira mi mano cogiendo mortadela con una mueca de desagrado, pero yo resisto la mirada apolíneo y con el gesto épico de los héroes griegos.

Esa misma primera noche de viaje, a la hora de la cena, saqué el paquete de la bolsa y tanto yo como María contemplamos atónitos los símbolos masónicos que se dibujaban en la parte posterior, sin disimulo alguno, entre ellos la clásica escuadra y compás, el árbol de la vida (una acacia) o el hombre de Vitruvio, pero también otros como la flor de Lis, un misterioso símbolo árabe (¿templario?) o una bola del mundo sin continentes pero con líneas de latitud y longitud (similar al símbolo de las Naciones Unidas).

Lo que descubrimos aquella noche es una de esas chorradas que no en vano tienen algo de trascendental. Y que no carecen de precedentes: en primer lugar, ya hacía tiempo que nos habíamos fijado en el enorme edificio monumental que se levanta en una importante calle de la capital, con la escuadra y el cartabón en la fachada y la Estrella de David dibujada en las ventanas; en segundo lugar, el árbol de la vida era algo que habíamos visto colgado del cuello de un elegante y venerable anciano, que las mañanas de los sábados y domingos se reunía con otros ancianos (¿compañeros masones?) en el mercado del Kolaportið.

A servidor, la masonería le suena a conspiranoias cutres y a libros (aún más cutres) de Dan Brown, y poco más. Leímos la entrada correspondiente de Wikipedia mientras compartíamos un café, días más tarde, en el mismísimo Kolaportið: búsqueda de conocimiento, y de la Verdad, niveles jerárquicos en pirámide, pruebas de iniciación, etc. Algo muy parecido, de hecho, a la idea que tengo de secta, pero quizá sin tan mala prensa. También con cierta gracia, no puedo olvidarme del divertido capítulo al respecto de la masonería y las sociedades secretas que hay en Los Simpson.

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En otras partes de la red descubrimos que Islandia cuenta con unas cuantas logias masónicas, pero poco más. Escasa información en inglés, y el resto, tampoco demasiado, en islandés. Lo que sí nos sorprendió fue el carácter aconfesional de la masonería, pues yo siempre había asociado a los masones a rollos cristianos medievales más bien oscuros, como templarios, sábanas santas, profecías y otras mamonadas por el estilo. Por cierto que, en el curso de nuestras sagaces investigaciones, descubrimos también que en Islandia hay, ni más ni menos, la friolera de sesenta judíos. Digo esto porque la compañía que fabrica la mortadela a la que me estoy refiriendo se llama como el grupo de amigos de los judíos en la Alemania Nazi: SS (Sláturfélag Suðurlands). Se trata de una cooperativa de agricultores del sur de Islandia que, además de mortadela, produce otros embutidos islandeses, y los famosos pylsur, perritos calientes típicos de Islandia.

Reconozcamos que el espíritu humano tiende a la conspiranoia. Fácilmente caemos en la fantasía, y la mía me llevó a sectas masonas ocupando los puestos de la élite islandesa, una oligarquía sin rostro que domina campos clave como el petróleo, la alimentación, el turismo y, seguro, la política. Lo mismo que en cualquier país de Europa, pero en Islandia, que al ser mi hogar postizo, hace más gracia. El entrañable anciano del que hablaba antes, con gabardina tipo detective y un bigote retorcido (aunque no tanto como el de Dalí), enfrascado casi siempre en un murmullo-soliloquio, empezó a resultarnos sospechoso e inquietante. De por sí, el lugar en donde los masones se reúnen (voy a darlo ya por seguro), la cafetería del Kolaportið, es un lugar un tanto tétrico: decoración con utensilios marineros, cuadros siniestros, mayormente horteras, y una población de telita marinera: drogadictos (o exdrogadictos), perturbados, ancianos con la mirada perdida y ademanes torpes, alcohólicos, retrasados mentales. Es en una de las paredes en donde esta ralea se sitúa, estratégicamente ubicados para ver todo lo que se cuece en el local. La gente los mira y suele situarse a una distancia prudencial, pero a María y a mí nos gusta estar más cerca, escucharles hablar, registrar su histriónica forma de vestir, hasta casi su olor. Yo imagino personajes de cuento, María los dibuja o fantasea con dibujarlos.

Ni harto ni perezoso, pasé a la acción, que en los tiempos de internet consiste en realizar búsquedas facilonas o enviar correos aún más facilones. Internet es una maravilla en términos que nos remiten rápidamente al acoso, así que busqué la empresa SS y, con cierta decepción, descubrí que gran parte de la información estaba en islandés, hecho razonable pues, sorpresa sorpresa, estoy en Islandia. Mi motivación era alta así que pasé al ataque activo y escribí directamente en la página de contacto:

 

Hi. I have a few questions about your company. I like your products (especially malakoff), and a few days ago, I found some freemasonic symbols inside the package. I´d like to know, if it´s possible, why are those symbols in your products, or the relation between them and the freemasonery? Takk fyrir

 

Sutil, ¿no? Pero, por otro lado, ¿por qué andarse con rodeos en estos tiempos que corren, tan inmediatos y desprovistos de protocolos?

La respuesta no se hizo esperar, pero fue poco reveladora y escasa. Un tal Niels, en islandés (hecho altamente sospechoso, puesto que la práctica totalidad de islandeses habla inglés, aunque sea mínimamente), me preguntaba, a su vez, que qué era eso de la masonería, y aprovechaba para mandarme saludos. Minutos más tarde, sin mediar contestación por mi parte, me escribió de nuevo con una captura de pantalla, también en islandés, indicándome que ahí se encontraba la respuesta. Eché mano de una amiga islandesa para enterarme de qué iba la respuesta, que al parecer hacía referencia no a los símbolos masónicos en los paquetes de mortadela, sino a otro símbolo de la compañía, el perfil de la montaña.

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La respuesta iba, por tanto, de referencias bucólicas a la naturaleza y a otras historias que no venían a cuento, y que, a mi modo de ver, solamente trataban de desviar mi atención da pregunta no respondida:

¿¿Por qué hay símbolos masónicos en la mortadela??

Un conspiranoico de los de verdad me diría, a estas alturas, que de forma gratuita le había facilitado a la masonería islandesa todos mis datos (nombre, e-mail, dirección, teléfono). Que ahora sabían que yo lo sabía, y que de seguro ya había sido incluido en una lista negra. Menos mal que no soy un conspiranoico genuino, y que dudo que la compañía SS vaya a hacer nada conmigo (y mucho menos, mortadela, como en otro capítulo de Los Simpson que no viene a cuento).

Finalmente en un relativo callejón sin salida, el intenso impulso inicial fue perdiendo fuerza y, a las pocas semanas, me contenté con fantasear de vez en cuando con el tema, especialmente cuando María y yo vamos al Kolaportið y nos comemos bollería islandesa y té y café mientras miramos la ristra de ancianos masónicos en la pared de la cafetería. En donde siempre se encuentra, por cierto, el anciano murmurante con el colgante del árbol de la vida al cuello y bien a la vista

.

El cajón de rarezas de este país continúa llenándose poco a poco. El episodio de la mortadela masónica es solamente otra gema más en ese joyero infinito, y no descarto que, en el futuro, me llegue alguna respuesta reveladora. Mientras tanto, tendré cuidado al pasar por delante de su centro de culto… por si la mortadela.

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3 comentarios en “Mortadela y masonería

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