Sangre beat – oscuridad

Se está inclinando hacia mí completamente borracho y con sus ojos brillantes de boddhisattva legendario, las pupilas tan pequeñas, y yo también voy hacia Jack y de pronto somos dos trenes que se embisten suavemente, todo parece detenerse y se escucha no más que la pluma de Allen rasgando el papel, impertérrito y concentrado en sus ideogramas, ese rasgar es un sonido maravilloso que me envuelve como si estuviese construido con el aroma emanado de una mañana de invierno en la que estás tapado y leyendo y con chocolate y la lluvia afuera, y de pronto su boca está pegada a la mía y su barba incipiente rasca mi piel y la mía la suya y su boca está caliente y húmeda, ya está desabrochándose el pantalón y ahí está su miembro erecto, el falo del mundo hacia mí y me noto yendo hacia él separado de sus labios, voy hacia él para devorar su mundo, El Mundo, y Allen se lleva las manos a la cabeza, de espaldas a nuestro juego de amor, porque probablemente ha encontrado el significado crucial del cosmos en otro poema de Han Shan, recitado para no morir y recitándose hasta morir. Creando. Hacedor. Quizá es por esa calma intensa que el golpe parece una gran explosión nuclear, una bomba reventada bajo tierra, y el infinitesimal lapso de vacío y confusión que le sigue. La puerta ha rebotado contra la pared y Allen se gira para mirar, Jack y yo nos separamos como si algo hubiese tirado de nosotros en sentido contrario al placer y al deseo efímero, ese pecado primordial. Es William con su figura recortada bajo el umbral de la puerta, la gran gabardina larga rozando el suelo, ennegrecidos sus bordes, un cuello vuelto granate y subido a pesar del calor. El pecado sigue pendiendo en el aire como enganchado por error a un atrapasueños indio. Allen está superando el susto y recita un nuevo poema, I live on the mountain / no one knows / Among white clouds / eternal perfect silence, sus palabras parece enredadas como el pecado, las veo brillar en el aire y cualquiera me diría que es la mezcla de alcohol y drogas, pero no es así, realmente brillan en el aire y se mueven como motas de polvo brillantes y deslizadas por el aire casi inmóvil, electrificadas por el sol si es que no son el sol. A mí siempre me ha gustado pensar que son fotones perdidos, aunque sé que no lo son. El rostro de William es el contrapunto terrible a un atardecer bello, está contraído como si hubiese sufrido una apoplejía tras años sentado ante una mesa comiendo carne, y Allen murmura algo mientras le mira a los ojos, y William deja escapar de su pecho un alarido infrahumano, gutural como la más honda noche africana a la luz de una luna ecuatorial, hay unos tambores antediluvianos que parecen rugir desde el alcantarillado, y de pronto parece el grito del sufrimiento que la Humanidad ha acumulado durante cientos de miles de años, saliendo y haciendo temblar los cristales y la tarde y arrasando los campos en unos segundos detenidos. Se me pone la piel de gallina aunque Jack a mi lado sigue fumando tranquilamente, en su mirada veo que está tan mareado que sus palabras se atropellan antes siquiera de nacer en sus labios, emociones varadas en una playa mental sucia y distante. Allen está callado y parece esperar, y entonces William aclara la voz y me mira con desprecio, y luego a Jack, que ni siquiera le mira porque está como riéndose de otra cosa, y finalmente dice, Una carne blanda, titubeante, en la que las heridas no cicatrizaban, largos tentáculos, blandos, fungosos, se enroscaban en torno a los huesos desnudos. Un olor mohoso de testículos atrofiados envolvía su cuerpo en un velo de pelusa gris. Y se calla, se desabotona la gabardina, y Allen ya está reanudando el estudio de sus salmos orientales purificadores imperceptibles eternos ya como una voz perdida en el murmullo de una muchedumbre que reza, Jack le da un largo trago a la garrafa de whisky, y aunque parece que no pasa nada, está pasando todo, William tiene rostro cruzado de arrugas tenso, saca un revólver del interior de la gabardina, apunta a Jack y le escupe y dice, Jodido maricón de mierda, vil comepollas, pero a Jack todo eso le hace mucha gracia y se ríe y dice, Más, más, más, badabum, badabam, sigue cantado su bop improvisado contorneándose en el suelo, y el sonido del disparo y su calor y el caos, todo resuena como un trueno en el corazón del Shambala. Con la fascinación y el terror de dos serpientes enroscadas copulando, veo el gran agujero en la mejilla izquierda que hace un rato lamí y la sangre corriendo y varios fragmentos astillados de un diente congelados en el aire antes de caer al suelo y colarse por entre las rendijas de los tablones, quizá abajo hay algún ratón esperando, el brazo de Jack resbala y golpea una botella de vino y la derriba y el líquido granate se mezcla con la sangre y nacen ríos y lagos y afluentes y un largo sistema infrageográfico que es como ver nacer un mundo nuevo. El disparo resuena mucho rato y Allen está tan sorprendido que se aturulla y de pronto es un ser pequeño y confundido que no sabe qué hacer, se le caen las hojas al suelo, lluvia de significados, oscilando entre ellas hasta depositarse, se le da por murmurar algo y luego suelta un grito entusiasta, Claro, William, claro, tenemos que irnos a Alaska, al frío polar y los bosques, gasolineras y bravos hombretones del norte, de brazos peludos y nos meteremos en alguna casa en un lago, a ver pasar las estaciones cortas, eso estaría genial, claro, verdad, ¿William? Pero William parece el demonio, con el ocaso casi consumado y la luz naranja que le besa la cara y la convierte en un mar de valles y desiertos, luces y sombras, La vida es violenta, dice William con su voz ahora ronca, y a mí se me da por reír aunque no tengo motivos, Jack ahí muerto a mis pies y la sangre derramada, y entonces suena otro disparo y es Allen el que se agarra el pecho, sigue vivo mientras sus ojos brillan como en un universo paralelo, brillan tanto que yo sé de pronto que es un ángel, otro disparo más en el centro de la frente, y el cuerpo de Allen cayendo sordo al suelo, junto a sus hojas ya empapadas por la sangre de Jack, igual que su camisa blanca, y ahora son dos sangres diferentes mezcladas con el vino, y el ataque de risa que rompe mis entrañas es esplendoroso, William se baja los pantalones y veo su dantesco pene erecto, gigantesco como un leviatán sexual, y sigo riéndome porque es verdad que es muy gracioso y además tan intenso y real y tan de verdad, William escupe al suelo y me apunta y sé que va a disparar, pero levanto la mano súbitamente, como diciéndole que se espere un momento, me estiro hacia el suelo, arranco de entre los dedos de Jack el cigarro aún humeante, y le doy una larga calada cerrando los ojos y dejando que el humo rellene mis vacíos y me haga más ligero, dejar el pavimento de la habitación, y luego los abro porque sé que no puedo estar mucho rato en ese limbo donde flotan las medusas eternas, y le hago un gesto con la mano a William, Venga, ahora, y él asiente y dispara.

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