El bello devenir de lo humano…

…es una grandilocuente forma de empezar a hablar de la serie de pinturas que, como siempre por casualidad, llegó a mí hace unas semanas (lamento decepcionar a los amantes de la escritura automática, de la que yo también soy fan, pero hay textos que necesitan mucho reposo para brotar del suelo de un escritor). La serie en cuestión se llama El curso del imperio (The course of Empire), y su autor es Thomas Cole, un pintor estadounidense que vivió hace casi dos siglos.

Casi nunca en mi vida me he atrevido a hablar de pintura, y no porque no me toque, sino porque no sé (casi) nada de pintura. Jamás cursé historia del arte, y más allá de la literatura, en donde mis conocimientos son igualmente paupérrimos, puedo reconocer quizá las obras más famosas o las que aparecen con más frecuencia en el Trivial Pursuit. En el infrecuente caso de que alguien me preguntase por mi autor preferido (hecho que jamás ha ocurrido, hasta ahora), respondería que siento apetencia emocional por Caspar David Friedrich, cuyo El viajero contemplando un mar de nubes (mar que, por cierto, siempre pensé que era de agua, no de aire) me atrapa desde hace años (hasta el punto de que mi hermano pintó para mí una réplica); su El mar de hielo, por cierto, también me encanta, por turbador; y, finalmente, La abadía en el bosque de robles (traducción libre), nos atrapó en su día tanto a mi hermano como a mí (él prometió pintarlo algún día).

No es curioso, entonces, que me haya atraído Thomas Cole, dado que el movimiento en que se le suele enmarcar, el pastoralismo, es el equivalente americano al romanticismo europeo del que Friedrich era un abanderado. Ambas corrientes exaltan la potencia de la naturaleza y de un estado de perfecta coexistencia pacífica con ella, en contraposición a la civilización, que representa el tótem de los vicios y de la degeneración del espíritu humano. También en los mismos tiempos en que Thomas Cole y Caspar Friedrich pintaban, Henry David Thoreau y otros autores clamaban por un ideal utópico de hombre semi-salvaje (La vida consiste en lo salvaje, decía el sabio de Connecticut). Demasiadas casualidades.

En la serie de El curso del imperio, por centrarme, las telas arden en colores, tonos y detalles, y Thomas Cole nos conduce desde el albor del ser humano, o más bien, de su conciencia de ser, hasta la desolación que sigue al fin de toda civilización, y de la cual brota de nuevo la naturaleza.

 

 

Tela I: El estado salvaje

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¿Sois capaces de encontrar a ese hombre, perdido en el amanecer aún algo oscuro de un horizonte del cual las nubes escapan? (abajo izquierda) Menudo albor, ese que precede a la chispa original que lo desencadena todo. Es el renacer con que nos despertamos por las mañanas, ese mismo que describía Proust a lo largo de decenas de páginas; es, también, la primera semilla que brota después cuando aún las nieves se empiezan a retirar. Esa luz es tantas cosas.

 

Tela II: El estado pastoral

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Esta tela representa lo ansiado por el pastoralismo: en la luz más clara y diáfana de la mañana, la más pura, con el cuerpo pleno de energía y un optimismo brutal (ese que no es que vea el vaso medio lleno, o lleno del todo, sino que celebra la misma p*** existencia del vaso), el estado es utópico y perfecto entre el ser humano y la naturaleza, un equilibrio que mi mente de humano presume casi imposible de alcanzar. Qué maravilloso sería que estuviese en nuestra mano y que la serie de Cole se parase en esta, la segunda tela. Pero hay más, pues desafortunadamente, hay algo en nosotros que nos aleja o priva de la utopía. No hay que flagelarse, me da la impresión de que es ese algo el que nos regala el arte y la emoción de la fantasía. Ese algo subyace en todas las telas, porque nos convierte en seres que viven en desequilibrio y nos aleja de lo animal, en donde todo permanece en perfecto equilibrio y es, de lejos, absolutamente perfecto.

 

Tela III: Consumación

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El mundo civilizado ocupa la luz más fuerte del día. La consumación del ego humano. Esa intensidad, esa claridad, es el puro impulso. También es verano, tumescencia. No se contempla la naturaleza por ninguna parte, ha sido ninguneada y relegada a esa función que hoy tiene para gran parte del mundo, la de una fuente de recursos, aparentemente inagotable. Solamente queda un reflejo en las aguas mansas de un puerto, entre mármol brillante, túnicas y bajo el cielo azul, estatuas para mayor gloria del hombre, en donde gentes sabias manejan sus vidas con suficiencia, conduciendo a la humanidad hacia la Humanidad. Son destellos de grandeza despedidos de lo dorado, de las coronas de laurel, puro artificio que oculta la realidad subyacente a ese mundo, sus alcantarillas: los vicios y pecados del hombre moderno, un monstruo. Esta tela empieza a completar una metáfora perfecta del alma humana. Y no hace falta meterse en ese submundo. Ampliando el foco de nuestra mirada, descubrimos la lujuria, el desenfreno, se descubre esa Roma de leyenda, borracha de sí misma, extática, festiva, imparable. No es casualidad que, con Roma, hayamos aprendido que todas las fiestas se terminan. A veces, con fuego.

 

Tela IV: La Destrucción

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La luz es azul y fresca, de tormenta de otoño. Se ha levantado algo de marejada, y el océano pica hacia la costa, casi enfurecido, ignorando el corsé de las estructuras portuarias. Barcos enfrentados en llamas, con la negra humareda confundiéndose con las nubes. Las estatuas han sido derribadas, y mareas humanas huyen en círculos en un despavorido caos. Una estatua sin cabeza, en primer término, parece enfrentarse a este escenario de batalla, de caos, de guerra, de auto-destrucción, buscando el origen del mal. Los monumentales edificios en llamas flanquean la escena. El túnel de luz creado por las nubes de tormenta lo oscurecen todo. Ah, el submundo humano, finalmente expuesto. Vísceras putrefactas sobre la mesa. Fin de la fiesta, Gatsby muerto en un estanque. La rebelión de las bestias, y toda la codicia, la falta de empatía, la envidia, la ira, el egoísmo, flota en las aguas. La luz más caída marca los contrastes, y la cuarta tela de Cole parece la venganza del pastoralista, dibujando un apocalipsis clásico que ha sido provocado e imaginado por el hombre, al que siempre ha gustado regodearse en la posibilidad cierta de su caída, de tanto que va el cántaro a la fuente…

 

Tela V: La Desolación

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El frío azul. Es el anochecer de un día de septiembre u octubre, pasado el estío. La luz plata de una luna distante se filtra en el horizonte de nubes altas, tiñéndolo todo. No hay humanos en esta tela, ni siquiera sus cadáveres. Solamente quedan las ruinas, ya medio devoradas por la naturaleza, vagamente erguidas pero ya presa de la erosión del tiempo. Una columna aún alzada, un puente derruido. Sobre todo, una neblina que me recuerda al mismísimo ser humano, que un día habitó esa tierra pero que ya jamás volverá a beber de sus entrañas sin medida. Hay una belleza intangible en las ruinas, en los lugares abandonados, un magnetismo que es esa cosa que habita en nuestra alma y que nos llama a la destrucción. El hombre ha caído presa de sus propias acciones, y no hay venganza en la victoria de la naturaleza, que se ha producido por desgaste, con el tiempo. Y hay, también, un algo de fénix entre las ruinas, de redención. Quién sabe si entre ellas, se intuye el llanto de un bebé y los suspiros de una madre asustada.

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