Te enumero y eres tú

Te enumero y eres tú.

Goethe decía que No basta con saber, se debe también aplicar; no es suficiente querer, se debe también hacer.

Ya hace más de un mes que no estás, y si te enumero, eres tú. En todo este apartamento. Goethe es una compañía miserable. Sobre todo porque él era alemán y yo estoy en Portugal. Choques culturales. Oporto era nuestra no-ciudad. Cada vez que decidíamos venir, al final terminaba aquí yo solo. La primera vez, te surgió un voluntariado de mierda en una ONG que operaba en algún país del Magreb, Túnez o Argelia, ya no me acuerdo. La segunda, una estancia inservible y absurda en Londres, estudiando la influencia de la palmera datilera (Phoenix dactylifera, tengo el nombre científico grabado a fuego) entre la población árabe del Reino Unido. Me sigue pareciendo increíble que algo así exista. Quizá por eso la civilización lleva el camino que lleva. Y, finalmente, a la tercera, cuando me propusiste que viniésemos aquí a un concierto de Dulce Pontes, te dije directamente que no, que ya no quería ir más a Oporto y terminar solo.

Ahí me pillaste desprevenido. Las defensas bajas, quizá:

Pues vámonos a vivir a Oporto.

Siempre tuviste esas salidas imprevisibles de niña mimada. Tus padres respondían por ti, ponían la pasta y cualquier cosa que hicieses en la vida les parecía bien, así que entiendo que tomases los riesgos (comedidos) que te daban la gana. Para mí, sin embargo, no era tan fácil. Mis padres no manejan ese concepto tan abstracto del apoyo emocional, y todo lo que tenga que ver con el dinero siempre ha sido un lastre, por su ausencia.

Así que nos fuimos a vivir a Oporto.

Ahora veo estas paredes, te enumero en ellas, eres tú. Es curioso. Todos los objetos que dejaste atrás, tu rastro, permanecen aquí como un grafiti de los que abundan en esta ciudad que se hace pasar por underground: urbana, hortera y amable. Aquí resulta fácil cruzarse con un gordo seboso que desde la ventana de su piso destartalado dispara a las palomas con una escopeta de balines, y con la librería más bonita (y recargada) de Europa. Todo en cien metros. Oporto es así, una mezcla de difícil caracterización.

Observo los platos sin lavar. Alguno sigue ahí desde que el día que te fuiste. Es lo que tiene crecer con servicio doméstico, es decir, criados. Entiendo que no te acostumbrases nunca a limpiar. Para mí, en cambio, es un esfuerzo sobrehumano verlo lleno de suciedad y no acercarme y limpiarlo. Pero te fuiste y me dejaste tocado, para qué negarlo, así que necesito disimular que todo me duele y que estoy desmoronado. Suena a una de esas dulces y falsamente trágicas comedias británicas, pero es que a veces la vida es así: impostora, pero solo a medias.

Hay un precioso plato de cerámica marroquí con restos de risotto. Te encantaba el risotto, especialmente el de setas, o risotto funghi, como te gustaba decir. Yo sé que fue risotto porque el arroz es la mierda reseca más difícil de quitar de un plato, y lo sé porque gasté veranos de mi adolescencia como lavaplatos, mientras que tú te ibas a tu residencia de verano a… en fin, dejémoslo, porque ni siquiera te puedes imaginar cómo se lava un plato correctamente. Siempre estuviste al otro lado, y pasaste de que lo hiciesen tus criados a que lo hiciese yo. Y ojo, que esto no es una crítica. Yo estaba bien en ese rollo.

No quiero lavar todo esto, pero tampoco puedo quedarme sin hacer nada ante esta pila de suciedad, así que lo pongo todo a remojo con agua casi hirviendo, y la cocina se satura de cálido vapor de agua mezclado con el aroma de los restos de comida. En una olla pequeña distingo una telilla. Es algo que odiaré toda mi vida, lo que hacías con el cazo de la leche después de calentarla, dejar esa telilla que se forma sobre el líquido blanco mientras se enfría. Esa telilla se queda reseca, pero al mismo tiempo también es algo blanda. Asqueroso. No puedo, de verdad que no, así voy a dejarlo todo ahí, incluyendo esa olla con los cadáveres de varias telillas unas sobre otras como los estratos de un suelo milenario.

La cocina está repleta de ti.

Te enumero en los imanes que colocabas sobre la puerta de la nevera. Has estado en todas partes, claro. Cuando tus padres son embajadores y diplomáticos, es lo que toca, y te referías a ello con desdén y coquetería, incluso con un aire de tedio. Con mis padres, yo fui a Peñíscola y a Torremolinos, un par de años buenos, y todos los demás al pueblo de mis abuelos, provincia de Albacete. Turismo rural del bueno, del que no sale en las guías, de ese en el que los otros niños del pueblo te masacran a pedradas; de ese en el que tu móvil carece de cobertura y tú desapareces del mapa de tu vida social durante más de dos meses; de ese en el que te encuentras en un desierto a cincuenta grados y sin aire acondicionado. Y ahí están tus imanes procedentes de los cinco continentes: desde medievales ciudades alemanas a paraísos lejanos, Bali, Bora Bora (recuerdo tu airado lamento por no haber estado todavía en Tahití).

Lugares clave.

Así le llamabas, lugares clave. Machu Pichu, Pascua, las pirámides de Egipto, la Acrópolis, y claro, New York. Porque tú jamás de los jamases decías Nueva York, como el resto de los mortales. Qué estilo.

Me pongo a quitar los imanes. Me hacen sentir inseguro, pero no creas que es por inmadurez. Simplemente no me gustan. Pero me voy aburriendo mientras lo hago, y me entra hambre, así que abro la nevera y me encuentro de bruces con un páramo, un desierto vacío con algunos alimentos desperdigados que o bien van camino del cementerio, o son simplemente imperecederos, entre ellos mi amada margarina. Recuerdo cómo la odiabas, cómo vertías grandilocuentes pestes contra ella. Que ningún animal se la come aunque esté muriéndose de hambre. Que es tóxica. Tú usabas mantequilla orgánica ecológica bio ayurvédica. No importa, te comportabas con ella como con la telilla de la leche, de forma tan descuidada, dejando esa paletilla que usabas para extenderla sobre el pan tostado llena de restos de mantequilla y de migas. Y ahí está tu mantequilla de diez euros los cien gramos repleta de migas de pan sobre las cuales crece un precioso moho verde.

Eso es culpa de tus padres, creo yo. Es cierto que nunca me gustaron, y afortunadamente el sentimiento siempre fue recíproco, y soy capaz de oler su alegría de que me hayas abandonado. Pero, en todo caso, tú eres resultado de lo que ellos te hicieron, al menos en parte. Fue también Goethe el que dijo: No podemos modelar a nuestros hijos según nuestros deseos, debemos estar con ellos y amarlos como Dios nos los ha entregado. Ahora que lo pienso, Goethe era un poco gilipollas. En tu caso, eres cagadita, con perdón, a tus padres. No hay más que verte.

Todo esto no significa que no te quiera, no vayamos a confundir conceptos. Te quise, y te quiero. Pero, entiéndeme, estoy bastante jodido ahora mismo, mientras alzo la vista y me encuentro con tu colección de plantas aromáticas agonizando sobre la nevera. Falta de riego, y de cariño. Por mí pueden desaparecer, ya te lo digo, me sabe exactamente igual la pasta con salsa de tomate de bote tanto si lleva hojas de albahaca desmenuzadas por encima como si no, y quien dice albahaca dice tomillo u orégano. A mí, plantas aromáticas me suena parecido a gases nobles: fasto, aristocracia, privilegios. Me suena a subidillo, para entendernos. Y yo soy del pueblo raso, ese colectivo abstracto abarrotado de películas cutres de sábado tarde, chándales del PRYCA y droga adulterada. Y mucho curro aburrido y jefes de mierda y enfermedades incurables.

Ahora que lo pienso, para lo poco que hacías en realidad,  bien que colonizaste la cocina y la llenaste con tus cosas. Ni cocinabas ni limpiabas, pero hacías muy bien eso de dar órdenes. Me he convertido en un cocinero experto gracias a ti. Pizzas artesanas, todo tipo de pastas italianas, repostería francesa, caldos y sopas y cremas y vichisuases (jamás sabré cómo escribir esa cosa francesa) y parmentieres y carnes braseadas y al horno y pescados con salsas orientales y tés de las montañas de Birmania preparados con agua de manantial santificado. Y así un largo etcétera. Tú ordenabas y yo obedecía. Y el sistema funcionaba. ¿No?

Insisto que todo esto no es una crítica. Yo lo veo más como una observación, o más bien un grupo de observaciones. Y todo sin salir de esta cocina. En el fondo, estaba muy bien con el acuerdo que teníamos: mantenido por una niñata rica, podía dedicarme con total calma a limpiar y cocinar (y follar) y escribir, que en el fondo no es lo mío, pero que mientras decido exactamente qué es lo mío, pues mira, me ayuda a sublimarme, como decía Freud, y a no estropearme mucho con esta melancolía tan pegajosa y estéril que arrastro desde la adolescencia.

Lo único a lo que pude decirte que NO fue a tener hijos, y eso ya es algo. Ahora mismo estoy viendo ese corcho que hay sobre la mesa de la cocina, en donde ibas colocando las fotos de tus amigas y sus hermosas criaturas, como tú llamabas a sus bebés, y me digo que fue una suerte que no llegase a picar. Y eso que manejas el chantaje emocional con la soltura de una campeona olímpica. ¿Cómo iba a tener hijos contigo si ni siquiera tú misma estabas educada? Era una idea de locos, y me merezco un premio por negarme, o que al menos un jurado metafórico espectral se persone ahora mismo para alzar sus tablillas con mi puntuación de 10: pirueta de evasión y doble tirabuzón para no ahogarme.

Pero te echo de menos. A pesar de ser así de malcriada y caprichosa, debo reconocerte las virtudes. La más obvia de ellas, tu belleza, una de esas que hace girarse las cabezas por la calle y de las que te dejan tonto de tanto mirar, cosa que yo hacía por las mañanas mientras tú aún roncabas y yo escribía patéticos poemas de amor visceral. Mis amigos decían de ti que lo tenías todo: dinero y tetas. Y claro, ese rollito cultureta, unos conocimientos aparentemente infinitos y que parecían salir de algún agujero invisible acerca de cualquier cosa que destilase alta cultura y/o vanguardia: música clásica, películas de culto, escritores proscritos, misteriosos artistas orientales. Manejabas la dosis justa de hipsterismo de libro, y litros de clasicismo. Un equilibrio fatal. Y me tenías la casa llena de libros. De tantos que había, a veces incluso me olvidaba de que estaban ahí, de interiorizada que tenía su presencia. Por eso ahora no me sorprendo al abrir la puerta del agujero que contiene la bombona de butano y encontrarme el Fausto de Goethe (¡y dale con Goethe!), en medio de una docena de productos de limpieza y un librito de poemas de Yeats, en el que figura subrayado mil veces un poema llamado Meru. Ignoro porqué te gustaba tanto, me leo el poema y es bastante patético tanto en el original como en la versión traducida. Detrás de un bote de lejía, distingo arrugado el Candido de Voltaire, y me pregunto cómo llamabas a este espacio. ¿Biblioteca Explosiva Bajo El Fregadero? Tiene enjundia que el librito de Yeats esté en perfectas condiciones, mientras el de Voltaire se deshace lentamente devorado por el óxido y la suciedad. No voy a profundizar en ello. Uno, a veces, llega a conclusiones increíbles si mira un poquito la realidad que lo rodea, pero a veces esto no es deseable.

Fíjate si te echo de menos, que me siento incapaz de abandonar esta cocina. Cuando entramos la primera vez, yo estaba horrorizado con este piso tan céntrico pero absolutamente desastrado. Quería irme de inmediato, pero tú dijiste que resultaba perfecto. Por entonces, me preguntaba qué coño íbamos a hacer en Portugal, pero tú pagabas todo así que no dije nada, y luego la existencia se fue transformando en días inmensos de rutinas extrañas. Tú dormías hasta tan tarde que madrugabas al atardecer, y mientras tanto yo vagaba como un fantasma por la ciudad desbordada de adoquines. Para cuando yo tenía ganas de cenar e irme a la cama, me arrastrabas a fiestas de sociedad en donde tú conocías a los hijos de los amigos y compañeros de tus padres (¿cómo podías conocer a toda esa gente?). Allí estaba yo, próximo siempre al servicio bebiendo como un marginado y tratando mentalmente que el tiempo se acelerase.

Y te fuiste, y ahora te enumero y eres tú, enumeración de ti. Eres tú en los como mínimo veinte kilos de pastas almacenadas en un cajón combado: fetuchini, spaguetti, tagliatella; de trigo integral, o de esos negros mezclados con tinta de calamar, y que siempre me pregunté cómo fabricaban, al fondo veo un paquete de esa pasta de zanahoria y espinacas. Me permito una sonrisa. Me gustaría que estuvieses aquí para tirártelos encima, como aquella vez que bebimos tanto viño verde y que tú dijiste una soplapollez de las tuyas y te tiré los espaguetis encima, y tú quisiste llamar a la policía pero igualmente terminamos follando sobre esa mesa que casi no podía sostener los platos y que aun así no se rompió con tu peso. La acaricio con nostalgia, como si fuese el lomo de un gato. No puedo mirarla sin imaginarte apoyada en ella, y sobre la pared, con el culo hacia mí y el sonido de la mesa golpeando la pared mientras te embestía, tus nalgas enrojecidas.

Desde luego, el sexo no fue un problema.

Bien visto, de hecho, ni siquiera ahora soy capaz de saber cuál fue el problema. A buen seguro ninguna de estas nimiedades en las que llevo un rato pensando, bien agarradito por la saudade. Todo esto que enumero eres tú, aunque no del todo. Es en parte gracias a toda esta basura que sigues aquí, que sigo aquí. Y por alguna razón sigues pagando el apartamento, así que creo que voy a continuar rondando por aquí un tiempo: bebiéndote, oliéndote, tocándote, comiéndote.

Y ver qué pasa.

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