Adoquines (las calles en las que viví) – II

Juan Fuentes 37

Fui niño. Y adolescente. Vi llorar a mi madre después de encontrarse a su padre muerto, ella me lo ocultó enviándome al jardín pero yo lo supe porque era un día amarillo, y en los días amarillos no pueden suceder cosas buenas, o al menos eso creo, porque hasta el día de hoy no ha ocurrido nada bueno en esos días de extraña textura casi febril. Vivíamos en un edificio alto y solo, con forma de pene de piedra, al lado de un río que a veces arrastraba sangre del matadero (joder, ¡cómo eran los noventa!), a donde llegamos precisamente por desavenencias entre mi padre y su suegro, cosas que como niño no sabía pero intuía. Los niños son intuidores natos. De mi vecino, un sastre y cazador socarrón, capté el engaño cuando daba de comer gato estofado a sus amigotes confiados (engaño perfectamente orquestado, puesto que incluso él comía). Siempre desdeñé a sus nietos, pijos insoportables. También aquí descubrí con horror mi propia imagen en un video casero. Enfrentarse a cómo uno luce es un paso crucial de todo proceso de crecimiento, y aquí lo viví yo, entre comentarios velados sobre el hijo drogadicto de mis vecinos, al tiempo que la llegada de mi hermano arrebataba mi protagonismo, que él se empeñaba en agarrar para sí con misteriosas desapariciones houdinescas que luego mudó en una incipiente piromanía. Por el camino, aprendí a compartir por el método más rápido que existe: hermandad y sangre. Conocí aquí a los Expedientes X, cuya intro me sigue estremeciendo, y descubrí con envidia a compañeros de clase dándose el lote debajo del puente. También me clavé la esquina de una mesa de cristal en el cuello, contemplé la imagen obscena del pene erecto de un primo, aprendí a masturbarme y fui probablemente abducido por extraterrestres, esto lo digo sin asomo de duda. Además, fui abducido por la escritura, que me picó una tarde de septiembre, o de julio, no recuerdo bien, una tarde dorada en la que intenté contar una historia sobre un niño abducido y su periplo por el sistema solar hasta el remoto Plutón, que en aquellos tiempos aún era un planeta con todas las de la ley, el cuento lo perdí pero sé que tenía final feliz, pues regresaba a casa. Mi madre lo leyó en el umbral de su dormitorio, luego corrigió algunas cosas que no estaban bien y dijo que debía insistir para hacerlo mejor, y gracias a ese impulso materno, del que seguro que un psiquiatra podría decir un montón de cosas, banalidades sin sentido, aquí estoy teniéndomelas pardas con el lenguaje y los vericuetos de su cuerpo. Todo esto pasó aquí, una calle anodina que también es carretera nacional y que un día vio como un doberman casi me mataba.

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