Viaje a Portugal – Día 1

INTRO

Apunto: Sólo los peces muertos siguen la corriente. Queda dicho.

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día 1: Compostela – Viana do Castelo

 

Santiago negro y la mente nublada por una resaca; postales mil veces repetidas.

 

El taxista meaba en un cuartucho de los baños cuando escuchó gemidos. Procedían de un compañero de profesión, justo al lado. Son los servicios de la estación Vigo-Guixar. Aún amanecía. Nos los cuenta mientras conduce hacia la estación de bus. Dice que quizá esté muerto. Un infarto en el baño. Cagando. Un lugar triste para morir, pienso. El taxi a toda velocidad no borra las luces de ambulancia que pululan en mi retina. Iluminando la vida y la muerte.

Vigo apacible.

 

Los malos tés. Nos impresiona un negocio cerrado a cal y canto en mitad de la sordidez de la estación. Alguien creyó que era una gran idea abrir una tienda de bisutería barata en una estación de bus como esta. Y, probablemente a ese mismo alguien, le pareció mejor aún llamarle al exabrupto Flyp´s. Del verbo flypar.

 

El bus delineando fronteras; sueños americanos

            En qué lugares vive la gente, piensa el viajero mientras mira pasar las casas abandonadas,  que a su vez le miran con ojos de mentira, fantasmal pareidolía

            Pasión por comprarlas y pagarlas y mantenerlas; conchas de ermitaño

            Desatan emociones que se agitan como un bosque de algas en medio de la galerna

            Mientras en el cielo brotan setas, y en los trenes, capillas sixtinas de spray (y máscara)

            Polígonos en un Porriño de estaño; después de todo, A Raia

 

Perderse es cosa fácil. Mismamente lo busca el alma. Perderse mucho. En A Guarda nuestras almas quieren perderse, pelícanos sin alas y en tierra seca. Nos encontramos con un niño con un tambor en la puerta de un edificio anómalo, entre el monte. Lo toca mientras nos mira. Más adelante, un chatarrero en la hondonada. No diría si gitano o no. Damos media vuelta, y de nuevo el tamborilero. Parece que llama a la Navidad, o quizá solamente está aburrido. Quizá sólo espera. Porque todos esperamos algo.

Nos rodean casas pequeñas. A lo lejos, el Miño lo invade todo, un universo en plata. Una pareja con su perro, coches y la larga pista desértica que Alex insiste que sigamos, hacia el río. Que allí habrá camino. Y algún camino tendrá que haber, ya lo cantaba Morente. Dejamos atrás un camping somnoliento, y sí, el camino. La marea tan baja que se nos muestran las intimidades del Miño, unas entrañas limosas, oscuras, explícitas. Exhibicionismo de la memoria.

Vagabundeamos entre silvas secas y amarillas, entre astilleros diminutos y medio olvidados, pequeños palacetes de contrabandistas, hasta llegar a Pasaxe.

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Antes dije que todos esperamos algo. La marea está tan baja que ningún ferry puede cruzar. Quizá uno con patas, pienso. Tres horas y media bajo un sol gris y un calor pegajoso como un baño de aceite. Volvemos a A Guarda. Por el camino vemos locales abandonados con exigencias nacionalistas para una lengua VIVA, un postrero Galiza Ceive, una estación marchita que espera en vano niños y niñas.

Estoy reviviendo un viaje anterior, en un día de luz, con mariposas y horizontes infinitos, acantilados de rocas gastadas, casas que un día fueron habitadas. Siempre, siempre, caemos en lo tóxico.

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El ferry salta, vuela

            Qué pensará el piloto, cruzando día sí día también las aguas

            de una orilla a otra

            Qué pensará, ¿se aburre?

            Las aguas grises, la salida del río una boca grande con piercing, y el aro es una vieja fortaleza,

o quizá una cárcel

            Hace guardia, o espera, quizá también espera

            Todos esperamos algo

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Desembocadura do Miño

Se cambia la soledad por la muchedumbre. Muchas cabezas en el cielo de una fiesta medieval. Es un reino de cartón piedra, alzado sobre la paja que cubre el suelo. Una mano entre los coches, una mano en tu pelo. Se cambia también la lengua. Antes de poner aquí los pies, vimos mil gaviotas en una barca lila. Inmóviles. Ahora son personas las que se mueven en todas direcciones, como si buscasen algo. Hace mucho calor, el sol empuja las nubes como si le molestasen. En los tenderetes se vende de todo. Me impresiona el Licor de Pau, que promete levantarte la polla. Me pregunto con qué está hecho. Y si lo que promete se cumple. A menudo, las promesas de la publicidad son agua de borrajas. O se cumplen, pero con tantos efectos secundarios que no merecen la pena. Licor de Pau. Quizá, un buen regalo de Navidad.

Caminha me parece un bonito lugar, tranquilo. No sé si un sitio donde vivir, porque no se puede vivir en todas partes. O sí se puede, pero no se quiere. Sí, eso. Nuestra alma llama a vivir en un limitado número de lugares. Por eso hay trotamundos y ermitaños.

En la estación blanca, una enana de extraña gordura, malhecha, nos mira con una atención desmedida, da como miedo, su tez es oscura. Quizá es una bruja. Que está viendo realmente de qué estamos hechos. Lo que escondemos en la parte privada de nosotros, expuesto. Me pregunto qué ve.

Hay más esperando el tren.

 

Largas playas de roca

            Parecen inclinadas como pollas inmensas

            Rocas azules

            El mar en su implacable follarse la tierra

            Un poco sutil beso de espuma

           

            Salpica apartamentos lisos y vacíos, cielos de antenas

            Somos seres duales, vaya si no…

            Acaricio la niebla en el horizonte de barquitos, motas en boca de un leviatán

            A nuestra espalda, campos de maíz, panales de casas bajas

            Mujeres en los tendales, sonrisas en las miradas

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Nos jode ese portugués gordo, cetrino, el revisor del tren. Sabemos que pasa algo cuando al llegar a la grandilocuente estación de Viana do Castelo, algunos se hablan, se miran. Él nos mira. El mensaje por los altavoces del tren no nos saca de dudas. Él nos mira, ¿es una sonrisa eso que lleva bajo su bigote? Alex no entiende nada, y yo tampoco, las puertas se cierran en nuestra indecisión, como una guillotina. Siempre decidiendo, aunque no queramos. Esa decisión es condena.

El comboio da media vuelta y sale por donde entró hace cinco minutos, de nuevo el sol cayendo por las ventanas, nuestros ojos muy abiertos. Se ilumina en nuestra boca un me cago en la puta, un puto cerdo traicionero.

Sabía perfectamente que habíamos comprado un ticket para Areias-Darque.

Alex está furioso cuando bajamos en Areosa, la estación anterior a Viana. A mí me da la risa mientras empezamos a andar por la recta es inmensa. Molinos al fondo, también grúas. Todas, estatuas de metal que brillan al sol. Parece un horizonte fijo, por mucho que caminemos no llegamos. A nuestra izquierda, negocios de extrarradio, casas extrañas. A la derecha, campos de maíz y luz plata, bolas de paja con hierba secándose dentro. Paradas de bus hechas de piedra, el material más perdurable que existe.

Me duele la rodilla.

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Areosa

Exorcistas en cafeterías chic

            Arriba, dioses de mirada expectante, en la plaza casas abandonadas, en donde bebemos, cocidos

            Somos carne de churrasco

            Tiemblo al ver que los cajeros expenden billetes de cinco euros, pensando, Así de pobres son

            Una coca-cola, una cerveza

            Los turistas hacen fotos a la ignorada ciudad vieja, y en el aire se huele algo

            Poco a poco, las nubes se ciernen sobre el día

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Que se apaga mientras alcanzamos el río. Con curiosidad miramos una feria de libro antiguo: polvo y telarañas. El puente sobre el río es de Eiffel, se alza como salido de otra época. Estamos buscando el camping, y el primero está desierto, como abandonado: un camino de gravilla, la verja oxidada y con afilados y amenazadores pináculos de metal. Hay algunas tiendas de campaña, pocas, que parecen llevar ahí plantadas décadas. A mí no me convence, Alex me dice directamente que no. Entre pinos altísimos, caminamos por aceras gastadas, arcenes muertos llenos de hojas secas. Al otro lado, entre las ramas, Viana y su castillo. No tardamos mucho en encontrar un Orbitur, al otro lado, nuestro camping, un poco más habitado que el primero, cutre y cubierto de hoja de pino, una lluvia en donde las hormigas desarrollan orgiásticas reuniones que los humanos como nosotros apenas somos capaces de describir.

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Siempre el primer día: inseguridad, añoranza. Me llama el sofá, ese que conoce mi espalda (y mis resacas), me llama Dos hombres y medio y la cervecita de después de trabajar. Me llama porque ya me conoce. Pero sólo es el primer día. Luego, soy libre.

La playa es larga y triste, la ciudad se oscurece a la derecha. Llegamos a ella a través de unos apartamentos tétricos que parecen teletransportados desde los años setenta. Bares surferos modernos y agradables, vagamente ibicencos. Pequeños remontes cubiertos de arena. La playa se llama Cabecedelo, y está prácticamente vacía, a excepción de un niño que enseña su culo blanco y la raja correspondiente ante la mirada despreocupada de sus abuelos. Parece la playa de un post-apocalipsis, la playa a la que llega el niño de La carretera, de Cormac McCarthy, mientras su padre agoniza. El lugar en donde las almas se oscurecen bajo el polvo. Quizá mi alma también es oscura, ¿lo es también la de mi hermano?

Este no es el bar al que iríamos en condiciones normales: portugueses pijos y muy bien vestidos, sin barbas, muchas camisas tropicales, sandalias, insulso partido de fútbol en el televisor pequeño. La ensalada, en cambio, está deliciosa, y todo el mundo es amable. No lo verbalizamos, pero a ninguno de los dos le apetece volver al camping. Aquel recepcionista de pelo gris miraba raro.

Luego llega el primer mensaje: doce muertos. Volvemos y mientras Alex se ducha se pregunta dónde está Mara, si en el tren o no. Y más muertos, muchos más. El accidente de Angrois. Duchados y limpios, casi relucientes. Teléfono y una sensación de garra apretándome el vientre. Una palpitación, y luego otra. La impresión de que, a excepción de nosotros y el recepcionista, no hay nadie más en el camping. Huimos, regresando al bar donde hemos cenado. Aquí hay wi-fi. La tragedia nos llega con el piar de los pájaros. Mara aparece. Siguen apareciendo, también, los muertos. Gente que me busca por internet, por si he tenido la mala suerte de estar en ese tren. Y gente a la que yo busco. Algo me golpea en la base de la nuca. Terminamos por levantarnos, y el piar se apaga.

Es de noche.

El camping fantasmal, silencioso. Las hormigas por el suelo sembrado de hojas de pino. Mensajes de texto en la tienda angosta, hombro con hombro. Tengo la linterna encendida porque estoy asustado y no sé de qué. Mosquitos. Nada que leer. Me lamento de no haber traído ningún El Jueves. Pero ya es tarde para eso.

— Mañana vemos cómo nos sentimos y decidimos si seguir el viaje o volver, ¿vale?

Porque mañana es el Día de Galicia. ¡Feliz día!

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