Adoquines (las calles en las que viví) – III

Campo da Torre 6 (II)

Una construcción que fue un Eldorado, que huía de nosotros y que jamás llegaba. El día que nos mudamos a la casa nueva, el resto de mi familia estaba algo triste, apesadumbrados alrededor de la mesa. Aquel día escogí sitio. Acababan de dejar atrás el piso de Juan Fuentes, y a esos vecinos que eran como una familia, esa frase que se dice tanto y que, al fin y al cabo, muchas veces no significa nada. Llegado el momento, a veces ni siquiera la familia es familia. Yo no estaba triste, sino emocionado. No me gustan mucho las mudanzas, pero sí los lugares nuevos (paradoja). Activan algo en mí, supongo que la adicción a la novedad. La casa nueva sería un hogar raro porque yo andaba más cerca de la mayoría de edad que de la infancia, y en esos años el adolescente casi juega a dejar de serlo. Ni qué decir tiene que la vida siguió su curso, con las rutas algo trasgredidas durante unas semanas antes de adherirse a la nueva rutina. Seguí escribiendo y seguí leyendo, qué fortuna que ambas actividades puedan hacerse en cualquier parte. Nunca puedo perder ese hogar privado. Me acostumbré al perfil del nuevo paisaje de mi ventana: el monte Xiabre, casas y huertas, los eucaliptos y eternos atardeceres. También me acostumbré a caminar a oscuras por la casa, y a escuchar a Richard Ashcroft en madrugadas de sábado, tirado y pegado a la ventana, soñando con U2, amores matemáticos, moscas y otras chorradas de jovencito. Al hogar uno se acostumbra fácilmente, solamente nota su existencia cuando lo deja atrás y una parte del cuerpo nota esa cuerda invisible que se estira y que es representación de una fuerza irresistible. Noté esa cuerda cuando volvía de Santiago de hacer la matrícula para la universidad, anochecía cerca de Padrón y yo escuchaba Try try try de los Smashing Pumpkins, mientras mis padres hablaban de la sacrosanta institución universitaria, de las oportunidades que ellos no tuvieron y de la vida, un sinfín de cosas que yo ignoraba porque solamente quería sentir esa canción y ese momento, sentir ese miedo atroz que nos vacía el estómago y hacia el cual, sin embargo, nos precipitamos con gusto absoluto. Es así cómo el hogar se convierte en el camino que uno va dejando detrás.

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