Viaje a Portugal – Día 2

día 2: Viana do Castelo – Aveiro

La noche es una larga tela colgante fabricada con mosquitos, ansiedad, ronquidos; con frío, humedad y resina.

 

El despertar es raro, como de resaca. Por la noche me tomé un cuarto de pastilla para poder dormir. En mis músculos noto el agarrotamiento. Después de una noche de ansiedad, me despierto casi siempre con agujetas. El primer pensamiento es para la Galicia más triste. No la lluviosa y oscura, sino la de sangre. La luz, afuera, es gris y el camping resulta también triste, y anodino.

Decidimos no volvernos a casa. El viaje seguirá porque la vida siempre sigue. Sin embargo, el sentimiento de vulnerabilidad no se va. Ni tampoco la empatía, que late con fuerza. La sensación es como la de una lija sobre la piel. Estamos lejos. Dedico mis palabras a los muertos, aunque no les importe ni las puedan leer. Escribiré sobre ellos, nada más puedo hacer. Las palabras expresan lo que otros callan. Los escritores son la voz.

Pagamos y nos vamos.

 

Portugal es un lugar de pobres. Me encuentro con estampas que imaginaría en lugares como Guatemala, Uganda, Camboya. Los caminos no parecen llevar a parte alguna, son fríos y adoquinados. Casas señoriales me miran, abandonadas a su suerte y al avance del musgo y las zarzas. Me parece entrever ojos invisibles en ventanas sucias de polvo. Las vías del tren cruzan entre las casas y la maleza. Tengo la sensación de estar en el fin del mundo. Todo es muy decadente.

La carretera nos empuja hacia arriba. Una chica, que está esperando el bus, o a que la vida le tire algo, o a que caiga algún cometa o un platillo volante, nos dice que sempre de frente arrastrando la s de sempre. La fonética es una ciencia grandiosa. Ella me recuerda a Rajoy, aunque con dignidad. Todavía falta una hora para el tren, y caminamos. La estación no aparece. Casas y más casas, coches aparcados, edificios comunistas muertos, varias rotondas, semáforos. La muchacha dijo cinco o diez minutos, pero ya ha pasado más. Empiezo a desesperarme. Lo noto, es una pulsión conocida, que siempre trato de dominar pero que es incontrolable. Se consume el tiempo. En el cielo, un reloj de arena. A lo lejos contemplamos Viana, a nuestras espaldas, como un Eldorado. Al llegar la hora, vemos pasar al entre abajo, entre huertas y viñedos. Desesperado y cansado, me desintegro.

Aun así, seguimos caminando, hasta una cuerva en donde parece acabarse el mundo. Más allá, el bosque, del que surgen camiones que parecen leviatanes. Hay un bar, uno de esos en donde uno no entraría a menos que se estuviese cagando o tengas que preguntar algo, como es el caso. Entra Alex porque yo no estoy. Sale al rato, sonriente y negando con la cabeza. Le han respondido, en perfecto castellano.

Tenemos que dar la vuelta, pasar dos rotondas y tres semáforos. No parece cosa segura, pienso. Caminamos pisando nuestros pasos. Voy rumiando algo, y a la primera parada de bus, me siento y me planto. Mi desintegración ha pasado, por momentos nos entra la risa. ¿En dónde coño estamos y qué hacemos aquí? Llega una jubilada, con gafas de culo de vaso, mandilón, chaqueta de punto. Muchas arrugas y el pelo corto. Le pregunto si aquí para el bus a Viana, y me dice que sí, y empieza a hablar. Primero no entiendo casi nada, luego dejo de entender y solamente asiento y voy dando pasos hacia mi hermano, separándome de ella lo más educadamente posible. Luego me doy cuenta de que apenas se ha enterado de mi distancia, y que está hablando sola. Me recuerda la conversación que tuve con una abuela andaluza años atrás. Llega el bus, nos subimos. La jubilada sigue hablando, con cualquiera que establezca contacto visual con ella. Debe estar muy sola, y eso es triste. Pero la compasión es, también, muy fea.

Rehacemos el camino. Yo busco con la mirada la desvanecida estación de Areias-Darque, peno la vemos por ninguna parte. Ni tampoco los semáforos.

El Viana compramos los billetes a Aveiro. Empiezo a cansarme de los portugueses, y Alex también. Al menos, no deja de darnos la risa.

 

Campos de maíz y roedores humanos en torno

            Son casas alienígenas en cuyas esquinas se abandonan los cultivos

            Me pitan los oídos porque algo no encaja, siempre hay algo que no encaja, jamás encontraré un puzle perfecto

            Fon y Barroselas, aires mediterráneos, gentes de rostro sucio como sacados de una fotografía de Kappa, o un cuento de Hemingway, o como ese Joe Burkinshaw que recuerdo de hace tantos años

            Pero sus miradas son limpias, amables, los perros lastimeros

            Angrois en la mente son cadáveres que danzan en el aire cada vez más azul

            Nubes aniquiladas, una gran guerra de vapor

            Añoro a Siam mientras me persigue la imagen de un hombre quemándose vivo, fuera del vagón

            Siempre me han inquietado los clones de gente que conozco, desperdigados por el mundo

            Entre parras infinitas hay cuadrados negros, crecen sobre tierra roja

            Durrâes y pájaros y espigas y el sueño, Tamel y el amarillo y el blanco, Midôes y la campiña llena de casas, Nine y sus vigas de acero gris

            En medio del campo, una gran casa devorada por la maleza y el óxido

 

Bajamos en Oporto. Hemos pasado un mar de polígonos y basura y ruinas, todo con su corona de espinas. Estamos más tranquilos. Lo noto mientras nos veo en la superficie de un tren que pasa. No somos más que reflejos, fantasmas. Somos libres.

78 muertos en Galicia, como agujeros negros en el suelo que pisamos. La bandera de Alex está amarrada en su mochila, arrugada. La hemos traído para nada, supongo, si acaso para entonar un carpe diem, que siempre saboreo sin creérmelo del todo y un poco atado al memento mori. ¿Cuántos de esos 78 habrían pensado en la muerte un rato antes de que llegara? Adictos a la inconsciencia.

Hay un guiri enorme de alto al que se le escapa un cigarrillo, que rueda por el andén con capricho hasta asomarse al abismo, está a punto de atraparlo pero luego se le escapa y cae a las vías como un suicida. El pobre imbécil maldice como si hubiera perdido algo valioso. ¿Sabes que hay gente muriéndose ahora mismo?

Escribo un mensaje de texto para ti, para cualquiera, para el sol, para el vacío, pero es para ti. Me pregunto, azuzado por el Tao, si ser yo mismo es una adicción como otra cualquiera. Entonces, ¿cuál es mi camino? ¿Dónde está, en fin, mi pitillo?

 

Una larga playa infinita

            Extraños sueños-huevo, parásitos intestinales

            Venecia y el Gran Masturbador

            Me persiguen esos muertos, insaciables

 

Huele más Aveiro. Respiro su aroma al bajar del tren y salir de la estación nívea. Enfilamos la larga calle adoquinada. Hay mucha luz, que se refleja en las casas antiguas. También en las caras nuevas. Recuerdo la rúa Cedofeita, en Oporto. Las calles ya están repletas de turistas, parásitos. Restaurantes, bares, pastelerías, cajeros automáticos del Santander. Encontramos los canales, agradables aunque lejos de la belleza prometida. Hay una sensación de arrabal y libertad. Parece que, en fin, la gente disfruta la vida.

Vamos sin prisa hacia el albergue, proclamado uno de los mejores de Portugal. La recepcionista tiene el pelo largo y rizo, viste una gran sonrisa y chapurrea el español entornando los ojos ante nuestro gallego. Suficientemente al sur para que la confunda. Nos enseña la cocina preciosa, el salón, el pasillo en donde hay un gran mapa del mundo lleno de chinchetas. Todo despide un aire vintage impostado, equilibrio perfecto. La habitación es de ocho camas, cada una con su taquilla azul, ropa de ikea. Es un lugar perfecto. Nos pregunta de donde somos, se desata la pena, las condolencias. Nos recuerda, de paso, la tragedia, pegajosa como sangre aún húmeda.

El tiempo no cura, el tiempo acostumbra.

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Nos damos una ducha rápida, sol de mediodía. Las calles de la ciudad vieja son una postal. Nuestro presupuesto elimina el paseo en góndola, las vemos pasar por los canales como reptiles. En sus entrañas, gafas de sol y cámaras de última generación. Uno de los comandantes es un gran gordo con bigote. También el presupuesto impide la excursión al parque natural, marismas de hierba aparentemente seca. Nuestros ojos ven lo que nuestros pies permiten, y no hay más, no venimos del Reino Unido, de los Países Bajos, de Alemania o Noruega. Somos españoles, y pobres.

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Terraza cutre de restaurante común. Hacemos un concienzudo análisis de precios, en el aire se palpa la tensión, se filtra de alguna parte. Al empezar a comer, le tiro a Alex la cerveza por encima, en un ademán inconsciente: la copa en precario equilibrio sobre un borde, y luego la lenta caída, el fresco líquido dorado saltando al aire caliente. Yo me sorprendo y río, el camarero suspira y sonríe, y ahora ya nos reímos los dos, todos los muertos de Angrois nos dan tanta pena que nos reímos cada vez con más ganas, como sublimación de emociones, tensión liberada, gratitud cenagosa. No van a volver ya. están muertos, y nosotros vivos.

A nuestro alrededor hay muchos españoles, con muchas cámaras, un mar de ojos de buey sumergidos en una ciudad cualquiera, buscando un momento grandioso. Ese mismo que se pierden por no estar atentos.

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Góndolas que son falos, instrumentos de poder

            Náusea

            Aveiro termina antes, entre edificios aburguesados, manuelinos, negocios para turistas

            Paseamos todo: esquelas con foto

            Paseamos todo: excursiones de niños especiales

            Paseamos todo: calles de drogadictos

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Paseamos todo: jabón entre casas abandonadas, un fado

            Porque todo es paseable, todo se vende, la VISA oro está hecha de oro

 

Hay hastío porque Aveiro es pequeño, y la intensidad decreciente

            Un bello atardecer entre puestos de artesanía, muertos y conchas y fósiles y pendientes y cueros y vino y comida y palmeras

            Y un puente de lazo metálico en donde los pájaros juegan en la hora más crucial del día, nerviosos por la llegada de lo desconocido

            Llega el frío

En los cables; en las luces; en las casas; en las aceras; en un coche; en hospitales; en el aire siempre hay miedo; escondido en tu equipaje; en la tele; en la comida; por la noche en todas partes; puedo verlo tienes miedo

(Dinero, de Piratas)

 

Guinness y Dublín. Hablamos de dinero, como siempre, todo el mundo habla de dinero. Somos payasos que actuamos todos los días.

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De la tierra, el calor se escapa a las estrellas, como un vapor invisible. Se despierta el bullicio. En un loft-bar lleno de pijos, se beben ginebras fluorescentes. Todas las cucarachas salen por las noches. Estorninos bailan en el aire, como estrellas errantes, entre casas de colores que se van volviendo amarillas. Entramos en un restaurante de los caros y Alex se pide una francesinha, un plato monstruoso de varios tipos de carne envuelta en pan de molde y recubierto, el conjunto, con salsa de queso y patatas embadurnadas. Huele bien pero no es capaz de terminárselo. Yo, sin darme cuenta, he comida ya mi hamburguesa. La luz del restaurante es amarillenta. No me gusta esa luz.

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Me ha parecido escuchar un susurro en mi vaso de agua.

 

Alex intenta entenderse con la tele, en donde palpita un late-nigth a lo Sálvame pero de la BBC, el Chelsea Lately, una presentadora de libro habla del nuevo monarca que ha nacido en Reino Unido. Estoy escribiendo pero no puedo abstraerme de la noticia, porque me genera un asco tremendo que hablen de algo así cuando acaban de morirse cerca de ochenta personas. Y ellos hablando del hijo de un rey. ¿Y si pusiéramos una almohada encima del recién nacido? Pero soy un hipócrita. Mi pena es un recurso renovable, no nos engañemos. Casi pueril.

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Con todas las palabras que borro de mis borradores, podría hacerme un collar de cuentas para in-comprender el mundo.

 

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Un comentario en “Viaje a Portugal – Día 2

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