Adoquines (las calles en las que viví) – IV

San Pedro de Mezonzo 38

Banda sonora de cinco años en la calle que besa la estación de tren: pop alemán en la MTV (mientras una señora me calentaba el colacao y en el pasillo un anciano perdido orinaba fuera de lugar; también, un físico gordo y pornográfico que se masturbaba en el retrete), A Perfect Circle, Radiohead, profundos estudios en la poesía de Billy Corgan, Muse y los suspiros perdidos de Lou Reed y David Bowie. Aquí empezó mi historia (de amor) con una válvula, a lo grande en un espectáculo sin fuegos artificiales pero con mucha intensidad. La película cutre de un genio, pero sin genio. Yo paraba poco en las cuatro paredes de mi habitación, me avergonzaba de que mis padres hubiesen escogido esa opción sin tener en cuenta mi opinión, aunque en realidad yo no tenía una opinión y me habían enseñado a recibir las cosas y a no ir a por ellas, actitud que cuesta mucho perder y en la que desgraciadamente se ha educado a gran parte de mi generación: espera y llegará. Así que me pasaba el tiempo en los pisos de los demás, mayormente de mis novias, primero en la rúa nova de abaixo, escucha el Relax de Piratas, que salió justo ese primer otoño en mi vida en Santiago; luego en la Rosa, comiendo comida enlatada y robando yogures; luego en Santiago de Chile, escapando a lo convencional y lo cuadriculado en noches de teletienda. La verdad es que sí que pasé poco tiempo en San Pedro Mezonzo, a donde iba a dormir solamente un par de noches a la semana, o a estudiar, y en donde me agarraba y me follaba la ansiedad, en noches aderezadas por pastillas y por tilas, por comprender qué me pasaba, viendo el Oro de Moscú o Boys don´t cry, idas y venidas a cardiólogos y lágrimas entre exámenes de parasitología o microbiología clínica. En esa cama, durmiendo al amanecer, escuché el Ashes de Embrace y me sentí libre, eufórico incluso, no en vano me había quitado de encima un montón de esperanzas típicas de padre proletario: matrimonio, hijos, hipotecas. Me gusta el de A a B, pero solamente para las novelas, y a veces, ni siquiera. El niño que fui en San Pedro Mezonzo era un tipejo asustado, sin capacidad de decisión y enjaulado, cuyo único atrevimiento a salirse de lo convencional era la literatura, la música y rayar mensajes crípticos en la puerta metálica de los ascensores. Que se escapaba por las noches para vivir aventuras prohibidas, enfrentándose a chulos de discoteca, negándose a subir, y que vagabundeaba por calles vacías y recónditas escuchando esa música cutre de principios de los dos mil. Un muchacho que maduró aburriéndose de la ciencia-ficción, que atesoraba libros como si fuesen joyas, y que no llegaba a tener miedo del todo ni siquiera en tardes de lluvia en las que estaba convencido de estar enfermo.

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