Viaje a Portugal – Día 3

día 3: Aveiro – Coímbra

Es un despertar agradable después de una noche de fantasmas. Habitación cálida de luz azul. Abajo, Alex mira en los ordenadores noticias del accidente que yo decido ignorar. El video dantesco del accidente me persigue, y es suficiente. En la cocina de ikea hay pastel de chocolate, té verde, sandía y bizcocho, es como la cocina de un apartamento tal cual sale en una revista de decoración: electrodomésticos integrados, madera de alcornoque, una pizarra. La cafetera sopla. Los hospedados parecemos una familia, incluso. Sobre la pizarra veo frases escritas con tiza, visitantes que han decidido de ser anónimos y buscan la permanencia en el trazo efímero de la tiza.

Aveiro duerme, es temprano. En la calle larga hablamos de los viajes ansiados. Yo, Sudamérica entera, a lo Che Guevara y Ablerto Granado. También Islandia, el Japón del Fujiyama y su Kumano Kodo, y la isla de Makatea. Alex, el Congo del coltán, Nueva York y San Petersburgo. Luego, en silencio, me pregunto cuántos de esos se nos cumplirán. Quizá ninguno. Quizá todos.

 

Algunas lecciones del Tao se filtran por la piel hasta llegar a la médula de los huesos. La mente no puede con tanta abstracción. Son juegos de contrarios que son iguales.

 

Esta vez, no nos confundimos de tren.

 

Calabazas sin cara, maíz y el tao, un cielo racheado de nubes

Lo subterráneo del placer en el cambio de tercio

Me gusta cuando las vías y la carretera van parejas y durante unos segundos, tren y coche compiten

Me gusta ver las caras de los que van dentro, papeles desperdigados en el asiento de atrás, un carrito de bebé, pitillos encendidos, la radio intuida

Reiki, un gato entre silvas, jaspeado de negro y blanco, en un terraplén sin destino…

Oliveira do Bairrio y la Rayuela, pienso un momento en el té y en el fado, en el puente de Hammersmith, en Canadá y las soñadas ballenas muertas de la bahía de Vancouver

Eso hasta que me encuentro con ese hombre, que en la parada desierta de Mealhada, está parado junto a un tractor desvencijado, masturbándose con lástima

Ya lo decía Saramago

 

El tren es un rumor de sonidos, grillos de metal y cargados de grasa negra. Afuera, niñitas saludando en un gran valle cubierto de uvas. Al fondo, canteras blancas. Somos, quizá, insectos, que corren entre las fábricas abandonadas de un escenario post-apocalíptico. En el cielo, corona de chimeneas.

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Viajar, murmuro.

El tren vuela y recuerdo el primer disparo que le hice a la réflex, hace cuatro años en un piso miserable. Fue el mismo año que leí La carretera, también el año que escuchaba sin parar Si está bien, de Los Planetas, también por entonces terminé Vertikala 26.

Me despierta un grafiti enorme y grandioso en Coímbra. Parece decir Hola.

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Coímbra es esperpéntica: sucia, superpoblada, mugrienta y algo burguesa, llena de ancianos y grafitis en las iglesias.

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Al calor, somos peces asfixiados. Buscamos la oficina de turismo, a la que llegamos tras patear media ciudad vieja. El mapa chilla que nuestro alojamiento está lejísimos, en las afueras, a kilómetros de aquí. Frustración. Menuda mierda, pienso. Gente que cruza los pasos de cebra, muchísimos coches. Y colinas hacia el horizonte. Esperamos un bus que puede que vaya hacia allí. Intento calmarme, diciendo, Dejamos las cosas, bajamos a la ciudad, y luego, si hace falta, subimos en taxi, la cosa es subir solo una vez, para no gastar. Lo digo más por tranquilizarme que por Alex, que parece solamente algo irritado ante la idea. Yo, en cambio, me noto rencoroso. Es siempre la misma historia, el mismo ritual.

El bus escapa por caminos estrechos. Estamos fuera de la ciudad, por entre facultades blancas manchadas de humedad. Cada vez más lejos, subiendo pendientes, atravesando polígonos industriales: leroy merlin, worten. Hay un camping en donde el conductor nos mira, pero no bajamos. Un chico con maleta, que se subió en las universidades, lleva en la bolsa champú y un tetrabrick de zumo. Me pregunto si no podría tirarlo en lugar de llevárselo. No es algo tan valioso. Hablamos bajito para que no nos entiendan los portugueses, que nos miran sin disimulo, sobre todo el conductor. Porque, de pronto, somos extranjeros. Le digo a Alex que bajemos, que maloserá, y pico el timbre. Nos paramos en medio de la nada. El autobús se queda parado, el conductor quiere decirnos algo, como si fuera el presidente de Portugal. Yo siento vergüenza, digo, Nos miramos y ya se irán, pero el autobús sigue parado y para esa gente ya es algo personal. Su destino depende del nuestro, de que lleguemos, así que entramos de nuevo y Que a dónde vamos, pregunta, y yo repito, Albergaria do Arieiro. El conductor grita, no es que esté enfadado, es su tono de voz, hablan entre ellos, acaban llegando a consenso, pura maravilla de democracia participativa. Aquí, los que menos importamos somos nosotros. Me entran ganas de llorar y de reír. Hay algo tenso en mi pecho que afloja. El bus se mueve, estamos en la ladera de una colina, y a lo lejos se ve el machurrón indefinido que es Coímbra, el río también. Casas y más casas, calles estrechas por donde el autobús apenas puede pasar. Finalmente, se para y una anciana de pelo blanco que casi no se puede mover se baja, y nosotros también. Siento alivio por perderle de vista.

En un portal de piedra, un gato blanco toma el sol.

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Como el hostal no aparece, damos vuelta y bajamos la colina buscando una wifi. En una marquesina, una señora no tiene ni idea, nos mira hasta con miedo. En la rotonda huele a churrasco. Bloques de viviendas comunes sin un tendal. El leroy merlin parece sonreírnos. El mapa de la reserva de booking no ayuda. Alex busca una wifi y le da la risa, finalmente, a mí también. El pánico se desvanece, luego la tensión se va, esa tensión de las cosas que no salen como uno planea.

 

Me cago en la puta, digo. Volvemos a Coímbra, buscamos un hostal de mierda y que les den. Alex calla, para luego apuntar, con precisión quirúrgica, País de mierda. De machada en machada, añade.

El sol quema, caminamos por arcenes, junto a riachuelos contaminados y hierba seca, bloques de viviendas pobres, gasolineras, puentes llenos de grafitis y yonkis, sudando, subiendo y bajando pendientes, pasando junto a bares de mala muerte y talleres de motos llenos de aceite negro. Esnifamos alquitrán, ya casi en Coímbra.

START.

Es una Coímbra sin sentido. Parados frente a Pepe Kebab, vemos un edificio estrecho como un alfiler. Tomamos una cerveza que sabe a gloria.

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La pensión está atendida por una mujer simpática que parece hindú. Una belleza de ojos verdes. Detrás de la recepción está su salón, en donde un viejo mira la televisión con un brillo azulado y cambiante sobre sus retinas. A sus pies, un niño juega sobre la alfombra.

Paz en la habitación. En la tele, una estúpida e innecesaria entrevista de la BBC a una periodista de TVE. También vinieron cuando el Prestige. ¿Por qué no se van a su puta casa?

 

Bullicio, grafitis en la Historia

Comemos un bocadillo lamentable en la Sé Vella, y callejeamos

Anarquismo / calles cubiertas de paraguas

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            Bebo con la mirada mercearías, aspiro el aroma del té como cocaína, hablando inglés como un mejicano

Guiris y gritos, universidad

‘Entonces, bajemos aunque había que subir’

Es un agua verde, chorros de luna, una larga muralla que parece acueducto, un árbol con raíces milenarias hundiéndose en la tierra. Escupe una sombra infinita.

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Alex, difuminado.

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Tirolinas, puentes de madera y argollas y niños deslizándose por el aire en busca del señor de las moscas, nenúfares que flotan sobre la mierda como niños estrella en un espacio indefinido, reflejos del mundo cuántico. También nosotros.

 

Luego, en la misma terraza, sin escuchar fado, bebemos. Hay dos portugueses sentados a nuestro lado, melena blanca, gafas de sol, chaqueta y pantalón. Generaciones del PP. La gente pasa, una anciana mendiga, tiene una perilla blanca como de sabio tibetano. Cerca, lo que parece ser un tailandés destripa una canción de Of Monster and Men, en acústico y rodeado de guiris emocionados y nostálgicos hasta el ridículo. Una paloma zapatea una mesa, casi flamenca, y yo estoy a punto de tirar toda la mesa de nuevo, incluyendo también la silla, la cámara y toda mi dignidad.

Antes, todo esto eran veigas, dice Alex. De nuevo.

En las baldosas del suelo, flota el fado.

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La secuencia es la siguiente. Tenemos la comida en el plato, el cielo amarillea y hay cierto aire de soledad en el aire. suena el móvil.

¿La madre de Celia Mayer, en el tren?

El relato de costillas rotas, neumotórax, operaciones. Un largo escalofrío y ese frío en el aire caliente. Es como mezclar aguar y aceite. La llamada es corta, luego, cruce de mensajes. Un matiz fúnebre en el aire, y la cena atragantada.

Luego hay una larga espera mientras los pasos nos llevan por la Coímbra más oscura, con panorámicas del puente de Santa Clara, en un Mondego que parece el Nilo, y el cielo agrisándose al tiempo que se encienden los neones. Una banda de gaitas hace temblar los parasoles de una terraza, y en las calles más oscuras y ruidosas, escucho mis propias preocupaciones, rezando que no, que a la gente alegre no deben sucederles cosas malas aunque sepa que es una idiotez y que los caminos de la vida son así.

No quiero meterme en la pensión, pero no digo nada. Alex lo sabe, supongo, nos sentamos en una terraza en la plaza 8 de maio, en donde una charanga toca a los bordes de la terraza. Hay puestos de artesanía mala atendidos por tenderas preciosas. La tensión de mi pecho se va deshaciendo de nuevo. Pedimos una botella de viño verde, acordándonos de Javi y el Casarito, y la bebemos entre sorbos. El vino claro. El cielo amenaza lluvia con unas gotas descaradas y los camareros se apresuran para cubrir los puestos, mientras la charanga toca como si Coímbra fuese el Titanic, y esta la última noche de nuestras vidas.

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2 comentarios en “Viaje a Portugal – Día 3

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  2. Pingback: Breve comentario sobre dos viajes futuros (pero seguros) | aullando

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