Adoquines (las calles en las que viví) – V

Santiago de Chile 3

De forma tácita yo ya vivía fuera de aquella pseudoresidencia, pero este era mi primer simulacro (incompleto) de vida extramuros. Esta larga y anodina calle de Compostela tejió historias que a veces me parecen ficción: piedras de hielo en espaldas erróneas; súbitas modas de tangas negros; besos a destiempo en portales abandonados; tortillas flamígeras. Quizá todas fueron mentira y me las estoy inventando. Polvo de cuentos, relatos casi olvidados. El tipo de manuscritos que son legados a los herederos del genio, para que se lucren con su usufructo, si es que el artista adquirió cierta notoriedad en vida. Sí sé que en esos tiempos escuchaba día sí y día también a Iván Ferreiro, con aquella cosa que había montado con su hermano Amaro y que se llamaba Rai Doriva. Quedaba la nostalgia de unos piratas desaparecidos. A esta calle volví después de que mis pies pisaran Dublín, descolocado, enamorado, desmotivado y algo ido de la olla. Aprendí a hacer ensaladas, y a comer de forma más saludable, porque durante el curso de una borrachera de alcohol y comida había terminado indigestado en el hospital clínico. También me compré un telescopio que jamás aprendí a utilizar, y vi caer un rayo sobre un tejado, espectral en una tarde de febrero. Agarré la mayor de mis borracheras, la única en la que fui arrastrado por amigos, antes de tiempo, fue la tarde-noche que intenté caminar de París a Dakar y, no habiéndolo conseguido, bebí Jaggermaister en un local del diablo, terminé derrumbado sobre un colchón de noventa y con mi cabeza rozando peligrosamente la esquina de una mesita de noche. En Santiago de Chile, uno puede contemplar la misma vida moviéndose, en forma de tiendas que se abren y cierran, negocios que se clausuran para siempre, estudiantes yendo y viniendo transgrediendo generaciones. Compostela es un cascarón, a veces. En aquel tiempo no sabía nada de esa cafetería que se llama Hekla y está al final de la calle, tampoco sabía de la diferencia entre amante y esposa, ni mucho menos sabía que Odín está en todas partes, no sólo en Islandia. En aquella calle, también, tenía consulta el cardiólogo que me había dicho que estaba enfermo. Y por esas calles, leí Mundo Anillo sintiéndome, precisamente, dentro de un círculo colosal.

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