Qué extraño es vivir

Qué extraño es vivir, pensó mientras veía llegar la muerte.

Perdido en el centro de un temporal de nieve, en algún lugar de los páramos de Hvannalindir, el pobre hombre se había perdido y, extenuado, había terminado dejándose caer sobre la nieve, observando la oscuridad del cielo, rota por ráfagas de nieves que borraban, por momentos, ese negro colosal. En esas circunstancias, sabía que estaba perdido. El frío cortaba sus músculos, y su respiración se iba volviendo irregular. Suponía que pronto empezarían los delirios, el vagar por recuerdos de infancia: caricias de madre, o de algún amante, sabores olvidados. Cualquier cosa. En realidad, lo que su mente prefirió fue, al parecer, mantener cierta consistencia y regresar a las imágenes que había visto esa misma mañana en una revista. Eran fotografías ganadoras de un concurso, y pertenecían a una parte de su vida en la que jamás hubiera pensado que estaba tan cerca de la muerte. Una manada de pálidos murciélagos, un pez payaso entre anémonas blancas, una espora colgada en el borde de una hoja, la lechuza ártica levantando el vuelo, un buitre contemplando las costillas de un mamífero caído, pingüinos en cortejo, ¡un embrión de serpiente!, una parvada de medusas, y la fotografía ganadora, varias mariposas preciosas dulcemente posadas sobre la cabeza de un tranquilo caimán.

Qué extraño, todo esto, pensó mientras le llegó, finalmente, la muerte. Sus tímidos estertores los apagó la fuerza de la tormenta, que siguió congelando su cuerpo con un rugido furioso.

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