Viaje a Portugal – Día 4

(entra en la etapa anterior, Día 3)

día 4: Coímbra – Leiria

Fuera, la gente trabaja. La que trabaja. El runrún es el de una ciudad grande. Veo la National Geographic en la tele sintiendo la vibración en el vidrio de las ventanas. Suena la siempre larga ducha de Alex. Tomo mis notas. Llegas a un sitio, te vas de un sitio. ¿Cómo sería mi vida si fuese recepcionista? ¿Cómo será la vida de la bella recepcionista de esta pensión barata? ¿La de su padre, la de su hijo? Nuestras chispas se han cruzado un momento, ahora se separan para siempre. ¿Qué será luego de su sonrisa vagamente tímida? ¿Y de nosotros?

Fuera, el aire está limpio, como si hubiese llovido. Las calles están mojadas, alguien las regó de noche para que hoy brotasen emociones nuevas. Quizá, seres subterráneos que habitan debajo de las ciudades, y que nos regalan, ya de paso y por el mismo precio, sueños.

 

El que nos vende los billetes de tren es un anciano, que ya debería estar jubilado y que se mueve con lentitud. Tarda mucho en hacerlo todo. Uno de los billetes es con carnet joven, así que Alex lo saca del bolsillo y se lo tiende. El hombre lo mira y le da vueltas, trata de usarlo como si fuese una tarjeta de crédito, mientras le pide la identificación. Es así como Alex descubre que se ha dejado el DNI en el hotel. Faltan diez minutos para el tren, así que le digo, Corre, y él suelta un Joder, y echa a correr, mientras el anciano sigue intentándolo y yo le digo que lo deje, y le pago.

Doy vueltas por el andén, junto a nuestro tren, mientras camiones de fruta esperan con aburrimiento en los semáforos y las farolas.

Finalmente, llega Alex con la mochila saltando en su espalda y el DNI en la mano. Sobraba tiempo, el tiempo siempre sobra, lo que sí puede faltar es vida, que de eso no tendremos eternamente.

 

Nubes que son boxeadores orgullosos a punto de ser noqueados

Resiste, negra, resiste

Iluminan amapolas en las zanjas de Espadaneiro; en Casais, docenas de nidos de cigüeña

Walden, y chabolas extrañas rodeando lisérgicas iglesias ortodoxas

Hay una estación extraña en Alfarelos, con una torre de control aeroespacial cubierta de humedad y musgo

Qué hambre tengo: quiero correrme dentro de ti

Todo ese negro es lluvia, pero solamente un momento

 

En la Bifurcaçao de Lares no hay nada más que extensos campos de hierba, que es arroz, un elaborado parapeto para la lluvia o para protegerse del sol y la caseta del empleado de trenes. A lo lejos, se ve un puente de hierro, un parking.

Justifico haber traído el trípode haciendo unas panorámicas, y paseo por la caseta, preguntándome qué vida llevan los que viven ahí. Por una ventana, veo una olla brillante sobre los fogones apagados. Sería un lugar increíble para pasarse un mes escribiendo, aunque lo más probable es que de disponer de ese mes, me lo pasase viendo pasar los trenes.

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Se detiene un tren y una chica rubia me sonríe. Me gusta la gente que te mira y que sonríe, la gente que mira de verdad y se olvida de ese infinito que tanto miramos sin resultado aparente. Ella mira. Lleva unos pantalones estilo Bettlejuice, y su pelo, de tan rubio, parece blanco. Hay un yo que se va inmediatamente a hablar con ella, en otra dimensión, pero el yo que soy yo y que toma notas se limita a mirarla y a tomar el sol como esos lagartos de ojeras rojas.

A lo lejos, por cierto, también hay una factoría, chorros de vapor al aire. Éxtasis solar, hambre. Los minutos se arrastran. Bajo el parapeto, veo con Alex fotos de comida.

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El comboio a Leiria es minúsculo, un vagón único y destartalado, cubierto de grafitis, como Portugal entera. Pienso que quizá lo hayan sacado de El castillo ambulante de Miyazaki. Únicamente le faltan las patas, y al arrancar se agita tanto que incluso dudo que Alex sea capaz de dormirse, pero le subestimo, y a los cinco minutos lo consigue, hermosa capacidad. Yo miro, siempre, las paradas semidesiertas junto a industrias derruidas con gigantescas telarañas colgando. Es un reino del óxido, un ensayo del apocalipsis. Cigüeñas sobre campos de arroz, picoteando como flamencos. Y muchos pinos. En los otros asientos, aldeanos ruidosos con bolsas de comida, algún muchacho somnoliento. Por momentos, se difumina la cobertura y el movimiento del tren se vuelve sensual, como si le estuviese haciendo el amor a las vías.

Hay tantas casas abandonadas. Tantas casas donde vivieron personas y ahora solamente quedan sus fantasmas. Y del fantasma de esas gentes, a los de Angrois, que regresa a mí como una película. Siento que debo salirme del personaje. Ser yo. Pero todo eso es muy fácil de decir. ¿Cómo saber que soy yo y no mi personaje jugando a serlo?

Veo nubes como catedrales en el cielo, y me adormezco. Por mis ojos pasan plantaciones de cactus escondidas entre pinos.

¿Es eso una escalera que lleva al cielo?

 

La estación, elegía de la soledad, abandono, desolación. Hay un taxi, que espera. Echamos a andar por una recta larga de negocios abandonados, gafas que nos miran, autocarros miserables en placitas de cemento. Ni rastro de ciudad alguna, ni de nada que se le parezca.

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A una medio gitana le preguntamos ¿Por dónde?, y nos responde cosas pero señala en una dirección. Tiene pelos en la nariz, y la tez oscura, como de bereber. Sus gestos nos empujan hasta el impresionante estadio de fútbol, pintado de colores y rodeado por un mercadillo de los de toda la vida: pantalones de licra, perritos saltarines y bragas blancas gigantescas. Detrás del estadio, sobre un promontorio que parece salido de la nada, el castillo. A su alrededor, la ciudad se dibuja fea y desorbitada, como un tumor. Quizá por ello, la parte vieja nos enamora. Los edificios sucios dan paso a casas cuidadas y calles limpias, sobre las cuales el castillo es el ojo de dios que todo lo domina, todo lo ve, todo lo siente. Hasta el susurro más suave.

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Vagamos un rato, en busca del hotel. Praça de Francisco Rodrigues Lobo, cuadrada y llena de terrazas, niños jugando, un perro rascándose el beso de una pulga, el aire limpio de la mañana cada vez más caliente. Al fin, el hotel, tan cerca, viejo y muy portugués. ¿Qué más necesitas de un lugar, más que sábanas limpias, y ni eso?

 

Incidente estúpido: nos quedamos atorados en el estrecho ascensor a causa de nuestras mochilas. El niñato de recepción nos mira de reojo, sin saber si reír o llorar. Nosotros nos ponemos rojos. Elegimos, necesariamente, las escaleras.

 

Bailar, como bailan los que se comen.

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Suena la fórmula 1 en la plaza del lobo. También las sardinas. Resulta que hoy es sábado. Hemos estado buscando un supermercado, sin suerte. ¿Tienen supermercados los portugueses? Esos misteriosos espacios modernos en donde los niños tiran del chaquetón de las madres, pidiendo esa golosina brillante y luminosa; en donde la gente intenta en vano ceñirse a listas; en donde reina la variedad (seis marcas de espárragos blancos, ¿cuál es la mejor?). Espacios comunes. ¿En dónde compran los portugueses?

En la plaza me tomo un té eterno, porque ponen tanta agua que la bolsa dura, y dura, y dura. Té se dice chá. Ya estamos bastante al sur, y aquí los portugueses sonríen más. Empieza la tarde.

Esas calles que rodean la Sé son estrechas, y vacías y solitarias. Hay un lugar a donde las palomas van a morir, rejas oxidadas. Arriba, las altas murallas, las paredes y más grafitis, cosas que brillan. Torreones desde donde el calor se despeña. Adentro de la fortaleza, hay una coral de gritos histéricos de chonis. También cristianos. Esa es la ralea de hoy. Paseamos por los bordes, saltamos las zanjas. Ese vacío me atrae, siempre me pregunto cómo será saltar…

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La ciudad se crea alrededor del peñón. Abajo, en el estadio, se sueltan vítores. Hay pruebas de atletismo al calor de esta tarde de julio. Junto a una de las torres, se acumulan armas medievales, cascos, escudos, lanzas, los instrumentos de la muerte. Son tesoros, hoy. Pero nosotros preferimos las piedras, saltar entre ellas. Al menos, no nos tiran encima su historia. Solamente están. Como la tierra.

Desde el balcón se ve una larga extensión que un día dominaron los reyes. Nuestros culos besan el mármol, y así se nos van las horas más brillantes del día, esas que hacen que el cielo sea blanco y el resto de colores palidezca. Planificamos los días que vienen por delante. Confieso que el día de hoy ha quedado algo vacío, como una de esas nueces que al abrirlas no tienen gran cosa dentro. El horizonte es largo y los niños hacen barullo en una sala interior. Corretean sobre la madera. Para ellos no hay días vacíos.

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El mundo, lo sé, es cuántico. Diverge, es multifactorial, multilaminar.

 

Al bajar, hablamos de las traiciones de los buenos amigos, Alex vive esos pequeños contratiempos con una intensidad que supongo voluble. No añoro vivir las relaciones humanas de ese modo.

 

Entramos al revés en la estación de bus, y vemos sus vísceras, la sangre negra, los horarios, opciones, caminos. Y sobre todo, el calor.

Por donde la gente vive, pasamos el puente sobre el río Liz, y de nuevo pienso en cómo será despeñarse. Le hablo a Alex de mi tetería, del guerrero pacífico, ese nombre que tan poco le gusta a María y a mí tanto me encanta. Cómo me gustaría ser el guerrero pacífico. Cómo me gustaría ser Carlos. Cómo me gustaría ser el indio. Como me gustaría tener un filtro para la invasión de los astros. Cómo me gusta, a veces, lo que soy.

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Las ciudades aquí son caóticas. Seis y media de la tarde.

 

En la plaza los niños corren detrás de la pelota

Aún brillan los cruasanes

Crepitan los televisores, las duchas

¿Es eso un poco de ansiedad?

 

La cena es infame. Una mujer risueña, atractiva, muy morena, con los dientes muy blancos y que parecen brillar en el crepúsculo. Dentro, se ríe de nosotros con sus compañeras. Yo le sonrío. El bocadillo es una auténtica mierda, y si estuviese en casa, lo tiraría a la basura. Pero tengo hambre, y la farmacia aún está cerrada.

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Repito caña mientras crece el ambiente. La luz se corrió del cielo y todo está iluminado, como de fiesta. Juega el Atlético de Madrid. A mi lado, llora un bebé. Aparece un borracho muy sucio que intenta calmarle cantando, pero el bebé reacciona llorando más. El pobre hombre oscila entre las mesas buscando conversación. Lleva una gorra, y está muy delgado. A nuestra derecha, hay tres francesas bebiendo cerveza, y se les acerca para molestar. Veo cómo ellas se cruzan miradas que significan inquietud, pero también diversión, fifty fifty. Intenta hablar con ellas, y entonces descubrimos que dice ser gallego, y les habla de cultura, de que tiene mucha más cultura que cualquiera en Portugal. Les habla de los lindos ollos verdes, e intenta chapurrear inglés. El camarero se asoma a la puerta, y el borracho las insulta de alguna forma y se va. Las francesas pagan sus cervezas, y se levantan, y una de ellas, la que lleva el pelo corto y rubio, de ojos brillantes, se acerca y me regala una de ellas. Luego, se van.

En una esquina de la plaza viven los punkis y sus perros y sus litronas.

Han iluminado el castillo, que es todo luz. La noche es preciosa. Tengo la sensación de que, si estuviese solo, empezaría a caminar por las calles y no pararía hasta que llegase el amanecer.

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Un comentario en “Viaje a Portugal – Día 4

  1. Pingback: Viaje a Portugal – Día 5 | aullando

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