Empezó a llover a las siete y media

El chico sintió el temporal fuera de la tienda y se sintió dentro de un frágil esquife. La lluvia repiqueteaba sobre la lona como si alguien le estuviese tirando piedras. Ya había pasado un buen rato desde que el atardecer de invierno cayese sobre ese rincón de la Galicia casi costera, y la noche era negra y fría. Desde la llegada de la oscuridad, el tiempo parecía haberse convertido en resina, y se movía lentamente, como sin ganas. Quizá porque lo que ansiaba el chico era que la mañana llegase de una vez. Sentado en el centro de aquella tienda, sospechosamente parecida a un ataúd, estaba envuelto en varias capas de ropa térmica, en su abrigo y dentro del saco de dormir. La linterna que iluminaba vagamente el interior parpadeaba por momentos, aunque disponía de una más pequeña, para emergencias, que funcionaba con una manivela. La manta sobre la que se sentaba iba humedeciéndose poco a poco, a medida que el agua de lluvia se filtraba dentro de la tienda. Entre sus piernas, la moleskine y los libros, lejos de toda humedad. Hacía un rato se había adormilado un rato, pero las primeras embestidas de la lluvia le habían despertado. Y, allí sentado, esperaba a que ese cielo despiadado dejase de morir sobre la tienda. Vio en un rincón sus botas llenas de barro. La imagen le resultaba amarga y no sabía exactamente por qué. Un pitido en el móvil: la batería, al 10%.

Nunca hasta ese momento había sentido la soledad de un modo tan palpable y real, abandonado a su suerte en un yermo, bajo la lluvia y con la única compañía de fugaces llamadas perdidas, de la radio que narraba la jornada de fútbol como en un sábado cualquiera. Qué poco vale la vida humana, pensó. El valor de una única vida humana, de entre todo el colectivo humano, era absurdo, nimio. Qué manera de perder la grandilocuencia. Uno más o menos, ¿qué más daba?

La radio se cortó un instante, y luego volvió. Le calmaba, y le parecía, junto a su móvil, su único vínculo con el mundo, lo cual sabía ridículo pues a menos de doscientos metros había una casa solitaria pero con su consiguiente farola, y más allá, la carretera nacional. Por no hablar del puente de la autovía en uno de cuyos pilares había decidido plantar la tienda, al borde de la noche, unas horas antes. Y, pese a todo, ese mundo que sabía que estaba al otro lado, al alcance de su mano, parecía situarse a años luz de ese pequeño universo que se había construido dentro de la tienda, que temblaba ante las ráfagas de viento y bajo el influjo de la lluvia.

No estaba realmente asustado. Poblaba su alma una angustia profunda, que emanaba de la soledad y del sentirse vulnerable, pero no era miedo. Por momentos, reflexionaba en el modo en que creía conocerse, saber cómo era o cómo no era, y lo profundamente engañado que estaba, pues jamás había tenido oportunidad de conocerse y de estar a solas consigo mismo de esta manera. Rodeado siempre de personas, y cuando no era así, alejado de sí mismo: hacer de comer, pasear, limpiar, beber, escuchar música, internet, una película, una paja, follar, trabajar. Siempre lejos de cualquier cosa que pudiese favorecer el diálogo interno. Y aquella tienda, en la que iba a pasar nueve largas horas y que se iba inundando poco a poco, bajo un puente, escuchando los coches que zumbaban por la autovía, absolutamente solo, había facilitado la toma de contacto con su verdadera esencia, un proceso de autoconocimiento del que iban desprendiéndose emociones, vacíos y anhelos, pensamientos. Solo consigo mismo. Incluso a pesar de toda esa angustia, era capaz de ver que necesitaba un momento así, revelación de lo que había y de lo que no, de lo que sobraba y lo que faltaba, de lo realmente deseado y de lo superfluo.

Le dolía la vulnerabilidad. La tienda se inundaba y apenas tenía batería en el móvil. Toda la decisión y valentía que creía atesorar se había desvanecido. Era la parte de sí mismo que gozaba de esconderse en fantasías y que solía asustarse al enfrentar la realidad, que significaba empaparse a las dos de la madrugada y con el termómetro rozando el cero. Esa parte de sí mismo, cobarde, débil y vergonzosa, se escondió y toda la aventura cambió de forma. Sin embargo, incluso en los momentos de más profunda humillación, era consciente de cierto orgullo por el intento. Por la búsqueda del placer, que para él se encontraba en lugares diferentes que para la mayoría. Logró aniquilar su ego por un instante, pedir ayuda. Que alguien fuese a buscarle.

Tibio aprendiz de escritor, estaba satisfecho por haber aprendido de sí mismo, del desamparo, la soledad, los miedos, la malinterpretación de situaciones y escenas, de lo mal que hasta ahora había juzgado el aislamiento y la soledad, el dolor y el paso del tiempo. Sintió una empatía irrepetible con todas las personas que se veían obligadas a un tipo de existencia que para él había rozado durante unas horas. Sentía que había aprendido más de sí mismo en unas pocas horas que en toda su existencia. Ahora sabía que el tipo de soledad que buscaba su espíritu era una más efímera, pequeños respiros o alivios de la vida cotidiana, esa en la que otros se movían como peces en el agua pero en los que él, a veces, se ahogaba. Esa noche lo había cambiado todo, y lo sabía. Había constatado lo que ya suponía antes de emprender esa jornada, que la felicidad era algo para compartir, que había belleza exactamente en todas las cosas que contenía el universo y, en última instancia, que solamente la noche, con su aplacar de los sentidos, era capaz de mostrarnos un reflejo de nosotros mismos.

Recogió la tienda a oscuras, bajo la lluvia pero con enormes claros en el cielo nocturno, a través de los cuales se veían las estrellas con un brillo sobrenatural. En el espacio arenoso, junto al pilar de la autovía, donde había plantado la tienda, se quedaron un chubasquero inútil y una malla de naranjas que se había ido comiendo a lo largo del día. Dentro de su mochil iban los libros, bien envueltos para no mojarse, la ropa mojada y el saco de dormir mal recogido. El frío iba congelando sus manos a medida que desmantelaba la tienda. Luego, echó a andar camino abajo por la pista de gravilla, que descendía hacia la carretera nacional. De camino, la lucecita de la linterna de manivela iluminó a una brillante salamandra, que erguía su pecho hacia la lluvia como si quisiese beberse el cielo, las mismísimas estrellas. Al mirarla, le pareció lo más real que había visto en horas, quizá por ahora sabía que iban a buscarle y se sabía de nuevo seguro, y capaz de juzgar con más condescendencia la belleza del mundo. Pasó junto a la casa y sus perros ladraron, se encendieron las luces de una ventana y se asomó la figura de un hombre, intentando averiguar qué se movía en la noche, para descubrir, lejos, una sombra con bultos en las manos y la mochila a su espalda. Cuando alcanzó la nacional, cruzó al otro arcén y vio cómo los coches que subían la colina iluminaban su sombra y la hacían correr por el guardaraíles. Y, finalmente, se subió a un coche en silencio y volvió a casa, si es que existía algún lugar que pudiera llamar casa. Se sentía pequeño, humillado. Supo que, de alguna forma, una parte de su vida había tocado fondo, y que apenas era dueño de nada de lo que su vida contenía.

Intentó animarse rememorando el principio y transcurso de la jornada, en la que había disfrutado de un bellísimo amanecer entre las casas felices de la gente pobre; en la que había paseado por pueblos anónimos a varios grados bajo cero, las aceras cubiertas de cielo; en la que había estado parado en una pista de servicio de la autovía comiendo galletas y leyendo un libro maravilloso, contemplando los mirlos en el matorral, los carballos hablando entre sí y los petirrojos sobre la gravilla, todo sumido en una niebla matutina y suave; en la que había escuchado la música de un regato y sus pequeñas cascadas; en la que había admirado el espectáculo de las fincas vacías y las casas que iban despertando y escupían humo al cielo; en la que había comido naranjas mientras hablaba solo y los coches le sobrepasaban; en la que había visto el sol penetrar un mar de nubes negras; en la que se había maravillado de los espacios vacíos y los montes, del placer de los pies en el camino y el runrún de la mochila en su espalda; en la que había, incluso, disfrutado de las primeras gotas de lluvia sobre su cara seca, mientras los postes de la luz se extendían en todas direcciones.

Todo eso había ocurrido mucho antes de las siete y media, cuando empezó a llover, mucho antes de la soledad y el frío en su alma, y negar su valor era tan injusto que, a medida que el coche le llevaba de vuelta a alguna parte, fue recuperando el calor en su espíritu y negándose a no aceptar el aprendizaje.

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