Viaje a Portugal – Día 5

(entra en la etapa anterior; Día 4)

día 5: Leiria – Nazaré

 

Leiria vacía es un cascarón urbano. Una falsa ficción post-apocalíptica. Es domingo. Parroquianos jubilados que también viven fuera de los días, como nosotros, desayuna en las cafeterías del extrarradio. El castillo a nuestras espaldas arroja una sombra inmensa. Esa larga recta que enfrentamos podría vivir en los alrededores de Chernóbil. Paramos en una cafetería y me tomo un té miserable, poco más que agua hervida, y uno de esos pasteles de nata que hemos visto en todas las pastelerías de Portugal y que son postre nacional: dulce, empalagoso. Me aturde la canela.

Nos encontramos, de camino a la estación, un perro zombi, que nos mira desde el centro de la carretera vacía. Obstinado, nos mira. Sabe que no somos de aquí. Nos acercamos a él y mientras pasamos a su lado su cabeza se gira. Como la de la niña del exorcista. No necesitó atacarnos. Si lo hubiera decidido, estaríamos muertos.

wp_005677

Aún noto su sabor en mi boca, si cierro los ojos; el azúcar en el paladar, como una inyección; la sensación de natilla recubriendo mis encías, una pátina cremosa.

Tanta pachorra tiene el revisor del tren que nos cobra el billete casi al llegar a destino. En Portugal, ese es el ritmo, un ritmo latino, feliz, pausado. Pobres, pero felices. Hemos llegado a Valado, y yo me doy cuenta que nunca antes había tenido que insistir para pagar. La hostia, dice Alex. Realmente, otro mundo. Me fascina la otredad, y Portugal es un gran cosmos, nuevo y fresco, tranquilo. Por eso, a veces, me pone de los nervios.

Aroma de domingo. Que en Valado, a esas horas tempranas, es olor a pan, destilado desde una panadería que tiene a puerta abierta. Una mujer con delantal blanco amasa. Imagino grafitis sobre el cuerpo de esa mujer, de las mujeres. Luego, vemos una gran mansión abandonada, mientras salimos del pueblo camino de Nazaré, en nuestra espalda la mirada capciosa del taxista fumador.

Walter Chicharro, Partido Socialista. Hay elecciones municipales, y pienso que chicharro se le dice a los goles en el fútbol. Parece un apellido ridículo para un político, aunque peor es la probable realidad: que el político sea más ridículo que el apellido.

En la inmensa recta, casas de planta baja entre alpendres destartalados, bombonas abandonadas, cercados cutres, perros dormidos, algún jubilado paseando, una moto. El cielo aún es blanco.

SONY DSC

            Bailas sobre las rayas, hermano

            Somos P. Petit

            Entre las gemelas

            Entre los caracoles que parecen muertos pero sólo meditan

            Entre las señales exiguas

            Y entre pinos

panorama-1

            Nuestros pasos siempre juegan a separarse

            Vivimos en arcenes, en refugios silenciosos

SONY DSC

Orbitur y nos metemos a preguntar si hay sitio, porque en su web nunca hay sitio, o quizá es que soy yo que no sé buscarlo. Pero hay, bajo los siemprepresentes pinos y una lluvia de sus hojas que es como polvo nuclear. Hay familias despertando, caravanas, el ruido de una lavadora. En una piscina tranquila, una hoja flota, seca, girando alrededor de sí misma como un planeta errante.

Desde el camping, el camino a Nazaré es una larga pendiente que baja. Esos caracoles blancos están por todas partes, como salamandras a punto de invadir la tierra. Hay una sensación de paz atroz en el aire. Paz y sal. La pendiente, por cierto, está hecha con aceras estrechas, porque Nazaré es la concha de un molusco pegada a la playa y a su promontorio. Nazaré es historia. Nos metemos en una larga calle de pescadores. La ropa de los tendales se agita en el aire tranquilo. Hombres de barba incipiente y dientes blancos preparan las brasas en el suelo de cemento. Hay una señora que tira a la calle la lejía de un cubo, la fregona apoyada en la pared apestando a cloro. Muchos sonrisas entre ventanas cercanas, y niños jugando con piedras que son coches y ejércitos y fantasías. El aire ya huele a pescado asado.

Y finalmente, el mar.

SONY DSC

En donde terminan todos los caminos.

A esas, las huelo antes de verlas: las hordas de turistas en el paseo marítimo. Me maravillo del imponente promontorio, el sonido devastador de las olas sobre el mar, e intento despertar los recuerdos de veintiún años atrás, pero ya no están, solamente el del promontorio. Todo lo demás, en la bruma. Zambujeiras en la playa, que son estatuas.

SONY DSC

Las tiendas son estridentes y están abarrotadas de productos horteras. Hay muchos coches. Nos tomamos una coca-cola en una terraza a la sombra, fría y escalofriante. Quizá mis recuerdos están en el fondo de ese mar, en el que un día, hace veintiún años, pude morir. O debí morir. O me salvé.

Las ancianas de rostro arrugado, vestidas de negro bajo el sol, venden pescado secado en rejillas de metal. Me pregunto si han amado, si han sufrido, si han llorado, sin han hecho mamadas, guisos en comidas familiares, si han mirado el horizonte, si se han preguntado si hay o no un más allá, si han traicionado y sido traicionadas, si han sido algo más que venerables ancianas. Mejillas tostadas, ojos brillantes. ¿Quiénes sois?

En una malla, veo pulpos aplastados como si alguien los hubiese lanzado desde una gran distancia. Brillan al sol.

En las calles de comer, el bullicio es una tormenta de piedras. Camareros con bandeja metálica al sol, gritándose. Cocineros añadiendo sudor a sus platos. Comensales irritados por la espera. Padres preocupados por sus hijos pequeños, que juegan entre los zapatos de sus mayores buscando tesoros.

(in my secret life)

Hoy es el día de bacalao, y lo buscamos. El sitio que encontramos es minúsculo, cargado de azulejos verdes y madera tan oscura que es casi negra. Una niña gorda grita todo el tiempo, intentando llamar la atención, pero nadie le hace caso, lo cual, por cierto, le da razón en su empeño. Por momentos, agotada, se sienta y juega con una servilleta, para luego volver a empezar. Quizá ha aprendido la estrategia de su madre, que intenta lo mismo con su marido, que con estupenda indiferencia se bebe un oporto y piensa, quizá, en el más allá de una vida aburrida. Son tres aburridos que buscan.

La camarera es muy amable. Devoramos pan y aceitunas. Me gusta el amargo de las aceitunas verdes rotas. También las negras de Aragón, ya puestos. Y las que pican. Recuerdo un mercadona al pie de la montaña en donde compré las malagueñas más ricas. Estaban muy buenas. La ensalada que sigue al aperitivo es de pulpo y lechuga. Luego, el bacalao en dos estilos diferentes pero simétricos, un manjar a doce euros la razón. De postre, además del sopor, mouse de chocolate. Que no es mouse, sino crema. Pero deliciosa.

En la televisión se juega la final del mundial de fútbol playa, Portugal-España. La camarera nos cuenta que con Portugal juegan varios nazaríes, y parece orgullosa, mientras yo recuerdo eso que decía Krishnamurti, que el nacionalismo, de cualquier tipo, es violencia y separación.

Alargo el té mientras el restaurante se vacía. La niña se marchó hace un buen rato.

SONY DSC

El espigón es una varita de roca que intenta crecer. Al borde, los viejos se sientan dejando las piernas sueltas, como los niños que sin duda un día fueron. Otros pescan con cañas larguísimas, mientras a sus pies las rocas de cemento se derrumban hacia el mar, deshechas. Mis pies apuntan a América. A la izquierda, se ve el acobardado puerto nuevo. Las barcas van y vienen. En recodos de corriente muerta, se reúnen desperdicios: una botella de plástico, un pedacito de red de pescar, un condón atado y con el semen aún dentro, cociéndose, una muñeca rota, una pala de hacer castillos de arena, una colchoneta desinflada y con forma de caimán.

Al otro lado de las rocas está la playa, bajo un sol enfurecido. La arena está fría y húmeda. Miramos las olas. Miro las olas, y ellas me devuelven la mirada. Son monstruos de espuma que parecen congelarse un momento antes de machacarse contra la orilla. Es ese lugar en donde solíamos gritar. Los bordes de las olas parecen tentáculos. Dejo la cámara y camino hacia la orilla. La pendiente frena solamente un poco las olas. Hay gente con los pies enterrados, esperando las olas a metros de distancia. En el fondo, somos cobardes, pero yo entierro mis pies y sonrío como un perturbado. En ese mismo lugar, mientras mi padre dormía, hace tantos años, mi madre y yo tuvimos la valentía de acercarnos mucho, y una ola nos devoró. Recuerdo esa sensación de olas rompiendo sobre nuestra espalda y nosotros arrastrándonos hacia esa espiral de aire espuma y arena y sal. Yo me recuerdo intentando salir desesperadamente, con la furia de la supervivencia, y el instinto de mi madre agarrándome del bañador e impidiéndomelo. Nos ayudó a salir una francesa, pero de eso yo no me acuerdo. Mi padre durmió todo el tiempo. No supo hasta más tarde lo cerca que estuvo de quedarse viudo y sin hijo. Ahora, mientras el resto más débil de las olas me agita las piernas, arrancando con cada embate arena de debajo de los pies, siento vértigo al saber que un crío estuvo metido en esa batalla. Y que salió.

SONY DSC

Eso tendría que demostrarme algo, pero no sé exactamente el qué. A mi lado hay una madre que le riñe a su hijo porque hace el tonto demasiado cerca de las olas. Hace el pino mientras la espuma llega. Entre la riña, fustigo el recuerdo.

SONY DSC

            Teleférico que es serpiente gemela

            Me parece tan triste ver a los vagones cruzarse sin llegar nunca a tocarse

            Como dos amantes que vuelven, casi, a reunirse

            Fruta dulce en las tiendas

            Y mientras el teleférico sube, sombrillas de colores

            Hamacas y gente en el mar, bañándose en la esquinita donde no hay peligro

            E incluso ahí las olas juegan con ellos, que son motas de polvo

            Al fondo distingo esa garganta negra que las impulsa

            Que las empuja como un sifón, un géiser violento

            Ese es el lugar en donde los surfistas se juegan la vida

Arriba hay una iglesia blanca que olvido. Resplandece la luz. También hay un tren chuchú cargado de jubilados cansados. Decenas de negocios de souvenirs, con atrapasueños fabricados con redes de pescar, conchas de moluscos, imanes patéticos (yo ya tengo el mío, ¿y tú?) y figuritas de faros.

SONY DSC

El suelo está hecho de adoquines blancos y negros, pero la tierra que nos conduce al faro es roja, muy roja. En esa carretera, rugen autobuses gigantescos y coches de lujo, algunos extravagantes y absurdos. Más allá del promontorio, veo una playa virgen llena de olas tranquilas y molinos eólicos. En el faro, huele a meados, allí donde unas escaleras de metal conducen casi al pie el mar. Cañas de pescar que esperan entre paquetes de cigarrillos y un condón usado, el aviso de que el suelo resbala, y una caída de decenas de metros. Alex mira el horizonte, yo miro la luz. noto la muerte en el aire, pero quizá es solo la violencia del mar.

Al fondo, un pequeño barco pesquero, agitándose.

SONY DSC

Asomarse al vacío y respirarlo y besarlo y hacerlo tuyo

El dueño de las posturas es un bar vintage con perros que ladran todo el tiempo. Nubes que parecen gasa se elevan e invaden el aire. De vuelta, casas feas y abandonadas, una torre que un día quiso ser obelisco pero que se cae a pedazos, perros acalorados que ni se molestan en seguir nuestros pasos, rotondas cargadas de sensualidad (y no me refiero a putas) y casas azules y un cielo de antenas. En un balcón, una mujer tiende la ropa con la mirada perdida.

            Juega el Celta en ese televisor

            Mi cerveza se evapora en el vaso de plástico

            Mientras el niñato del bar se aburre, con sueño

            Mientras en mis manos, Thoreau relata una dantesca batalla entre dos manadas de hormigas

            Las luces se van apagando, pero no queremos dormir

            Como las familias

            Ladran los perros cuando en la carretera los coches alargan la luz de sus faros

            En el suelo, o en el sueño, hay un escarabajo devorado

            Un extremeño habla demasiado en una salita vacía, diciendo tonterías

            Al subir la cremallera, nace el frío, y el cricri de los grillos

            El mundo es mío

SONY DSC

Anuncios

Un comentario en “Viaje a Portugal – Día 5

  1. Pingback: Viaje a Portugal – Día 6 | aullando

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s