Breve comentario sobre dos viajes futuros (pero seguros)

Hace unos días, releí con atención mis propias palabras al publicar el día 3 de mi Viaje a Portugal. Se trata de un fragmento en el que mi hermano y yo, marchando de Aveiro, hablamos de los viajes que nos gustaría hacer en la vida. De mi lado cayeron Islandia, la Sudamérica de Guevara y Granados, el Kumano Kodo, en Japón, la isla de Makatea, y me faltó citar el Transiberiano, cuyo trayecto de serpiente me fascina desde que hace años leí el En Siberia, de Colin Thubron. Por cierto, que lo de la isla de Makatea era una broma para molestar a mi hermano. De esa isla escribí, también hace tiempo: la única del Pacífico con ferrocarril. También era un poco broma la Sudamérica de Guevara y Granados, la de Diarios de motocicleta, por extinta. Y si soy sincero, a día de hoy, treinta y dos añazos, el único de esos destinos que he cumplido ha sido Islandia, que por cierto se salió del concepto de viaje, para convertirse en una larga experiencia vital. Todos los demás siguen esperando, y no lo hacen solos, sino acompañados de incorporaciones más o menos recientes, entre las que destacan los dos viajes futuros, pero seguros, que pueblan mis fantasías de caminante. El primero lo conocí tiempo después de viajar a Portugal, en 2013; mientras que el segundo lo imaginé por aquellos días, pero por alguna razón no lo incluí en la lista que le revelé a mi hermano. Pensar los viajes, y esto lo digo antes de revelarlos, tiene una capacidad catártica. Me ayudan a soportar la realidad cuando no me gusta, cuando me siento desaprovechado, o lánguido, o cuando el mundo, directamente, me parece una gran mierda frívola, hipócrita y cruel. Pensar los viajes, en esos momentos, ofrecen una utopía, una vía de escape. En cierto modo, como escribir, que son dos actividades que se unen muy fácilmente (¿cuántos viajeros tomando notas en sus libretas?). Con el paso del tiempo, mi espíritu me ha ido empujando cada vez más hacia los viajes lentos, los que se hacen a pie. Me gusta andar, cuando uno anda ve el mundo diferente, piensa diferente. Caminando, la percepción se agiganta, gana en detalles. Nada más desagradable, por el contrario, que viajar en avión. Quizá por ello, estos dos viajes futuros se hacen caminando: la Transpirenaica y la Aragonesa© (este copyright es broma). El primero, la Transpirenaica, o GR11, viaja desde Euskal Herria hasta el Mediterráneo atravesando los Pirineos en unas 44 jornadas, ahí es nada. Mientras esbozaba este texto, me resultaba curioso que siempre me la imaginase empezando en Euskadi y acabando en Catalunya, pero había un componente emocional que había obviado, y es que la ruta empieza en el mismo sitio que el Camino del Norte, que tuve la suerte de realizar a finales de 2015. Ese tocarse de los dos caminos me parece fascinante, y es un tocamiento doble, pues fue en el transcurso del Camino del Norte cuando me enteré de la existencia de la Transpirenaica, del que me habló Jordi, un catalán de melena que hizo parte del camino con nosotros hasta que le perdimos la pista el día antes de llegar a Compostela. Seguramente no vuelva a verle más, pero me dejó de regalo no sólo las experiencias vividas, sino también la revelación de esta ruta. De eso tratan los caminos, en el fondo. Imagino muchas veces los valles cerrados, los refugios de montaña, los ríos e ibones, las cimas nevadas, las terribles pendientes, las distancias y los desniveles, las seis semanas que de media ha de durar la ruta. Y en este imaginar, salivo de pura excitación. Lo digo en algún momento de los textos que componen el Viaje a Portugal: viajar me pone. Siguiendo con las excitaciones, es curioso que también la segunda ruta de la que quiero hablar, la Aragonesa, también se toque con la Transpirenaica. Esta, puramente imaginada por mí en el tedio angustioso del final de una tesis, en 2013, nace con vocación de escape mental, y planeé llevarlo a cabo ese mismo verano, pero por unas o por otras, el viaje no maduró y jamás lo hice, aunque conserve el deseo (y algunas notas). De sur a norte, empieza en Teruel, que quizá exista o quizá no (aunque yo me incline por el sí), y asciende hacia el norte para terminar en la Estación Internacional de Canfranc (por donde también pasa la Transpirenaica en su décima etapa). Me atrae la España vacía, la España en ruinas, los páramos y océanos de polvo, los pueblos abandonados o casi vacíos, la abstracción cultural y transparencia en la que se van sumiendo tantas provincias del estado. Ya sé que esta ruta imaginada peca de inocencia y romanticismo, acaso la misma cosa bajo diferentes nombres, pero bebe de las historias que me imagino en esos caminos baldíos y que atraviesan poblaciones dormidas con nombres estrambóticos: Torremocha de Jiloca, Ojos Negros, Lechago, Encinacorba, Ontinar de Salz, Ayorbe; y bebe también de la Estación de Canfranc, un espacio de mágico abandono habitado por historias de nazis y espías, de oro y guerra. Es un espacio de frontera, igual que la mismísima Transpirenaica, que parece colgar del alambre entre la Península y el resto de Europa. La forma en que mis viajes se tocan, se rozan, se combinan, se llaman, se predicen, y me envían guiños, eliminan de forma automática preocupaciones como el dinero o el tiempo. Cuando uno imagina con tanta fuerza, el mundo conspira. Voy tatuándome este texto, para no lamentarme del cansancio cuando mis pies estén, de nuevo, en el camino.

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