Adoquines (las calles en las que viví) – VII

García Prieto 32

No escogí esta calle, en el barrio de los locos de Compostela, al otro lado de la vena abierta de Romero Donallo, en lugar donde el Santiago de los estudiantes terminaba. Escogieron por mí, pero es verdad que llegué allí con la mochila bien cargada. Significaba lo que significaba. Escuchaba Transiberiano, de Lori Meyers, para intentar aplacar la culpa de mis comportamientos infantiles. Apenas recuerdo aquel piso, pero sí que allí conocí a uno de mis grandes amores literarios: Cormac McCarthy. Mi amigo Eloy me regaló el librito de La carretera, que yo miré con suspicacia, en tierra de nadie tras haber roto con la ciencia-ficción un año atrás. Lo devoré una vez, luego otra. Incapaz de creerme la maravilla. Había en ese piso un chinero de madera oscura en el saloncito, que fue lo primero que fotografié con el capricho de un primer sueldo, una réflex sony que significaba dar un paso adelante hacia otra de mis filias, la fotografía. En el sofá de aquel mismo saloncito se planificó un viaje a Londres, que parecía Eldorado y que me hacía sentir como jugando a ser mayor. El barrio tenía un rumor tranquilo, y más que locos, lo que había era iluminados. Lejos del bullicio turístico, aquí sobrevivían familias nuevas y ancianos apacibles, que se sentaban en los bancos y las puertas de las casas cuando caía la tarde, en primavera y verano, y que el resto del año desaparecían. Como si hibernasen.

Pisa los otros adoquines.

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