Un sueño dentro de un sueño

Me desperté de un sueño bellísimo y espeluznante, en el que estaba sentado en este mismo sofá, en mi estudio íntimo y tranquilo, a sur del centro de la ciudad, escuchando Balmorhea, su disco River arms. Escribía notitas en una libreta, deslavazadas y, francamente, poco útiles para cualquiera que no sea yo, notitas que persiguen, habitualmente, la única pretensión de mi propio placer, la satisfacción de vivir momentos de plenitud. De esos, por cierto, tengo bastantes conforme la luz de este norte decae y la realidad se puebla de oscuridad. La nieve depositándose sobre el asfalto, o el sonido de la ventisca. Ventisca, qué bella palabra. Acostumbro a disponer de una amplia paleta de palabras preferidas, independientemente de su significado. En el sueño, afuera de mi pequeño mundo soplaba la galerna y las avionetas aterrizaban o despegaban con dificultad del pequeño aeropuerto doméstico. También se escuchaba, de tanto en tanto, el aturuxo perdido de algún estudiante borracho. Y bajo la farola, frente a la ventana, ese hombre mirándome, como cada noche. Siempre sin decirme nada, mirando y con un pitillo en la mano derecha que a veces se lleva a la boca, una calada corta, algo ansiosa. Procura, el hombre, llamar mi atención, pero yo suelo ignorarle, y finalmente termina marchándose, perdido entre los coches aparcados al rozar la medianoche, que es cuando se apagan los ruidos de la ciudad y la página en blanco me asusta lo suficiente como para dejarlo todo y meterme en cama con un libro. En el sueño, en cambio, yo seguí en el sofá, abandonando la libreta de notas y sumergiéndome en el absorbente Voces de Chernóbil, que contaba sobre un tema que me interesa mucho, supongo que en parte por esa mórbida necesidad humana de imaginar su propio fin, que no acaba de llegar nunca, y ese nunca me empuja siempre a una escena de Matrix en la que se explica que vivimos en una elaborada simulación que no se mueve. Es una metáfora de la historia que da vueltas sobre sí misma, que habla de la lentitud exasperante a la que transcurren los cambios sociales en comparación con la vida humana. Son escenas repetidas mil veces con ínfimas variaciones que logran hacernos pensar que todo es diferente e irrepetible. Único. Los testimonios de Aleksievich sobre aquel triste suceso de la historia humana me hacían apartar la mirada de tanto en tanto, echándole un vistazo al hombre, para luego regresar a las páginas. Un apartar la mirada porque no lo puedes soportar, pero al mismo tiempo, una necesidad sádica de continuar. Me pasa lo mismo con Boys don´t cry, y también, relacionado con Chernóbil, con Radiofobia, un documental minúsculo pero que permite pasear una Pripiat espectral. Esto es relevante, pues en el sueño me quedaba dormido, con el libro en las manos, y penetraba en un sueño dentro del sueño, en que me veía caminando por las mismas calles infestadas de maleza tóxica, de recuerdos de un tiempo completamente huido, hecho de ventanas rotas, armarios vacíos, libros quemados, puertas usadas como mortuorios. Las calles, barridas por un viento radioactivo que me hacían pensar en Stalker, de Tarkovsky, que a pesar de todo, fue grabada siete años antes del desastre de la central nuclear más famosa de la historia. Dentro del sueño del sueño, ese yo superpuesto se arrastraba por las calles, con una mochila llena de comida y agua, y entraba en un bloque comunista cualquiera, subía las escaleras llenas de cadáveres de insectos, y penetraba en un piso. Se instalaba en la primera habitación que encontraba, a mano izquierda. Las vistas de la ventana rota mostraban el perfil del viejo parque de atracciones de la ciudad, invadido por árboles jóvenes y deformes. Y allí, ante un escritorio cubierto de polvo tóxico, ese yo empezó a escribir historias, la imaginación inflamada por el exceso de cesio o de polonio o de estrellas en el cielo, que iluminaban un pueblo a oscuras, en cuyas calles maullaban gatos abandonados mientras jaurías de perros contemplaban atónitos las lastimeras llamadas de unos animales que, un día, no hacía tanto tiempo, habían sido la vívida representación de la indiferencia. La primera historia hablaba de un pueblo que, siglos más tarde, ocupaba ese mismo lugar, y a una madre que, vestida con su bata de casa y un aspecto que más bien recordaba a personajes femeninos de cuento de Ray Bradbury, veía marchar a sus hijos a vivir esas aventuras de infancia que son vividas como odiseas aunque no se trate más que de pequeñas andainas febriles, aunque lo que más me interesaba de la historia era esa madre que se quedaba al pie, en el umbral de la puerta de una choza fabricada con planchas de uralitas viejas, se quedaba allí gritándoles que por nada del mundo debían acercarse al viejo sarcófago, una estructura medio derruida que, ella lo sabía, era precisamente el único objetivo de sus vástagos, la pretérita adicción a lo prohibido. Los muchachos jugaban precisamente en las estancias adyacentes al sarcófago, disfrutando del sabor raro del aire, que los rayos de luz hacían chispear. También desafiaban la gravedad, inspirados en el viejo cuento de un anciano demente, y regresaban a casa muchas horas más tarde, el pelo lleno de motas de luz encendidas por los átomos radioactivos. Aquella historia la inspiraba, y yo lo sabía, un viejo corto del universo Matrix que yo había visto años atrás, y también el Cántico de Leibowitz, una novelita de ciencia-ficción de los años setenta. Tras ese cuento, que mi mente quería nombrar La llamada, título horrendo, me embarqué el relato de un onírico fin del mundo. De nuevo, la morbidez. En el sueño, caminaba con mi hermano por una calle que era el centro de los acontecimientos del fin del mundo, y que tenía un algo de una de las pinturas de Thomas Cole. Entre los rascacielos brillantes corría el agua, las olas de un océano furioso por alguna razón desconocida. Se hacían trizas los cristales de las ventanas, caían los rascacielos, se erguían del suelo personas y coches y animales de compañía, y todo esto nosotros lo contemplábamos con ilógica excitación, desde las alturas de unas galerías improbables, como imaginadas por Escher, para luego emprender una divertida y espeluznante huida entre los restos, hasta alcanzar una carretera y un coche. Avanzando por esa lengua negra, la ausencia de gravedad de un planeta moribundo terminaba por elevarnos al cielo vacío, mientras boqueábamos en busca de aire, como peces fuera el agua, sabedores de la muerte pero aun así maravillados por la presencia de una energía extraña, sobrenatural, inmensa, que lo cubría todo, y que no tenía nombre. Cuartas y quintas fases, maravillas. El cuento se desvanecía ahí, justo en el clímax, justo antes de las explicaciones, era un cuento malísimo porque no aclaraba nada y se recreaba en la espectacularidad de lo descrito. Está en el cielo, quise llamarle, a lo que me negué en redondo. Esta tríada de cuentos inventados en el trascurso de un sueño dentro de un sueño, en la ciudad abandonada o fantástica de Pripiat, la contemplaba la misteriosa historia de la reencarnación de San Juan, el del Apocalipsis, en cuya mente yo me instalaba al estilo de Cómo ser John Malkovich. En ese extraño viaje narrativo, relaté la espectacular existencia del santo, y la serendípica manera en que acabó por encontrar un portal que permitía viajar en el tiempo. incapaz, por pura inexperiencia, de manipular los mandos de una colosal máquina cósmica, incorpórea, el pobre San Juan acababa en el Chernóbil de 1986, muy cerquita de ese mismo lugar en donde yo escribía el cuento en un sueño dentro de un sueño. Era el mismo día en que el reactor número 3 reventaba y ponía en vilo a la Humanidad entera. Ocurría que los milicianos arrestaban a los habitantes de las pueblos y las aldeas, para ponernos a salvo, mientras se mentaba en los medios públicos soviéticos la mano de las potencias capitalistas en la desgracia. También, decenas de soldados eran enviados a la muerte para intentar apagar las brasas radioactivas del reactor. Entre todo esto, San Juan vagaba, contemplando la desolación, medio invisible entre los árboles, como un fantasma, mirando. A su regreso al mundo antiguo, que se produjo casi de forma mágica, Juan de Patmos, que así era como en realidad se llamaba, escribió a su vez sobre el desastre presenciado, y al suponer que formaba parte del fin del mundo, sin género alguno de dudas, pobló su relato de símbolos que eran pistas para interpretar, la menos escurridiza, la de que todo había de comenzar en la tierra del ajenjo. Que era, precisamente, lo que significaba Chernóbil en un idioma futuro: ajenjo. Cuando terminé de escribir esas tres historias, guardé los manuscritos en la mochila, y ese yo que vivió un tiempo en Pripiat, salió de nuevo a las calles y caminó satisfecho y tranquilo con las manos en los bolsillos, al modo de los sabios. En algún momento durante el paseo, desperté al sofá, asustado por lo vívido de las visiones, y de ese sueño también terminé por despertar, encontrándome delante de un teclado aporreado, con las historias escritas y una marca de estrella en mi mano derecha, fabricada con la presión de los pendientes de mis orejas, una marca que con el paso de los minutos fue desapareciendo, como el mismo efecto de los sueños. Y como todo lo contenido en el universo, que es efímero, leve, y transitorio.

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