Viaje a Portugal – Día 6

(entra en la etapa anterior, Día 5)

día 6: Nazaré – Peniche

Hace frío al amanecer en el camping. Desmontamos la tienda por última vez. Es su vida, un ir y venir de desnudarse y vestirse. Existir y morir. Su vida y la nuestra. Echamos a andar hacia Valado. Me entero que la madre de Celia está bien. Angrois siempre pendiendo sobre nosotros, pero más apagado. Como se apagan las tragedias que ocurren en este mundo donde todo va a una velocidad obscena. El sol sube, mi corazón se enciende. Soy tan hipócrita que creo que la gente buena merece felicidad. Cosas incurables. Ya lo decía Ferreiro.

Óbidos es una estación en medio de la nada. Vías rectas e infinitas, un cosmos oxidado en donde la brizna de hierba es una llamada de esperanza. Una familia de tres niños muy rubios y un carrito de bebé. La cuesta que enfrentamos es imposible bajo nuestros pies. El sol quema, realmente quema, y sobre las vías, parecemos carne a la brasa. Sobre el promontorio, una gran torre que vigila cultivos de hojas verdes muy brillante. Es otro pezón sobre la llanura. El mundo, a veces, parece un gran sexo.

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Óbidos y una verja cerrada, y paredes de roca que arrojan una sombra húmeda y deliciosa, al otro lado coches aparcados, y el barullo de turistas, mezclado con el rumor del aire bajo las hojas. A nuestros ojos, uno de los lugares más pintorescos del viaje. óbidos. Hay algo extraño en la palabra. Se parece a olvido. Y a óbito, a muerte. Y a óbice, obstáculo. Óbidos, óbito, óbice.

Los turistas como hormigas, salidos de las entrañas de la tierra. Disparando luz aunque el cielo arda. Las casas están encajadas unas sobre la otras, entre adoquines y geranios, vid y hierba. Cruces templarias, el castillo, muchos gatos. Tantos gatos en Portugal. Filtrando energía. Quizá por eso los portugueses sonrían tanto.

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Nuestros pasos en las calles, el sudor. Bajo una gran encina, Alex se sienta mientras yo doy la vuelta a la muralla. Todos somos monos. Rodeo la ciudadela asomándome al abismo, que por momentos me da vértigo. Desde arriba, llanuras verdes y amarillentas, un edificio extraño y solitario en la distancia. Un acueducto, también, que emerge de la muralla y corre hacia el horizonte, en donde la distancia se lo traga. La posibilidad de caer y matarse es palpable, me anima. Algún filósofo, quizá Nietzsche, quién sabe, dijo que La muerte demuestra la existencia del alma.

La libertad es el riesgo de morir y la despreocupación por el riesgo de morir.

Hay maleducados que se cruzan conmigo y ni siquiera dudan en pegarse a la parte protegida de la muralla, empujándome hacia el borde y la muerte. Piensan que debo cederles el paso por alguna norma no escrita. Son ingleses, alemanes. Imbéciles. La muralla sube y bajo, gira al tropezarse con el tejado de una casa vieja, o de un falso claustro. Es una aventura, abajo el bullicio de los turistas. Aquí arriba no todos se atreven. A lo lejos, sobre el horizonte, a veces, la tierra se vuelve sangre. Un chorro de fertilidad. En una terraza de baldosas rojas, un cactus casi muerto en una maceta. Una mujer de pelo naranja lee tras sus gafas, con la parte de arriba de un bikini en torno a su piel blanca, y unos shorts. Tiene algo en la boca. Me gustaría que me viese pasar y alzase la mano, saludándome, como en una película, una de esas algo insustanciales y contemplativas en veranos sin fin. Como En un rincón de la Toscana. Y yo girando alrededor de la ciudad. Abajo, turistas tirando fotos. También yo lo hago, pero me creo diferente. Como si el impulso artístico tras mi mano me diferenciase de ellos. Pero es mentira. No seas engreído, pienso.

A lo lejos, un molino, que mira la distancia como yo, intentando llenarse de algo.

Monodosis de cubalibres en el techo del bar. Pintura erótica. Una botella roja de oporto. El dueño está muy gordo y su piel es porcina. Por lo demás, afuera hay muchos puertos de artesanía. También una librería-biblioteca, y tiendas de chocolate. Un puesto asombroso de choco-kebabs. Una latita de aceite virgen. Se filtra la luz ámbar en el interior de las tiendas, en cuyas puertas descansan mujeres con delantales de cuadros. Cascadas de geranios en los balcones negros. Y, ¿es eso un gorrión que sonríe?

Luego, todo languidece mientras salimos hacia la parada de bus. El chocolate seductor. El bus, que llega al rato, se parece al de las películas, sucios, destartalados, inconsistentes. Pero por dentro es como cualquier otro. Las apariencias, a veces, engañan. Pero sólo a veces.

            Peniche encerrado en murallas

            Peniche con el mar alrededor

            Peniche y su fortaleza de espíritus torturados

            Peniche el surf

            Peniche de niños perdidos buscando hostel

            Peniche de largas y estrechas calles de pescadores

            Peniche y arrabales

            Peniche confunde

            Peniche de perros ante las puertas

            Peniche en donde las miradas asesinan

            Peniche poliédrico y yo orientándome, y girando y girando

            Peniche y el hambre lobuna y el olor a comida en las cocinas pobres

            Peniche el turismo y la bella chica de turismo con su bigote

            Peniche el caos

            Peniche un Lidl

            Peniche desesperado

            Peniche al borde del mar

            Peniche las rocas

            Peniche y mis hombros encogidos

            Peniche y esa chispa

            Peniche West Hostel

Waldo es una sílfide. Afilado y de barba rala, dientes grandes. Nos enseña su hostel, que no admite mejora. Hay un mapa con chinchetas, también un ordenador. Surferos entrando y saliendo. Neoprenos secándose. Una salita exterior, una cocina. Habitaciones de literas, en donde ilustraciones increíbles vigilan a los huéspedes.

Nos lo explica todo en inglés.

Waldo es de Oporto, y le encanta que seamos gallegos. Nos cuenta que el West Hostel es un proyecto educativo para la creación de un albergue, y que como salió bien, sigue en funcionamiento. Hay sillones fabricados con palés, mesas viejas de metal restauradas, firmas en las paredes. Todo ha sido reutilizado.

West hostel es Peniche, capital mundial del surf. Se respira sal.

En nuestra habitación, la ilustración es una anciana pescadora que sonríe enigmática y nos mira como si supiera nuestros secretos. Frente a la cama. Me parece que es una bruja. Una sabia.

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Nos comemos una pizza lamentable entre macarras borrachos y proyectos de punkis. El té nos reaviva un poco. Allí donde Salazar cometía sus tropelías de dictador, hay puestos de feria y atracciones y coches eléctricos y una gravilla que dificulta el andar. Es aire de verbena: música electrónica y gitanos. En esa vieja cárcel, que por ser lunes está cerrada, suena lo que nunca sonó en los oídos torturados, la libertad. Y a su alrededor, aficionados a la pesca saltan los muros buscando un buen sitio para sus cañas. En la marea baja, y entre las algas, quizá haya fantasmas…

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Abandonamos la ciudad por un campo de hierba artificial, y saltando una explanada de coches aparcados y un puentecito de cemento, dejando atrás las industrias conserveras en donde huele a azufre y fosfato, en donde las gaviotas cagan sobre conchas de mejillón. Muchas gaviotas, tantas. En lugar de gatos.

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Supertubos es una playa famosa, larga y en curva como una media luna, de tibias aguas azul turquesa. Me meto en el agua con los niños que juegan entre las olas, que son pequeñas pero curvadas como un cilindro abierto. El pecho plano me impulsa. No sé por qué Alex no quiere bañarse. Él hace fotos. Luego, yo me hago con la cámara y me meto en el agua, sintiendo el riesgo de que se me caiga al agua. El riesgo, pero, ¿qué más da? ¿Y si me la roban mañana? ¿Y si se me rompe, también mañana, mañana mismo? ¿Merece la pena pagar el precio del riesgo?

Se le moja el objetivo, y los botones, la giro un montón de veces cerca del agua. Es como una despedida

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A todo lo largo de la playa, hay mujeres muertas sobre sus toallas, muchas tetas, y culos y bigotes y calvas, niños haciendo castillos y casas de hobbits, edificaciones imposibles. Un hombre fumándose un pitillo, dos surferos en las olas y mi cámara disparando sobre ellos, perfectos con el sol por detrás, perfectos deslizándose en las olas sin fuerza y dibujando espirales.

Todo es calma. Nos tomamos una coca-cola bien fría en una terraza de madera. El Sol. Los muertos ya están quedando atrás, la luz invade nuestros días. Eso es viajar, cambiar de color, de piel, de intensidad. De vida.

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            Dos pelícanos que cruzan el cielo de asfalto sucio de arena roja

            En el suelo en forma de césped, una trampa de agua

            El istmo es esa palabra imposible

            Como las catedrales de arenas erguidas y tiznadas de hierba y juncos

            Un dálmata juega a comerse arena fría

            Es un devórame otra vez

            Mientras tanto, el cielo arde en mariposas de plástico

            Y Baleal, a lo lejos, vomita piedras y barcas

            Es curioso que cierro los ojos y vuelve a mí el olor del mar y del calor

            Perfecto

Qué raros son los supermercados en Portugal, pienso, mientras pita la alarma a causa de este chaleco de Decathlon cuya etiqueta nunca corto. Compramos fruta y pizzas. Fruta, por dios, un poco de fruta, y luego visitamos la estación de bus, ubicada entre naves industriales abandonadas. Como si fuera Marruecos. Allí dormita una caravana solitaria en medio de la nada, y un padre en su silla con los niños correteando junto a las aguas sucias. Es un desierto. Y es amor.

Alex se queda en el hostel, yo salgo. PAPOA.

PAPOA es indescriptible, mis dedos intentan lo que sé que no puede ser. PAPOA, PAPOA.

            Casi una isla

            Espíritus que buscan soledad pasean por caminos de tierra, entre miradas cansadas de casas encerradas en empalizadas de hierba seca

            En una colonia de caravanas, suenan gaitas de gallegos alegres

            Como yo, que pienso en cómo será tener una caravana, así de increíble

            Montes rojos de escaleras encajadas, el hombre se cree un artesano

            Gólems

           En las calas hay restos de madera entre grandes rocas pulidas por los temporales, y en su sombra yo quiero bajar y embadurnarme de la violencia

            Mientras arriba, aún en la luz, filamentos con pompones restañan la luz dorada

            Hay recursos líricos que no se necesitan: esos acantilados recortados y sus ruinas

         Y allí donde los dorados se funden, un galeón que transita delante del perfil de las Berlengas

            Quizá fue mi sueño mirar otro tiempo

            Pienso mientras un pescador de caña infinita alza y lanza, alza y lanza, no le importa pescar, ¿por qué habría de importarle?

            Qué fácil es enamorarse: mira esos dos, que se persiguen los pasos en el aire caliente

            Me hago el árbol, y sonrío como hace tiempo que no sonreía

            Mi corazón empieza a hacer yoga

            Y ese 1%, me anima, porque es maravilloso a pesar de que mi habilidad sea tan precaria

            Hari om

A la vuelta, me persigue un perro mientras el cielo se ennegrece, como cartón húmedo. No quiere devorarme, sólo hablar. Compro cervezas en el Lidl, y en el hostel, me encuentro a mi hermano viendo el fútbol en una salita. Juega España. O alguien. Afuera, en la terraza, la sal seca los neoprenos y yo le pregunto que por qué no está fuera, y él se encoge de hombros. Pongo las pizzas a calentar.

A mí me da miedo la gente. Y los grupos de extraños. Hasta que saco el cuchillo y corto la piedra en dos, y me meto dentro. No es un mérito, es una heroicidad. Arrastro afuera las pizzas y nos sentamos. En el fondo, es tan fácil como preguntar si alguien quiere un pedazo, y ninguno quiere, pero todos miran, se giran ligeramente para abrir el grupo, que antes parecía cerrado. Y ahora, resulta que ya estamos dentro de ese círculo.

Qué difícil es esto tan fácil.

En el grupo hay dos mujeres rubias que parecen gemelas y son de Quebec; dos alemanes que hicieron un Erasmus en Sevilla; otra mujer que también parece de Quebec pero no dice nada; y Waldo. Se habla de lenguas, que de dónde viene el gallego, o el euskera, las diferencias lingüísticas entre el alemán de Berlín, de Munich, de Berna, de Salzburgo. Del inglés como lengua vehicular. Una de las quebequenses saca una botella de licor, de ese licor de cereza que estamos viendo por todas partes los últimos días, que se llama ginja y se pronuncia yinya. Bebemos a chupitos, y brindamos. En la pared, escribo una frase que luego olvido

Waldo cuenta la historia de cómo el gallego dio origen al portugués, de la lusofonía y de que puede comprender el gallego perfectamente. Yo voy sintiéndome cosmopolita, qué ridiculez. Luego los alemanes cambian al fútbol, y al castellano, que quieren practicar. A Alex le va mejor, debe tenerle miedo al inglés, como yo, sólo que yo perdí la vergüenza en alguna parte y no soy capaz de encontrarla, vive dios. Las de Quebec se van, y todo se alarga hasta que la noche es muy noche y Venus se fue.

Al final, Waldo dice que tiene que cerrar. Que luego le riñen los vecinos, y nos despedimos. Menos de Waldo, porque supongo que le veré por la mañana…

Me meto en cama embriagado por la alegría. La vieja nos mira. Sí, creo que es una bruja. Y que su hechizo nos duró todo el día.

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Un comentario en “Viaje a Portugal – Día 6

  1. Pingback: Viaje a Portugal – Día 7 | aullando

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