Escena del 21 de octubre

El anciano se mira las rodillas sentado sobre el banco de madera. Imagino que su barriga deforme contiene una pelota de Nivea. Frente a él no hay horizonte, solo las taquillas del vestuario de la piscina de Vesturbaer. Le he visto otras veces, así que sé que tratará de hablarme. Que, de hecho, espera a cualquiera con quien poder hablar un minuto. Algo en su rostro es de cine: una deformidad en sus labios, en sus ojeras hinchadas, en sus ojos apagados. Quizá no sea nada, solo que el tiempo nos deforma a todos y no hay mucho que podamos hacer al respecto. Sin escapatoria posible, le veo girar la cabeza hacia mí y sonreírme, algo ido y estrábico. Me dice, en islandés, algo sobre las piscinas, pero no entiendo y no me queda otro remedio que responder a su sonrisa con la mía, y murmurar un tembloroso y paradójico Ekki islenska (paradójico porque le estoy diciendo en islandés que no hablo islandés). Pero para él eso no representa un obstáculo, todo lo contrario. Con en el particular tono del inglés de los islandeses, me dice que ya ha terminado su jornada en la piscina. Pienso un instante en lo difícil, por no decir imposible, que sería encontrar en Galicia a un anciano que hable inglés. Este, que supera los setenta de largo, me atraviesa con su mirada y pregunta de dónde vengo. De España, respondo. Quizá no sepa gran cosa de España, así que sale por la tangente y me cuenta que una vez estuvo trabajando en Estados Unidos, cortando madera. ¿Dónde, exactamente?, le pregunto. En la costa Oeste, Oregón. ¿Bonito? Mucho, mucho, responde, y cae en sus recuerdos. Aquí es donde muere la conversación, y le veo mover los labios sin decir nada mientras yo ya me visto, mucho más rápido que él, como si tuviese prisa, aunque en realidad no la tengo. Él tampoco: le sobra el tiempo. Ya listo para irme, me fijo en que continúa en la misma postura, esperando a otros bañistas, quizá con la esperanza de que sean islandeses y así pueda intercambiar unas frases con ellos. La soledad de los ancianos. La soledad de todos nosotros, en realidad. Al irme le digo Hasta mañana, en islandés, y por un momento se le ilumina el rostro y responde que Sí, sí, hasta mañana, agitando la mano como si no fuese más que una bandera ajada al viento.

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