Adoquines (las calles en las que viví) – IX

Espiñeira 4

Sombras en la caída de un sol esquivo. Omnipotente invierno, odre de lágrimas. En una repisa llena de macetas, punteo de polvo y tierra. En otra, un buda y un timelapse en una mañana de lluvia. Había, en el centro de ese apartamento, una gran poza en medio del bosque de mi pecho. Pitágoras dice, La felicidad es saber unir el fin con un principio, y en estas paredes se acabó un largo ciclo potencialmente teñible con tantos colores como un pantone definitivo. No voy a hablar de eso porque no soy Knausgard. Quedan para eso los cuentos en donde asesinaba y hablaba de cáscaras vacías. Quedan los discos de Sigur Rós, Sabina y El cielo, de Dredg. Había un letrero vertical que se veía desde la ventana, el del hotel Hesperia. De esas ventanas sin repisa se precipitó un Siam aventurero e imprudente, paracaidista sin paracaídas. Al llegar al suelo se reventó las costillas y sus pulmones devoraron su propia sangre. Al verle agonizar, lloré como nunca más he vuelto a llorar, y Joan se sintió culpable y rezó para que el gato no muriera, pero la culpa no era de nadie. Jonsi era un aliado en esas paredes donde se me agarrotaba la garganta. Tardé muchos meses en comprender por qué el gato se comportaba raro en aquella habitación en la que luego habría de habitar meses oscuros y lluviosos, en los que me vestía de forma estrafalaria y permitía que la tesis me devorase mientras María se enfriaba en Londres: era un espíritu perverso contra el cual yo batallaba con amatistas y péndulos, con incienso y pastillas, sal y ronroneos de gato. Qué hubiera sido de mí, amigo Siam, sin tu compañía insolente. Sus ronroneos curaban mi ansiedad, sentándose en mi pecho; y mi resaca, alargado tumbado contra mi estómago. Aquí publiqué con unos amigos un libro de cuentos, y fui a presentaciones, recibí también un día la llamada más incómoda que recuerdo, tuve sentimientos de pérdida y ganancia, acabé una tesis disimulando que era merecedor de elogios. Y es curioso que, aunque fui el último en cerrar la puerta de esa casa, perdiendo las fotos de sus espacios vacíos, con el gato en el regazo y mi padre esperando abajo con el motor encendido, no recuerdo ahora todas aquellas angustias más que de forma solaz, distraída y metaliteraria, con un matiz de melancolía y agradecido por la intensidad. Que a la rosa jamás le quitarán la belleza a causa de sus espinas.

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