Viaje a Portugal – Día 7

(revisa el día 6 aquí)

Día 7: Peniche – Lisboa

Madrugón estelar, con pérdida del desayuno gratis que nos ofrecía el albergue. No vemos a Waldo, para despedirnos, y me siento culpable. Afuera, el aire frío, la energía. Espera el bus, que vuela.

                El sueño en el aire, dentro, escondido, el viaje

                Hay una luz brillante que lo inunda todo

                Mientras los grados caen por las colinas de Eolos

                                Que son gigantes

                Los montes, cajitas replicadas

                En los puentes inhumanos, noto que sobrevolamos el mundo

LISBOA: inmensa capital sucia fluvial fronteriza urbana mística negra amada decadente bohemia rotunda drogada luminosa sudada.

 SONY DSC

La veo al abrir los ojos: bloques de edificios sucios de polvo, estadios de fútbol brillantes como moscas en la mierda. Palpo el estrés en esos coches que rodean el bus como rémoras desquiciadas. El aire es amarillo, denso. Hay niebla.

No me gusta volver a las ciudades cuando llevo unos días en los pueblos.

Primero, tenemos una pelea con la máquina de expender billetes de metro. Luego, en las escaleras mecánicas, gente corriendo, hojas de cristal que se abren y se cierran, válvulas de un sistema digestivo dantesco y colosal. Negros y negras, criollos, blancos. Huele a imperialismo, y a carne.

Conseguimos encontrar la línea correcta. En una cinta transportadora, un hombre despide a su novia ciega, que echa a andar resuelta mientras él la mira, preocupado, y no parece tener motivos porque ella es ligera y realmente, ve. Dos pares de ojos que brillan, sonrisas asomadas. Finalmente, también él echa a andar, girándose un par de veces antes de perderla de vista. Una escena deliciosa y tierna.

Tantos ríos de personas. Recuerdo ese mezcal en las canciones de Dorian. Con Dorian me enamoré de México y de esas noches alucinadas que nunca viví.

Lisboa murmura mientras vamos a Sintra, rodeados de torres altísimas, gravilla, grafitis y negros. Hay mucho cemento, y esos negros, que me siguen sorprendiendo por sus dientes tan blancos y los ojos infinitamente cargados de nostalgia. El portugués suena musical y cerrado, africano. Suena bien. Todas las lenguas suenan bien si se hablan con honestidad.

Opulencia en Sintra, en lugar donde los burgueses se creyeron reyes. También, mareas de turistas, grúas y aroma a fiesta de postín, palacios restaurados. Calor y taxis, polvos inoportunos en salas grandilocuentes, ríos de cocaína. También suvenires. La Historia, toda, reconvertida y reducida sobre un imán o una postal. Ese es el tiempo que vivimos.

 SONY DSC

Tomamos un desayuno en un sitio pequeño, aséptico y caro. Desaparecieron los dignos pueblos pequeños con precios de risa. El bocadillo de salmón y queso está bueno, pero el chá verde es insulso, agua chirla. Suspiro.

Me resuena Pumuky en los oídos, porque es por ellos que estamos aquí. Su Quinta da Regaleira grita y susurra al mismo tiempo, fuera de sí. Hace mucho calor y el camino sube inacabable entre mares de árboles, moviéndose como algas y dibujando formas asimétricas sobre el asfalto. Muros y plataneros. Alex decide quedarse abajo, cansado y con las piernas doloridas. Me gustaría pensar que necesita más ejercicio, pero a mí también me duelen y podría aplicarme el mismo cuento. La fácil moralina. La mochila resuena en mi espalda, fluyen a mi alrededor microbuses y trenecitos y taxis y coches, y yo soy el único que sube andando. Miento, a mi lado, una mujer bajita que apura. Pronto mi camiseta está empapada, todas las toxinas se evaporan al aire. Y ese sí que es un aroma glorioso y de pérdida.

 SONY DSC

Me gusta notar que me disuelvo por estar demasiado concentrado.

Por cierto, que en Portugal no indican. Nunca. Y si lo hacen, suele confundir. Libertarios de la señalización, una cuesta adoquinada se estrecha y me lleva a la entrada del castillo. Paso el umbral de un portal. Suspiro, agotado, y doy vuelta, descendiendo de nuevo. Juro, es decir, me cago en las divinidades, sin duda culpables de la situación. Me siento a la sombra un momento al lado de una especie de centro cultural, giro en otra dirección al rato, internándome entre calles, y finalmente, encuentro una oficina de turismo.

La mujer tiene acento cubano. Cariño, vendo todas las entradas menos las de la quinta da regaleira, mi niño, tienes que ir en esa otra dirección (señalando en un mapa), y ahí está mi hermanita vendiendo las entradas, verás que linda que es, dale un beso de mi parte, mi amor.

Y yo que camino y vuelvo a perderme, una vez, dos veces. Desquiciado, en una aglomeración absurda de casas de buena familia, decido mandar a la Quinta a la mierda y volver, y justo entonces aparece una señal inequívoca. Milagro. Cinco minutos, dice. Pero son diez.

El palacio luce convencional, y no quiero entrar, porque es tarde. Pago y entro. Alex ya lleva tiempo esperando, y no quiero que esté tanto tiempo ahí tirado, así que apuro. Los jardines recuerdan al Parc Güell: guarida de artistas, putas y japoneses. Lagartos de colores. Cuánta fe. Hay matorrales y árboles en terrazas y pasadizos y fuentes y figuras oníricas. Grutas. Me meto en una, dentro hace fresco, primero, luego frío. Gotea el mundo, luz naranja en el suelo como si estuviese dentro de un río de lava.

 SONY DSC

Al fondo, una estrella de picos. Estoy al fondo de un pozo alquímico, y subo por las escaleras girando alrededor del chorro de luz. Es un viaje iniciático que hago al revés, de infierno al cielo. Arriba, vuelvo a bajar, entre pies de turistas que solamente hacen fotos y descartan la humedad y el frío y la sensación de dar vueltas. Yo me estoy purificando. Dentro, fuera. Arriba, abajo.

SONY DSC

Entiendo a los de Pumuky. Todos somos luz y oscuridad. Pero sobre todo, luz.

No quiero irme. Subo de nuevo. Me meto en las grutas. Veo vírgenes, paso junto a charcas con cascadas. En un baño, vacío todos mis intestinos. Y vuelvo, porque no quiero irme, ya lo he dicho. Esta es la culminación del viaje, o eso creo. Destrucción y construcción. Atravieso una cascada y busco otros caminos. En una charca, tocones de piedra, me atrevo, no me atrevo. Tengo miedo por la cámara, lo cual es un guiño del destino, y si no, al tiempo. Un chico lo hace, para horror de su novia. También un niño rubio, que tropieza al final y cae al agua verde y opaca. Su madre se ríe, no le riñe, pero el niño está un poco impresionado. Free ticket next time, le digo, pero no me hace caso. Quizá no entiende, o quizá no haya tenido puta gracia.

SONY DSC

Paseo al sol, junto a las murallas. Alargo los instantes, hasta irme.

                Él me recita la historia de Portugal

                En la baranda de piedra, los negros venden baratijas

                Mientras los árboles escupen ruidosamente su hálito

                Cuero y mi mente atada

Alex se enfada porque la máquina de tren no le acepta el cambio y tiene que ir a una tienda a por monedas. En cuanto se va, me echo a reír.

En la avenida da Liberdade, estamos a 40 grados. Los árboles se comban, doblados por el calor. Hay coches de lujo y embajadas, trajes de Armani, zapatos de tacón. Detrás, calles de pobres, indigentes, putas, obreros. Rebuscamos una wifi por las aceras, siguiendo las sombras.

De camino, vemos un buffet nepalí, y una calle universal, larga pendiente de ruido, razas y orígenes, aspectos preocupantes para ojos impresionados. Cómo huele todo. La fachada del hotel está en ruinas o en obras, o quizá las dos cosas. Las escaleras son de hule y se inclinan peligrosamente. Todo es oscuro y estrecho.

¿Esto se llama Hostal Puenteareas?, me pregunto, o le pregunto al aire, o a Alex.

Timbramos, y nos recibe un rostro indonesio, vietnamita, tailandés, sonriente y extraño. ¿Servicial? Apenas habla portugués. Nos entendemos en inglés. La habitación es suficiente, está limpia y hay un hueco en donde antes hubo un plato de ducha. Pero no importa, es barato. Al hombre, le sigue un tipo pequeño que se parece a un hobbit y que nos da un vaso de agua porque estamos sudados como si viniésemos del desierto. Pero no habla.

El buffet está vacío y los rostros son oscuros y serios. Hay un enorme mapa de Nepal en la pared. Pido una cerveza nepalí. Al fondo, parte del restaurante está sumido en la penumbra. Comemos salsas mezcladas, cosas de dudoso origen impregnadas, arroz alargado al vapor, tortas de pan de cereales. Está delicioso. Pero en el baño encuentro una cucaracha.

 wp_005713

Al salir a la calle, nos reciben ardientes cuarenta y pico grados. Nuestros estómagos están llenos de comida picante. Mejillas inflamadas, dolor de cabeza de origen seguramente glutámico. Lo que nos faltaba era echar a andar, y esperar al 28 en una marquesina poblada de seres empequeñecidos por el sol. Somos uvas pasas. Me agobia haber comido tanto. Frente a nosotros, a la sombra de un tranvía parado, dos conductores charlan con chalecos amarillos. El cielo es pálido, atiborrado de antenas y tejados planos. En una galería, huele a meados.

Y luego el 28, con las ventanas abiertas y una jubilada de pelo blanco delante. Me siento un escritor en plena y arrogante experiencia vital.

La velocidad del tranvía me parece temeraria. En la Alfama, negros miran desafiantes y divertidos, en medio de una tormenta de luz. Son callejones llenos de basura, palés derribados, camisetas de asas y trencitas en cabezas afiladas (hago una foto de los negros confiado en la velocidad del tranvía, luego el tranvía se para y los negros me miran, y siento un miedo magníficamente realista; meto la cabeza dentro, rezo para que el tranvía avance).

SONY DSC

Como toda Portugal, paredes llenas de grafitis, miseria en las pendientes. Todos los besos tienen un algo de interruptus. La pobreza, me parece, fermenta. Luego de esa Alfama negra, viene otra más tranquila, con grupos de jubilados en los bancos o en patios o esquinas. Hablan de la vida, o de nada, parecen aburridos. Gente que va y viene. Se clama al amor, que tanta falta nos hace. Este debe ser el lugar perfecto para emborracharse y perderse y que te pongan una navaja en el cuello y te roben tu dinero y tengas material para escribir durante toda tu vida. Seguramente muchos escritores famosos lo hayan hecho antes. McCarthy agobiado por el barullo, Asimov ajustándose las gafas empañadas, Hank Moody en las casas de putas, Houllebecq intentando trazar historias frías en lugares calientes, Hemingway bebiendo, simplemente, sin necesidad alguna de escribir, Cortázar saltando sobre los adoquines como si estuviera en París, sus caminos de Oz. Y los negros, los negros de piel tan negra dibujando un cosmos impenetrable.

Luego descendemos al Chiado, con tiendas de ropa cara, reflejos efímeros en pantalones de trescientos euros. Menuda metamorforsis. Un hombre espera en una puerta, y en una catedral, se me rompe la cámara. El ruido es de agonía.

Me cago en mi vida.

                La larga calle de calor

                En medio de torres, ojos medio cerrados al sol, muros deconstruidos

                Circunvalaciones que nos pierden

                Entre factorías viejas, calles de hojas amarillas, ansias de otoño

                Pero las aceras están devastadas, y mi corazón suda

                Espalda que busca abrazos

En Belem bebemos cerveza. Miro la cámara con preocupación. El bar es una California reconvertida. Alex está cansado y dolorido por la luz. De reojo, el monasterio erguido, pero igualmente machacado por la luz. Hace tiempo, en estas mismas calles, un poco más arriba, me emborraché y vi a Mando Diao y a los Killers, con mis pantalones rojos, contemplando OVNIs en el cielo, en una noche alienígena inolvidable, entre furgonetas, kebabs, gallinas humanas, mujeres espectaculares, cagadas inapropiadas y meadas en túneles de vestuarios.

Al borde del Tejo, un avión de la II GM, hecho de metal oxidado. La orilla del otro lado parece muerta, ocre y cubierta de contenedores, fábricas y barcos. El Setúbal oculto. Mis pies al aire en una marea baja.

 SONY DSC

De plaza en plaza mientras atardece. El gran estuario del mundo. Muchos turistas pasean. Hay ancianos que miran el fin, que se dibuja entre veleros sosegados. Cerca de la Plaça do Comércio, un perro se reboza sobre la arena, y un niño tira piedras al agua, generando ondas tridimensionales. Hay una chica que habla del amor con un gesto de coquetería e insinuación, gente en bicicleta. Y, ¿es eso una estrella?

Esto parece el epílogo de un viaje.

panorama-2

Pero el fin se escribe con otras palabras. Más tarde, compramos unas postales, y en la larga rúa dos Correeiros, nos ofrecen (otra vez) marihuana y hachís. Es bueno, compra, veinticinco euros, vamos, vamos. Hay un ascensor que se nos prohíbe por falta de fondos. Más hachís, policías, y el hambre. Por equivocación, me bebo una jarra de cerveza de un litro y medio que desciende por mi garganta entre risas.

wp_005724

Al fin, la temperatura cae y con un fresco agradable, volvemos al hotel. En el baño, hay una infestación de hormigas.

Está claro que no debería haberme bebido ese litro y medio de cerveza. Está claro que debería haberme bebido ese litro y medio de cerveza.

Se hace de noche.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s