Adoquines (las calles en las que viví) – X

Campo da Torre 6 (III)

Temporal es todo. Como las aguas de un río. O el alumbramiento, vida y muerte de las estrellas. Me sentó mal volver a casa porque ya no era mi casa, y porque en ese pueblo de mierda hundido en el suelo del valle, el invierno es oscuro y húmedo, lleno de amagos de inundaciones, garzas solitarias, sin amigos de los que echar mano y con la cerveza demasiado barata como para resistir la tentación de mojarse por dentro. Quizá por eso huía al piso de mi hermano en Santiago, esa ciudad amada que aprendí a odiar a causa de la tesis, haciendo yoga y yéndome de cañas por la zona vieja. Ni María ni yo sabíamos qué hacer con nuestras vidas, así que decidimos meternos dentro del Heima de Sigur Rós (siempre, Sigur Rós), y emigrar a la tierra de ceniza, fuego y hielo. Puro acojone adictivo. A mí me daba miedo dejar a Siam en casa de mis padres, que siempre he considerado una casa de locos aunque, si soy sincero, solamente es una casa cualquiera más, pero no por ellos, sino por Siam, que siempre ha sido un tipo especial, de carácter arisco pero necesitado, a juego con su hermano mayor. Me pasé meses paseando mucho, leyendo más, yendo a clases de pintura para hablar de política y cerciorarme de que jamás podría dibujar. Por las noches, atenuaba la distancia que me separaba de María haciéndole dibujitos cutres de un monigote al que llamaba Vividor Nato. A ella le encantaban, pero un niño de dos años habría dibujado mejor que yo. Estoy convencido que nadie entendió muy bien que me fuera a Islandia, y eso me encantaba. Ser el bicho raro es demencialmente genial, y siempre se me ha dado bien cuidar mi vida privada. Mi madre entendía, creo. Definitivamente, también mi hermano entendía. Así fue como pasé esos meses hasta que me fui, envalentonado por el impulso optimista de María y por ese miedo al que, insisto, nos precipitamos aun a pesar de la posibilidad del abismo, o precisamente por ella. La noche antes de marchar, por cierto, Siam se sentó en mi pecho y me dio permiso para dejarle allí tardo, en donde todavía sigue, mediada su vida como mediada está la mía.

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