horizonte

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Yo y lo Otro, lo demás. Exterior e interior como parte de un mismo espacio, un mismo reflejo, ambos mutuamente influenciables. Paisajes emocionales que, en efímeros destellos de lucidez, se conectan a través de un pasadizo invisible.

En ninguna parte como rozando el círculo polar se contempla de una forma tan radical el paso de las estaciones. En ninguna parte como al borde del mar se percibe ese deslizamiento tan sutil e imparable.

Todos los días paseo junto a esa playa de roca negra, exabrupto de volcanes. En esta parte del año, veo a lo lejos cómo la línea del sol va cayendo hacia el horizonte. Cada día un poco más, cada día, siete minutos menos de luz. Esa caída me vuelve trémulo, arrastra mi espíritu a la melancolía, la astenia. A veces, al pozo. Luego, la parábola se invierte y, tras el solsticio, los días empiezan a crecer en la misma medida, y esa misma línea se alza. Revive la flor y también mi espíritu, que huye de la nostalgia y se envuelve en euforia.

La música de este movimiento ondulante es el mar, que también es un paisaje en sí mismo y que cataliza ese pasadizo, que con el sonido de las olas, siempre crece. Y ese horizonte, una línea casi invisible, es el marco de referencia con el que nos medimos y, sobre todo, con el que nos situamos en este espacio difícilmente descriptible.

(Trabajo para el curso de Culturamas Habitar el desierto)

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