De mirada triste

Avanzo casi siempre con los pies en el suelo pero la mirada lejos, sobre el infinito. Como si no perteneciese a este mundo ni tampoco al otro. Pero a veces me tropiezo con otras miradas, que me ralentizan, que mueven mi rumbo. No sé bien por qué pasa, o cómo pasa, o si en realidad pasa. Reflexión que nace de ella, y de su mirada. Ella, que está tan triste, tan profundamente triste, y que por eso llama mi atención mientras se mueve por el agua de esta poza, escuálida y con unas ojeras granate debajo de unos ojos hundidos y verdes. Como si hubiese estado llorando hasta hace un momento. El rictus de su boca es como una sonrisa sin sonrisa, dentro de unos años, ese par de efímeras dobleces alrededor de su boca serán profundas arrugas. Así su pelo encanezca y el horizonte se beba sus ojos. La veo mirar a los niños que juegan en el agua caliente, la veo sonreír un poco más, mientras miro de reojo y me recreo con su figura de bailarina de ballet, de fisionomía torturada. Lleva un bañador negro, y su piel es oscura. El pelo húmedo se le pega a su cabeza pequeña, como de niña. Juego a fantasear su vida, imaginando que es una de esas tristes viudas jóvenes. Ella y su difunto marido formaban una pareja adorable, perfecta. De tan enamorados que el destino se lo llevó a él, porque siempre son los hombres los que marchan primero, para que las mujeres puedan velar la ausencia. Mi espíritu mórbido imagina un accidente de coche, o un explosivo y precoz cáncer, una misteriosa desaparición. El tipo de tragedia que no se te despega. En esto, ha vuelto a sonreír, pensando en algo. Quizá un recuerdo que ha cruzado su mente como una ráfaga de viento. Pero no, me equivocaba, es sólo que sus pies han pasado sobre el chorro de burbujas, y el aire enjaulado le ha hecho cosquillas. Los pies se apartan, la sonrisa muere. El viento que acechaba detrás de las montañas cae finalmente sobre la poza, y al arrasar la superficie del agua, alza una neblina que distorsiona su imagen. La vuelve fantasmal, como si ella fuera un espectro. El cielo ya ha pasado del gris plomo, azulándose a medida que llega la noche. Se huele la nieve, pero los copos no llegan al suelo. Yo, que siempre estoy a este lado de la barrera, el lado de los observadores, siento la necesidad, o la fantasía, de hablarle. Presentarme, saber qué pasa por su cabeza. Por qué sufre, por qué está tan triste. Quizá ella me hiciera la misma pregunta. Porque las apariencias engañan, pero suelen esconder un núcleo de verdad. O quizá me ignorase, de tantas ínfulas. Pienso en esto y la veo levantarse, moverse despacito, como si no quisiera molestar. Sin casi dejar un rastro en el agua. Y es cierto que casi nadie parece verla, excepto yo. Se desliza y sale de la poza, camina en medio de la ventisca mientras el hielo del aire congela su piel y la eriza. Desaparece, finalmente, en los vestuarios, al tiempo que yo salgo tras ella, me ducho y visto lo más rápido que puedo, y aún con el pelo húmedo, la espero afuera, sentado entre las bicicletas abandonadas. Espero y espero, pero ella nunca sale. Porque era un fantasma. Y yo también.

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