Historias de una válvula – Epicentro (I)

Cierro los ojos, los abro.

A los 19, estoy acabando el primer año de Biología en Santiago. Ya solamente me falta un examen, bioestadística. Justo he llegado de Santiago de hacer el penúltimo examen, química orgánica. Este lo suspenderé. Es ya mi segunda época de exámenes, tras la hornada de febrero, en la que hice pleno y no suspendí ninguna asignatura. Ahora, en cambio, tengo dudas con orgánica (y con razón), la de ese profesor que nos recomienda beber vodka pero no pastillas. Me he bajado del bus y estoy a tope de adrenalina, así que voy al campo de fútbol de colegio de las monjas del pueblo para jugar un partidillo antes de cenar, sacar esa tensión del cuerpo. En aquellos tiempos, es lo que hacía a medida que se acercaba el verano y los días se alargaban. Los demás jugadores son niñatos de quince o catorce años, y algún que otro amigo, ese día, solamente uno muy moreno al que llamábamos Moro. Aún hace mucho calor, atardece detrás de los edificios. Siempre juego de la única forma que sé: a muerte. No contemplo de otra manera el deporte que como una actividad divertida e intensa. En cierto modo es una batalla, lo sé. Me encuentro en la franja izquierda del campo, atacando, cuando noto el salto en el pecho, y luego el vacío. Una sensación difícil de describir. Hasta ese momento, nunca había sido consciente de las pulsaciones. Ahora, las escucho como un retumbar en el oído, como si el pecho se hubiese ahuecado y el corazón rebotase dentro de esa cámara, sin control. Sincronización perdida. Al principio no me asusto, solamente me sorprendo. Parado en seco, miro a mi alrededor, como buscando a alguien que me explique qué está ocurriendo. Doy unos pasos atrás, y me cambio con el chaval que está de portero. Mi cabeza ha encontrado inmediatamente una causa al problema: el calor. El partido sigue con normalidad, y al rato vuelvo a casa, intentando procesar lo ocurrido. Mientras me ducho, pálido, dejo que el agua fresca corra por mi cuerpo, pero no soy capaz de borrar de mi cabeza una sentencia irreprochable: si el corazón se para, se acabó. Luego, bajo a cenar. En mi casa siempre nos hemos colocado de la misma forma, mi padre presidiendo, y del lado de la pared, mi hermano, enfrentado a mi madre, y yo, enfrentado a mi abuela. Hoy toca paella, pero no se trata de una paella en sentido estricto, sino del arroz caldoso que mi madre siempre ha llamado así. Suena el telediario, los demás hablan mientras en mi cabeza suena ese runrún de que si el corazón se para, se acabó. Me llevo una palada de arroz a la boca. No sabe a nada. Infarto, ataque al corazón, angina, explosión, muerte. Lo que sea. Se agitan mis piernas, y mi corazón se dispara, de nuevo retumbando en mi oído izquierdo. Creo que murmuro No me encuentro bien mientras me levanto, mareado y rozando el desmayo. Me apoyo en la pared mientras los demás se arremolinan a mi alrededor, preguntándome qué pasa. Apenas me entero de que están ahí. Lo peor de la taquicardia ya ha quedado atrás, y echo a andar por el pasillo, dispuesto a ir al médico así, en pijama y zapatillas. Logran, de alguna forma, convencerme de que me cambie. Los buenos modales, la vergüenza del qué dirán, todas esas cosas de pueblo pequeño. Cinco minutos más tarde, mis padres me acompañan por una calle vacía, soltando por su boca generalidades sobre los nervios y tratando de mostrarse tranquilos y comprensivos. La médica, en el ambulatorio, le quita importancia a lo ocurrido, y planifica una analítica de rigor. Pero que no nos preocupemos, que no es nada (¿que no nos preocupemos?). Una y otra vez surge la palabra nervios, que empiezo a odiar por imperfecta, imprecisa y algo humillante. Volvemos a casa. Me siento avergonzado, un imbécil. Justo antes del puente romano, nos cruzamos con un viejo amigo de la familia, el dueño del piso en donde vivíamos antes, un tipo socarrón al que cuentan lo ocurrido quitándole importancia, y que se suma al circo de las generalidades. No respondo a nada, la cabeza gacha. Estoy deseando llegar a casa.

Esa noche duermo profundamente, por supuesto: la calma después de la tormenta.

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Un comentario en “Historias de una válvula – Epicentro (I)

  1. Pingback: Historias de una válvula – Epicentro (II) | aullando

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