Adoquines (las calles en las que viví) – XI

Hverfisgata 49

La calle del Barrio Oscuro de Reykjavík fue la arteria donde latió mi sangre el primer año que pasé en Islandia. Volvía de trabajar en el restaurante cantando a pleno pulmón Lips like sugar, de Echo and the bunnymen, porque los labios de Islandia me resultaban dulces, y también La Era Punk, de Algora, porque me sentía absolutamente soberano de mi vida y dueño del mundo, viviendo una suave vida de expatriado, ajeno a las catacumbas del sur, ganando un buen dinero por dar de comer a turistas encantados de visitar uno de los países más espectaculares de la Tierra. Parcial, quizás. Aunque todo esto lo conté ya en una larga novela desnovelizada, hay muchas realidades que escaparon a aquel diario que di en llamar como este capítulo, Hverfisgata 49. Realidades más cotidianas que las que llaman al gran público, que de los emigrantes espera hazañas sin igual o miserias cinematográficas, pero no una vida tranquila y pacífica. Contemple crecer y menguar los días, como una marea del tiempo solar, me sentí bajo el ojo tuerto de Odín, mientras Eddie me hablaba de Buñuel y del duende de Lorca, del pasado de marineros y prostitutas del barrio en el que vivía, oculto bajo la pátina de calle céntrica de capital europea, la simpatía interminable, me hablaba también de sus amigos novelistas. Descubrí la ventisca y la nieve en septiembre, la luz también, vi el runtur de los desequilibrados jóvenes islandeses, perdidos entre dos realidades mutuamente aniquilables. Por Hverfisgata volví muchas madrugadas, al filo de un amanecer cambiante. En ella me desperté muchas veces, rozándome con María, levantándome pronto los días libres para escribir una novela definitiva, todas lo son antes de escribirlas, y mientras las escribes, pero jamás lo son, la novela definitiva no existe, es una utopía. Escribía con dedicación inconstante pero deseos de significancia literaria un diario que luego sería anecdotario maravilloso, me imaginaba el anacoreta y el éxito, planificaba los viajes. Vi morir una gata diabólica. Fui todo lo feliz que pude, por primera vez en mi vida consciente de ello.

Pisa los otros adoquines aquí.

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