mi voz

Mi voz que es tu voz que son las voces. La tarde adolece. Escucho llorar a un castor, solitario dando vueltas alrededor de su familia muerta. Cenizas. Casi carece de relación con mi voz, que calla, y que sigo sin encontrar aun a pesar del tiempo. Ese tiempo que, dicen, todo soluciona. Mi voz que es tu voz que son las voces. Y que cambian cuando subimos el volumen, al hablar. También cuando callamos. Todo esto pretendía ser un poema ginsbergiano, pero siempre fui un patán para la poesía, y cuando los poemas no me salen, lo

cual viene a ser casi siempre, juego a transformar los versos imperfectos en prosa, que siempre he pensado que tiene otras maneras (y otras facilidades). Eso de la voz me resulta cosa confusa, ya que aunque se manifiesta con fuerza en lo íntimo, luego se torna timorata cuando mi boca se abre. Y se apropia, entonces, de entonaciones ajenas, como si su singularidad única no bastase. Como si quisiera esconderse en otras voces, la cadencia del catalán, la brutalidad aparente del acento de baserri, todo siempre antes que este dulzón acento gallego, del que una vez me acusaron en una tienda del Poble Nou. Mejor, incluso, que la petulante entonación del castellano más austero. Curioso que, de todas formas, sea mi voz castellana la que huye de lo seco para susurrar Te quiero. A qué vendrá tanto vaivén, si yo soy yo, a cuento de qué hay quien impone o manifiesta su voz no matter what, mientras que otros nos achicamos y escondemos. Mi propia voz cambia con el gallego, se vuelve bruta en la diversión, socarrona, a lo zorro, como dice de mí mi abuela, matriarca da lingua; pero también dulce y emotiva, no en vano la uso con muchos de mis mejores amigos, aunque fuera de lo íntimo, mi voz, esa voz mentirosa, se recubre con molt bés, con já!, utilizando neologismos a veces petulantes. Con el inglés, se vuelve trémula y corta de recursos, lamentable en celeridad. Siempre reniego del inglés oral, pero disfruto de esa lengua en lo privado, en la lectura, táctica, preciosa, una voz en la que prefiero cantar a hablar, si fue la que aprendió a cantar a los Smashing Pumpkins, a Eddie Vedder, a Freddy Mercury, la que, por cierto, me permite caminar con cierta seguridad por estas tierras de la Gran Otredad Anglosajona, tierras que, a la que nos descuidemos, serán más propias que otras, murmullos del exilio. Recuerdo a una andaluza, cuyo acento me irritaba casi tanto como el del Madrid más verbenero, que las lenguas han de servir para comunicar, no para separar, para sentir, no para entender. Quizá, del mismo modo, mi voz debería ser y no pretender, y detenerse de una vez en esa huida de las lenguas ajenas, dejarse estar, expresarse con libertad, dejarse cambiar como el curso de un río, esa estructura multifacetada que jamás se limita, sino que se expande.

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