Historias de una válvula – Epicentro (II)

Cierro los ojos, los abro.

En esos días, hay otra frase manoseada que me saca de quicio: Estate tranquilo. Una sentencia fácil a la que siempre respondo internamente con un Oh, gracias, no sabía que la clave para luchar contra la ansiedad era estar tranquilo. Han pasado ya dos días desde la primera taquicardia (Epicentro I), y me encuentro en Santiago. Mañana se termina la época de exámenes, con estadística, una asignatura que me hastía y a la que considero pura pseudociencia. Mientras repaso lo estudiado, reflexiono en lo poco que quiero estar aquí ahora mismo. Bien a gusto me habría quedado en casa, pero la cita con el examen es

temprano. A pesar de mi escepticismo, he intentado hacer caso de todas las consignas infalibles contra la ansiedad: estar tranquilo; respirar (como si se tratase de un parto); no pensar en el tema (esa también me gusta mucho); tomar tila (¡plas, plas, plas!). Hace un rato que he cenado algo en el restaurante de la residencia, en donde no había casi nadie, y me he vuelto a la habitación para seguir estudiando. A las once de la noche, aburrido, bajo al badulaque de la esquina, De día y de noche, y me compro un litro de Pepsi que,  bien fría, voy bebiendo a sorbos. Fría y dulce, Pepsi Max, con el doble de todo. Una maravilla. Hoy no me imagino lo mala idea que es beber tanto azúcar, ni mucho menos el efecto de la cafeína en alguien con ansiedad. Pero tengo 19 años y lo hago de común, no todos los días pero sí casi todas las semanas. A la hora de dormir, no mucho más tarde, me apoyo en la pared y miro la ventana, orientada a un estremecedor y enorme patio interior, típico en el Ensanche compostelano. Y de pronto, la noto venir, y aunque me peleo contra ella, no tengo armas y la taquicardia me avasalla, llenándome de un vacío angustioso. Intento respirar, tomar el control, me echo a caminar por el largo pasillo del apartamento, en silencio, la mano sobre el pecho. Con el paso de los minutos, la taquicardia se desvanece y el corazón recupera su ritmo imperceptible. Me vuelvo a meter en cama, diciéndome que ya ha pasado, pero a los pocos minutos, la aceleración regresa y ese hechizo de mentira se disuelve. El azúcar, la cafeína y la ansiedad forman un cóctel perfecto que arranca la histeria que todo corazón lleva escondida dentro. Llamo a Patricia y le digo que me encuentro mal. Luego, vuelo por las calles hacia su casa. Decide que lo mejor es dar un paseo, y de veras intento que los pasos borren la taquicardia, que se toma recesos pero no acaba de marcharse. Ella no sabe qué hacer, no hace más que repetir las mismas consignas manoseadas que todos me dicen… Cerca de la estatua de Valle Inclán, siento un pinchazo en el brazo derecho, y al mencionarlo, Patricia se alarma, creyendo que es el brazo de los infartos. La taquicardia se dispara de nuevo, y decidimos acudir al hospital. Nos subimos en un taxi de la Plaza Roja, y a los pocos minutos, entro en Urgencias con la mano en el pecho. No me duele nada, pero de esa manera cuento las pulsaciones. El guarda de seguridad se alarma al verme, creyendo que me está dando un infarto, pero cuando niego que tenga dolor alguno, me sienta en una silla y me dice otra de las mejores cosas que puedes decirle a alguien con un ataque de ansiedad: Espera un momento, enseguida te llaman. Momento que la taquicardia escoge, precisamente, para su traca final. Mis pulsaciones suben a 180, y de nuevo noto que estoy a punto de desmayarme. Es una sensación rara. Patricia exige, medio a gritos, que me pasen adentro ya, y cuando finalmente lo hacen, el mero efecto de la camilla de hospital aplaca las ansias de protagonismo de mi válvula. El pulso recupera su normalidad a una velocidad asombrosa, y mientras me buscan una vía, yo ya estoy en el paraíso de la calma, casi drogado. La analítica exprés no muestra nada. El médico habla de los nervios, de la ansiedad, de no sé qué más, y luego me tiende dos tranquimazines. Una ahora, otra al llegar a casa, aconseja. La primera se deshace debajo de mi lengua mientras subimos de nuevo al taxi. Y qué viaje, el de vuelta al centro, el más placentero que recuerdo: Compostela nocturna, sucesivas luces de farolas, calles desiertas, aire cálido, escaparates estupefactos. Entre nosotros, silencio. No vuelvo a mi habitación, sino que me quedo en la habitación de Patricia. Ella aún me habla mientras se deshace la segunda pastilla. Me duermo de inmediato, y a la mañana siguiente, radiante de sol, tendré un cúmulo de sensaciones que se volverán familiares en lo sucesivo: vergüenza, ardor de estómago y cierta flaccidez corporal. Al examen voy medio volado, pero termino aprobando.

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3 comentarios en “Historias de una válvula – Epicentro (II)

  1. Pingback: Historias de una válvula – Precedentes (I) | aullando

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