La mariposa negra

Esas son las nubes del olvido, le dice la madre al niño, que lleva la cara cruzada de lágrimas, un sistema fluvial corriendo por sus mejillas. Míralas cada vez que la rabia te acometa. Y olvida.

Y luego le empuja de nuevo hacia la casa del amo, de donde ha huido.

Para qué nos fuimos, masculla el niño, al que su madre llama cariñosamente Kux, el Vivo, y su señor, su amo, michirrico, porque es muy delgado y, según se encarga siempre de subrayar, muy tonto. Lleva entre las manos una pila de periódicos, y sus pasos apenas resuenan en el suelo de madera de ese gran caserón, un lugar oscuro y tenebroso. El primo de su madre, Masila, cuya muerte de alguna forma les llevó allí, decía que la casa estaba habitada por demonios. Los demonios del hombre blanco, murmura su madre cuando cae el sol y empieza la noche. Pero es mentira, añade siempre después. El Kux no cree en las viejas historias de su gente, los lacandones, pero sí cree que hay un demonio en esa casa: el amo. Apoderado de las plantaciones de bananos que rodean la ciudad de Flores, vive disimulando ser un ilustrado, un sabio, leyendo periódicos y libros, escuchando una extraña música que él llama clásica. Y comportándose con crueldad con sus sirvientes, a quienes llama indígenas o marginados, o cosas peores. Los habitantes de esta tierra, dice su madre. El amo, masculla, y toda su prole de hijos y nietos malcriados, blancos y ostentosos, orgullosos de su estirpe, de su raza, dueños ladrones de la tierra, conquistadores, asesinos. Todos viven en esa casa sin hacer nada, entregados a vidas de alarde y frivolidad. Los insultos y los golpes están a la orden del día, como es costumbre entre los terratenientes blancos, y de vez en cuando, alguna muchacha apenas mujer aparece muerta en los lindes de la selva, violada por el amo o alguno de sus amigos o de sus hijos.

Le mira al entrar: su rostro blanco y el gran bigote negro con disimulados pelos blancos, los ojos pequeños y escondidos, las mejillas infladas, la papada. Cara de cerdo, piensa Kux, que se queda en el umbral, como su madre le dice que debe hacer. Carraspea cuando pasa un minuto y el amo no se ha movido.

Michirrico, dice este con indiferencia y sin alzar la mirada. Qué te quedas ahí parado, como un palo de la luz. Entra y deja los periódicos aquí.

Kux entra con pasos cortos, obedeciendo, deja los periódicos sobre una mesita pequeña de madera oscura, y se queda esperando un segundo, por si el amo ordena alguna otra cosa. Como parece enfrascado en su lectura, da media vuelta. Es entonces cuando le llueve un golpe en la nuca.

Te vas cuando digo que te vayas, tonto. A ver si te espabilas, le dice.

De la selva llega una música en oleadas. Es el sonido complejo de los animales nocturnos, jaguares y panteras que huyen del hombre y buscan alimento, coatíes perpetuamente asustados en los rincones, apretados unos a otros, el rumor de las alas de los quetzales revolviéndose en las ramas, serpientes muy largas frotando sus cuerpos con la hojarasca húmeda, las patas de un millón de arañas envolviendo insectos con su telaraña. Un rumor que se abate sobre la chabola en donde Kux y su madre cenan, a la luz de una vieja lámpara de gas. Ella habla, pero Kux no escucha, solamente atiende a esa canción, extraña y nunca repetida, hipnotizado mirando la negrura de la jungla, una oscuridad azulada que tiene, casi, rostro de cadáver.

Escúchame lo que te digo, mijito, dice ella. Kux le mira el rostro, cruzado de arrugas, viejo, como si fuera el de una anciana y no el de una mujer de su edad. El maltrato diario conduce a la muerte, piensa él.

Ella sigue hablando pero Kux disimula que la escucha. Los labios de su madre se mueven mientras él vuelve la mirada hacia el penoso interior de su chabola. El lugar en donde descansan unas horas antes de regresar a la esclavitud cotidiana.

De pronto, algo aletea alrededor de la lámpara de gas, distorsionando las luces y las sombras de la chabola. Su madre abre la boca, del cielo desciende una mariposa negra, muy negra, que se posa entre los cuencos de latón en donde burbujea aún la sopa. Ahí se queda, muy quieta, inmóvil, como muerta. Kux se inclina hacia la mariposa, que cabe en la palma de su mano, y distingue en sus alas diminutas manchitas blancas.

Viste, dice con los ojos bien abiertos. Pero al levantar la mirada hacia su madre, contempla su mandíbula descolgada. Qué, pregunta, al ver que no dice nada.

La mariposa negra, dice. Viene tragedia.

Es otra de tus historias de india, murmura Kux, irritado. La mariposa sigue sin moverse.

Cuando la mariposa negra, dice su madre, casi regurgitando, se posa en un lugar, la tragedia llega pronta.

Y luego se santigua varias veces, sin atreverse a tocar a la mariposa, que al rato alza el vuelo y desaparece en la oscuridad ruidosa de la jungla.

Tiene las manos unidas formando un cuenco. Dentro hay un líquido oscuro, sangre. Las manos se van alzando hasta que su cabeza se inclina, sus labios se entreabren, bebe. Es el sabor metálico de su propia sangre, que late entre sus manos fuera del corazón. El reflujo la lleva por su estómago, por su cuerpo, caliente.

Kux grita al despertarse.

Está solo en la chabola y afuera la oscuridad es azulada. Está amaneciendo.

Va caminando hacia la parte de atrás de la casona. Allí se encuentran las cocinas, en donde ayuda por las mañanas a organizar el gran desayuno excesivo de la familia blanca, que suele terminar como alimento de los cerdos. O de ellos mismos, los sirvientes, que son también como animales. Kux atraviesa los huertos y las caballerizas, en donde los caballos le miran nerviosos y arrastrando las patas delanteras por el suelo, bufando, moviendo sus cuerpos enormes y estilizados dentro de sus jaulas de madera. Tienen los ojos inyectados en sangre. A Kux no le gustan los ojos de los caballos.

Afuera de las cocinas hay un estruendo. Al virar la esquina de las caballerizas, descubre junto a la puerta un corrillo de sirvientes, y en su centro, al amo agitando la fusta de montar. A sus pies, de rodillas, su madre se protege la cara con el antebrazo derecho, el otro abandonado en su regazo. A su alrededor, los rostros serios y cabizbajos de sus iguales, indígenas lacandones o de otros pueblos, los dueños originales de esa tierra, observando como un carablanca agita su fusta en la cabeza, el cuello, la espalda, de su madre.

Kux se queda parado.

Atrás escucha el sonido de la selva, rumiando, en su pecho el corazón latiéndole más aprisa y más fuerte, como si se tornase grave como el eructo de la tierra, la voz de un volcán. El cuenco de sangre.

Así aprenderás, pendeja de mierda, grita el amo.

Atrás escucha el sonido de la selva, y un zumbido que parece caer del cielo. En su pecho el corazón muy fuerte. Y el cuenco de sangre. Un par de alas negras.

Al fin, la oscuridad cubre su mirada, mientras su cuerpo desmayado de niño cae al suelo, hay algo que cruje en su alma.

Mijito, busca una nube, dice su madre con la boca torcida y malherida. Su rostro cubierto de heridas con sangre oscura cristalizada en ellas. No siente la espalda a causa de los golpes con que el amo la machacó.

Por dejar caer un cuenco de mandarinas, murmura.

Busca una nube, insiste ella.

Ni siquiera se estropearon. Solamente rodaron, murmura.

Bajo la mesa, sus manos están cerradas y los nudillos blanquean.

Busca una nube, dice su madre, sollozando.

Al abrir los ojos, todo su cuerpo está lleno de sangre. Alrededor descubre el gran salón en donde su amo lee los periódicos y los libros y se pasa las horas fumando y bebiendo whiskey. Y a su propio amo en el suelo, a sus pies, gorjeando la sangre que cubre su cuello, su pecho y empapa la camisa blanca. Hay un cuchillo a su lado, enorme y brillante, también cubierto de sangre. Olor metálico en el aire.

Michi… rrico, intenta decir. Michi…rrico.

Kux se acerca las manos a la cara, las mira cubiertas de sangre, y con su lengua lame la punta del dedo. El sabor a tierra, metálico. Casi es capaz de ver zumbidos cristalizados cayendo del techo. Luego se levanta y echa a correr.

En el resto de la casa, se va encontrando con los cuerpos arrasando el suelo, ensangrentados.

Su madre está saliendo de la chabola cuando se la encuentra. El amanecer es anaranjado, bellísimo, tamizada por la vegetación de la selva, que le habla susurrando con esa voz sin voz que llena el aire.

Mijito Kux, dice ella al verle cubierto de sangre. Mijito Kux.

Yo no sé qué pasó, murmura él, apretándose contra su pecho y echándose a llorar.

La mariposa negra, mijito, responde ella con su rostro cruzado de la costra de las heridas, mirando el amanecer de sangre, apretándole contra su matriz. La mariposa negra, insiste.

Y ahora qué, pregunta él con la voz ahogada por la ropa de su madre.

Ahora, suspira ella, volver. Nada teníamos, nada tenemos.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s