Tjörnin

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Mirar, ser mirado.

El niño jugaba a asustar a los gansos. Mientras, a su lado, la que parecía su madre perdía la mirada en el horizonte de casas del 101, coronado por la Hallgrímskirkja. Parecía buscar algo sabiendo que no podría encontrarlo por mucho que se esforzase. Llovía aguanieve y el cielo se iba oscureciendo muy rápido, perdiendo al tiempo su tono pálido uniforme y tornando al negro.

Y aquel hombre les miraba, con la capucha de la cazadora cubriendo su cabeza y unos auriculares enormes en los que sonaba una canción sobre los santos. Instigándose a responder la pregunta de si mirar y ser mirado no sería, a fin de cuentas, lo mismo. Pensando en la posibilidad de los observadores externos y en si la empatía total era una utopía.

La conclusión a la que llegaba siempre era la misma, que su mirada excedía la capacidad de comprensión. Desistió de un nuevo intento y, justo al echarse a andar, descubrió que había alguien que también le miraba a él: la sirenita de cobre, imitación de la danesa, empapada en excrementos de pájaro, y cuya mirada triste caía directamente sobre él.

Devolviéndole las mismas preguntas.

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