Adoquines (las calles en las que viví) – XIII

Laugarnesvegur 36

Llegó el bus y es como si jamás me hubiese ido. Como si quince meses fuesen un parpadeo. Aún recordaba las palabras de Daud, ¿Pero para qué os vais? Premoniciones de brujo. La casa se llamaba Nueva Chechenia, y en mi cabeza era diferente. No necesité ni cuarenta y ocho horas para palpar lo que ya intuía, que la rueda de la suerte había cambiado de diente. Entraba en una de esas rachas que a veces tienen los jugadores de baloncesto, jugándosela posesión tras posesión, y siempre acertando, a tabla, limpia, dando tres mil botes en el aro, de espaldas, resbalándose o directamente desde el suelo. Lo demás es historia. Me enseñé a algunas cosas mientras corría por Borgartun, en algún atardecer, el Witchi tai to de Fanfarlo me recordaba la suerte. Compraba pocas cervezas y vivía a base de purés, sopas y alguna que otra ensalada, bolsitas de frutos secos. Adelgacé, y me sentí vivo. A veces, me permitía algún té en las cafeterías de Reykjavík. Con la gente, lo de siempre. A los dos meses llegó María. Yo ya tenía mi rutina de yoga, de gente nueva, y una cada vez más palpable desconexión con la espiritualidad. Marihuana, locas, la haka islandesa, y un temblor que arrasaba toda la ciudad. Albor, caída y muerte de un verano. Treinta y dos, y la preocupación constante como vicio a erradicar, mecanismos secretos del placer. Jugué a palas en una calle sin salida, mientras se reanudaba el viaje mental entre Islandia y una España que me olía sucia, cansada y quejicosa.

Otros Adoquines.

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