Caminar acompañado

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A Harvey Dunn le conocí leyendo Los búfalos de Broken Heart, la obra en que Dan O’Brien habla sobre búfalos y la recuperación de las grandes praderas del Medio Oeste americano, y también de una nueva/vieja forma de vivir.

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Quizá Harvey Dunn no haya sido un gran pintor, pero algo en sus obras conecta conmigo de una manera profunda. Puede que sea la soledad que desprenden los paisajes que pintó. No parece casualidad que también las extensas soledades de Islandia me estremezcan. Algo en mí tiende a la introspección, al silencio y al vacío.

Y el artista americano hablaba de eso en sus obras, de todas las gentes que, perdidas en la inmensidad de la naturaleza, en esas llanuras colosales donde las estrellas bailan sobre el horizonte en un día cualquiera, se enfrentan a una existencia dura, intensa y a buen seguro poco confortable, pero sustancial. ¿No os parece que todos los exabruptos con que nos rodeamos son puro tedio? Nos han arrebatado el impulso suicida que caracteriza al que intenta sobrevivir.

ii

Imposible que en un texto así no mencione a Alex Supertramp, el protagonista de Hacia rutas salvajes, al que conocí primero en la película de Sean Penn, y en cuya vida más tarde profundicé gracias al fantástico librito de Jon Krakauer, del mismo título. Una vida que cambió para siempre mi manera de contemplar el mundo y las emociones, si acaso dos caras de la misma moneda. Constituyen para mí un referente a nivel vital, pero solamente la repetición me llevaron a comprender todas las aristas de una obra que cuenta con varios niveles de comprensión. La huida de Alex me resultó enigmática durante años, igual que la escena final, con esos flashbacks de sus padres y una misteriosa sonrisa final. Mensajes crípticos que esperaban a ser abiertos.

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Finalmente, comprendí.

iii

Una de las pinturas de Harvey Dunn me afecta especialmente. Se llama On the wire, y en ella, dos soldados de la Guerra de Secesión caminan uno tras otro a lo largo de una verja de alambre, entre la hierba. Los dos con un semblante de agotamiento, el primero con la mirada alzada y enganchada en el horizonte, el segundo con la mirada en los pies de su compañero.

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La soledad completa es una pura huida. Obligada, resulta lacerante. Somos seres sociales, que gustan de la compañía y el contacto físico. El aislamiento puede matarnos, especialmente si necesitamos que alguien, por un instante, guíe nuestros pasos y nos anime a continuar, como hace el primero de los soldados en la pintura de Dunn.

También Alex Supertramp fue capaz, en los últimos instantes de su vida, de perdonar y comprender que la felicidad, si existiera, será siempre compartida.

iv

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Buen viaje, peregrinos.

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