Historias de una válvula – Precedentes (II)

(a escuchar con Portugal, de Mogwai)

Cierro los ojos, los abro.

Estoy en la habitación de mi hermano, la de la aldea. Tiembla el aire en una penumbra febril y ámbar, como si en el centro de la estancia ardiese una hoguera, invisible. Tiembla también una mecedora, sobre la cual se acurruca una anciana, consumida y llena de arrugas. Ciega, los ojos hundidos y los labios fruncidos en una media sonrisa. No dice nada en todo el rato que la miro, pero sé que supera los ciento veinte años de edad, y que no hace sino esperar turno para morirse.

Supongo que no hay nada esencialmente terrorífico en la escena. Pero representa un despertar, el subconsciente dándome una bofetada para que empiece a pensar: en el principio y el fin, el sentido o su ausencia, las transformaciones. Es ahí cuando empiezo a temer la noche y la oscuridad. También cuando me nace el miedo a la muerte, y otros miedos y traumas de definición compleja y hondo arraigo, contra los cuales la estrategia que me han enseñado no es otra sino la de meter todo lo que molesta debajo de la alfombra. Una incapacidad emocional que conduce a la estigmatización, a seres robotizados que solamente despiertan, precisamente, al borde de la muerte, con una mirada asombrada.
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