Adoquines (las calles en las que viví) – XIV

Eggertsgata 24

Aquí soy nuevo, y clandestino. Definitivamente maduro, solitario, con la melancolía controlada y en proceso de optimismación. Se olvidaron, por el momento, los tiempos de escuchar música triste a muerte, a pecho descubierto, a porta gayola. Me gusta ordenar las cosas, contemplar mis libros aunque no estén todos los que son, pues la mayoría descansa en mi tierra. Observo con diversión a todos esos estudiantes universitarios que me rodean, revoloteando. A veces sigo poniendo a Sigur Rós, pero con más prudencia, sin codicia, sin regodearme. Disfruto hoy el aire fresco de septiembre, ansiando la oscuridad y la nieve, el momento en que María se marche y me quede aquí enfrentado a mí mismo, seguir haciendo del lugar en el que estoy un hogar. Pienso con miedo en cómo aguantarán el invierno mis plantas. Por el momento, hombro con hombro en esta cama de noventa, las ilustraciones de María en las paredes, su palo pintado, el aire resuelto que lo impregna todo y nuestras pequeñas discusiones. Viven conmigo Knausgard y Manuel vilas, Hamsun y Carlos Zanón, Truman Capote desde la tumba. También está Cormac. Ese me acompaña allá donde vaya. Creí que comprendía el libro pero luego me di cuenta de que no, y la relectura me enseñó lo que antes sólo mi subconsciente intuía. Hay una glósoli que suena y que resulta gratificante, el latido mismo de la vida al ritmo de las avionetas que suben y bajan, y de estas plantitas de caléndula que, ahora sí, respiran un balcón de ceniza.

Otros Adoquines.

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