Cosas recurrentes (II): La loba se retiró a morir / versión 2016

El frío metal atravesándole un costado la sorprendió, y permaneció unos segundos atónita bajo la intensa nevada que teñía el bosque con tonos blancos y volvía trémulas las ramas de los árboles. Luego, trastabilló hasta perder el equilibrio y caer un instante al suelo. Vidrio en sus ojos, la sensación de desmayo rota por un dolor punzante que la estremeció y obligó a volver de la oscuridad. El sol caía muerto tras las densas nubes de plomo, más allá de su mirada, tras el bosque. Del crepúsculo empezó a desprenderse una energía oscura. Se alzó sobre sus patas y echó a correr con torpeza entre los troncos desnudos, hundiendo las patas en el polvo de nieve. Tras de sí dejaba el rastro de sus huellas, y el punteado irregular de las gotas de sangre que se escurrían de su vientre. Los copos enredados en su pelo se crispaban un instante antes de fundirse con el calor de su cuerpo. Su corazón latía feroz y arrítmico, y sus oídos vivían atrapados en el sonido del disparo, que retumbaba una y otra vez en el interior de su cráneo. Y de su mundo. Una paz irremediablemente muerta. A lo lejos, escuchó voces: ¡Le he dado! ¡Le he dado!

La sangre empapó pronto su vientre, apelmazando el pelo entre sus tetas hinchadas. Huyó de ellos, oliendo la muerte en el aire frío. Algo se desinflaba en su interior, y ese vacío incipiente la hizo gruñir mientras aceleraba su carrera. El miedo se cerró en torno a su corazón. Sus cachorros, escondidos entre árboles caídos, hojarasca y nieve, la esperaban hambrientos de comida y de madre. Se los imaginaba viendo llegar la noche y no su vientre protector, y la furia se desencadenó de tal forma que se paró en seco. Giró el hocico en todas direcciones, tratando de serenarse y recuperar el aliento. Llegó a una conclusión dolorosa, pero que borró la furia, el miedo. Alzó la cabeza, y aulló. Se humedeció su mirada mientras el sonido gutural emergía del fondo de su garganta. El aullido significaba que no regresaría. Ya no.

Echó a correr de nuevo, pero siguiendo una dirección contraria al lugar donde sus cachorros la esperaban. No volvería a verles, pero no se entretuvo más que un segundo en recordar los lametazos con que los limpiaba, la forma en que se acurrucaban en su vientre, mamando de sus tetas, sus juegos violentos, los ridículos intentos de aullar. Todo eso quedaba atrás, irremediablemente. La única manera de darles una oportunidad era pagando con su vida, que se escurría entre sus patas con su sangre.

Se le nubló la vista. Empezó a tropezar con las ramas caídas de los árboles, el rosario columnar de un templo en ruinas. La penumbra transformaba la atmósfera. Tuvo la impresión de que los árboles la miraban como guardianes indiferentes a su suerte. Por detrás, ellos se acercaban, conscientes de que la presa herida no tenía escapatoria. Cuestión de tiempo. La loba gruñó al oler a los perros. La nieve, una masa iridiscente, azul flamígera, se agitaba a su paso. El bosque miraba.

Escuchó el río y su rumor. Su boca empapada en sangre llamó por agua. Resbaló por un leve terraplén de tierra helada, y luego sobre la orilla de barro frío, hojas podridas y algún que otro charco casi congelado. Olió la tierra, mientras por detrás ya escuchaba el sonido caótico de pasos, gritos. ¡Ha ido hacia el río! ¡Hacia el río! Cedieron sus patas delanteras, y se arrodilló, claudicando. El hocico avanzó hacia las aguas, y como un beso, bebió el agua fría, que resbaló por su garganta refrescándola. El dolor sordo de su vientre se apaciguó. Bebió un poco más, y luego levantó la mirada al cielo. Sintió un placer fugaz, mientras la realidad se magnificaba, acelerándose con movimientos trémulos, vertiginosos. La hilera de árboles franqueando el río, laberinto de líneas negras. El cielo nublado escupía nieve de nuevo. Su mente vagó un instante en sus cachorros, a los que imaginó asustados, mirándose sin saber qué hacer. Sabrían qué hacer. El instinto era una fuerza feroz.

Levantó el pecho una última vez, y aulló, retando a sus verdugos desde la agonía. Luego, rodó sobre sí misma, y dejó que el agua del río empapase su cabeza. Más allá de los árboles, vio trémulas luces amarillas, que transformaban la luz del frío atardecer en un paisaje antinatural. Se le erizó el pelo de la espalda. Las orejas alerta, y el corazón que se detuvo un instante.

El segundo disparo la alcanzó en la espalda. Escuchó el jadeo extasiado de los perros, las risotadas de los humanos. El bosque, mudo.

Miró por última vez el techo del mundo, y cerró los ojos, con la boca entreabierta buscando el aire que le faltaba. Sus colmillos fosforescentes. El río rumiaba, se llevaba las vidas congeladas a otro mundo. Su parloteo incesante fue lo último que sintió, mientras algo inconcreto le era arrebatado. Y escupió su último aliento.

La loba murió.

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