Libros de 2016

Acabo de ponerme a Joy Division. 2016 merece épica.

Cuando hablé de mis lecturas de 2015, me explayé en un artículo largo y quizá algo pretencioso. El año necesitaba de adornos. Pero 2016, en cambio, fue otra cosa, un tanto enigmática y que todavía no comprendo del todo, así que merece otra perspectiva. Más descarnada, más caótica.

Empecé el año con Vila-Matas y su Mal de Montano, y terminé con Stephen King. Tuve miparticular Tourmalet con La broma infinita, de Foster Wallace. Al contrario que con los anteriores puertos (literarios) de montaña, con el americano no fracasé. Aunque que me maten si entendí muchas de las cosas de las que hablaba.

Me resulta imposible destacar una novela por encima de otra. Con algunas, gané. Con otras, perdí.

Perdí con El lamento de Portnoy (bostezo), gané con Instrumental, de James Rhodes. Gané (de goleada), con Crematorio, de Rafael Chirbes, el último libro que leí antes de emigrar. Y perdí con La tierra que pisamos, la esperada segunda novela de Jesús Carrasco. Re-descubrí que algo en la prosa de Camus me toca y me atrapa. Y que París es una fiesta era un poco una farsa. Mentiría, por cierto, si dijese que el Bolaño de Nocturno de Chile o El Tercer Reich me enamoró, pero es que no es fácil alcanzar la pasión cuando te persiguen los detectives. Ah, y la copia que Horacio Quiroga hacía de Edgar Allan Poe me pareció barata. Hala, ya lo he dicho.

De la poesía, sigo atrapado con Whitman y con Vilas. Lo demás… lo demás, la verdad es que me da un poco igual.

Descubrí a un grande en John Balville y su mar, y a otro todavía más grande en el noruego de moda, Knausgård. A este último le seguiré hincando el diente en 2017. Hablando de dientes, mediando la tabla clasificatoria se quedarían los Dientes Blancos de Zadie Smith, también el Congreso de literatura de Aira. El filonazi de Knut Hamsun me entretuvo un rato, pero en general me resultó algo tedioso. No así Carlos Zanón, en quien descubrí a todo un maestrillo en su negro retrato de Barcelona. Nota aparte, el relato de Ted Chiang que dio lugar al guion de Arrival, y que aunque podría tener más estilo, condensa una inteligencia maravillosa.

Los ensayos de Thoreau siguieron invitándome a reconectar, pero la verdad es que no sería justo decir que me enamoran como antes. Palidecen en comparación con los búfalos de Dan O’Brien, o con las (complejas) prácticas de lo salvaje de Gary Snyder.

Atragantamientos también hubo: El cisne negro de Nassim Taleb, La nueva ciencia de la vida, de Rupert Sheldrake (que espera mejores tiempos), o El perfume, de Suskind (bostezo bostezo).

Resulta fácil imaginar que tras un año penoso, el siguiente sea mejor. Pero, ¿qué esperar del nuevo año cuando el anterior fue especialmente favorable? Años impares… en mi estantería esperan turno, entre otros, El Quijote (topicazo literario donde los haya), Kafka on the shore, del eterno aspirante, el segundo tomo de Knausgård, un librito de Bru Rovira (que ya estoy devorando), los bares de Juan Tallón y un Blackie Book sobre Bill Murray.

Para mí, si no es bizarro, no me vale.

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