Ortigueira, la ortignesia

Habrá en mi vida un mes de invierno, vacío, frío y gris. Será el mes en que conduzca o camine o me transporte de alguna manera a una Ortigueira dormida, en busca de esa ortignesia que un día soñé, que un día viví. Buscaré una pensión barata, cualquiera. Casi mejor si lleva abierta décadas y nunca la han reformado. Me asomaré a la ventana, y aunque no fumo, fumaré. Beberé ginebra de una petaca mientras paseo las calles vacías, mientras acaricio el metal de los coches viejos. Mientras huelo en el muelle el aroma de las algas descubiertas por la marea baja. Como todo nos conduce a todo, en mis pasos recordaré mis manos en la arena fría de Morouzos. Los chapuzones en pelotas. Iré del STOP a La fuerza irresistible. De la lejana luz azul celeste a los trazos de Thomas Cole. De Vania el forzudo a las suites de Bach. Del poderoso frío ártico a mis misteriosas escapadas a ninguna parte.

Ortignesia significa emocionarse sin esperar, significa escapar de esa herida lacerante que no deja de abrirse a cada día que pasa.

Habrá en mi vida un mes de invierno, vacío, frío y gris. Quizá sea hoy.

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