El páramo de tu espíritu

(cadáver exquisito a dos manos: Mery Mountain; Ernesto Diéguez)

Estabas estreñida. Te sugerí que comenzases a añadir semillas de chía a los yogures, pero no me hiciste caso. En el fondo, has tenido problemas de vientre desde la adolescencia, cuando te convertiste en una amargada resentida y rencorosa.

Valiente hija de puta, lo arruinaste todo. Con tus ínfulas, tu egocentrismo, tu necesidad de ser siempre el centro de atención. Por no hablar de tu tristeza de mentira.

Al encontrarte en el descansillo, escuchando música, esperándome con tu sonrisa de hipócrita, sentí ganas de pegarte. Pero me contuve, como siempre hago. Como siempre he hecho.

Deberías estar con ella, ¿no? Está enferma y a tu cuidado, le dije.

Ha muerto esta mañana, dijiste, y entonces se hizo el silencio. Debo escoger flores para la corona, ¿me acompañas? Solo tú sabes cuáles eran sus favoritas.

Me derrumbé de rodillas sobre los escalones, mientras notaba un gran vacío estableciéndose en mi pecho, de pronto hueco. Terreno conquistado, tierra baldía. Quisiste abrazarme, de alguna forma creo que lo intentaste, pero me aparté. Lo último que querría es un abrazo tuyo. Siempre nos hemos llevado mal, ese enfrentamiento ha sido una fractura constante a lo largo de mi vida. Y se acababa de morir la única persona que nos unía e impedía que dejásemos de vernos.

Tenías razón, la chía funciona, dijiste. He cagado esta mañana, y también ayer por la noche. Supongo que querías romper el hielo. Curiosa forma la tuya.

Muy adecuado, hablar de mierda en un momento como este.

Entonces, ¿vienes o no? Debo tener las flores para dentro de dos horas.

No, no voy.

Ya. Está bien, gracias por nada, exclamaste, airada y triste. Luego, te levantaste y echaste a andar.

En el fondo, tampoco me gustaba ella. Siempre te prefirió a ti, aunque la despreciases y le sacases su dinero. Siempre a ti, a pesar de todo el daño que le hiciste. Ni mi bondad ni mis cuidados, ni mi atención, pudieron hacer nunca nada para borrar eso.

Siempre te prefirió a ti, empecé a decir. Pero ya corrías calle abajo entre los coches congelados, como el páramo de tu espíritu. Siempre, siempre, siempre protagonista.

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Un comentario en “El páramo de tu espíritu

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