Heyholt y Vilas

Amanezco con Vilas. En algún lugar al oeste de Islandia llamado Heyholt. Perdonarás, amigo aragonés, que a veces te engañe con otros, especialmente con Whitman, con Novoneyra, con Ginsberg. El amor múltiple, cómplice, con tantas caras, aristas, vértices. Ellos están muertos, tú vivo, y todos somos humanos. Supongo que entre poetas, no duele tanto. O duele menos. Afuera, más allá de mis pies enfundados en calcetines de lana, se extiende una larga llanura fluvial, dorada al amanecer de fevrero (ah, qué placer escribirfevrero con V). El río y sus meandros la atraviesan, con calma de saurio. Nubes de gasa acarician los montes nevados, y las caras de vikingos sabios esculpidas en sus laderas. Aunque nunca haya habido un vikingo sabio. No hace mucho frío, además mi piel ya se vistió con la grasa de los osos. ¿Sabes? Creo que nadie te ha leído en esta tierra. Que yo soy el primero. Suspiro. La noche agitada rascó mi garganta, supongo que esto también es V I A J A R.  Pero al abismo que se huele alrededor. Nunca lo sospeché, pero bajo mis pies no había nada más que arena. Y sin embargo… Zumba esa mosca, la única superviviente de las miles que cayeron en la astenia invernal. Siempre los empecinados, los que perseveran hasta el absurdo. Optimistas como la mierda. En las habitaciones, por cierto, todos duermen. No yo, a mí me llama la luz, aunque mis palabras beban de la oscuridad. Aunque reconozco que por las noches lo mejor es dormir. Que no te atrapen las pesadillas, ni mucho menos los sueños. No dejarse a ese lado que todo lo quiere controlar. A la luz de la mañana, en cambio, siempre la dejo entrar. Zumba, zorra, zumba. Dale carnaza al biógrafo. Ya escribí sobre ti una vez, no lo olvides, estúpida mosca invariable y matemática. Puedo hacerlo todas las veces que quieras. No me desafíes, no me provoques. No tienes patria, ni yo tampoco, y la batalla ganada no nos regalaría reino alguno. Somos desheredados, vagabundos, hermanos. De sangre. Repetimos nuestros actos hasta la saciedad, hasta la falla que retuerza y destruya la placa tectónica. Tú, dando vueltas alrededor de esa bombilla, de esa luz que crees que significa algo. Yo, alrededor del mismo abismo de siempre, con la certeza de que algo contiene. Y Vilas, claro, aunque Vilas no sé alrededor de qué gira. Quizá del tiempo. Quizá de sí mismo. Quizá del primer día de la primavera. Ni lo sé ni me importa. La mosca desaparece, afuera trina un pájaro, creyendo que la primavera ya está llegando. Pobre infeliz, todavía faltan nevadas por cubrir nuestros espíritus. De pronto, se me viene a la cabeza la canción de Bizarre Love Triangle, y la ocurrencia me hace reír, mientras el sol se esconde detrás de unas nubes y la llanura se transforma en un espacio mortecino. A lo lejos, el Hafnarfjall, imponente, monstruoso, maléfico. Algo se mueve en las habitaciones. Sigo leyendo: “Me quemé los labios amándolo todo, de verdad, estuve enamorado de todo y lo estoy, aire nuestro”. Cierro el libro, incapaz. Una puerta se ha abierto. Lo que daría ahora por una buena copa de rioja, sabor a roble, matices de vainilla, teja. Eso, y una mochila lista en el sendero. “Góðan daginn!“, murmura una voz. Bos días, si, respondo yo. A lo lejos, sobre la llanura, me parece distinguir una figura. Que camina. Quizá soy yo, que ya me fui.

(Heyholt, febrero 2017)

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Un comentario en “Heyholt y Vilas

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