Historias de una válvula: Dramillas (III)

Cierro los ojos, los abro.

El camino, mal asfaltado, poco más que gravilla, corre por detrás de un campo de fútbol, entre pinos agotados por el calor. No hay casas por aquí, y camino con Patricia, que todavía no sabe muy bien cómo lidiar con esta pseudo-depresión en la que he caído rápidamente, y que me consume por las noches. Nuestra crisis de meses atrás ha muerto ante la vulnerabilidad de mi estado emocional. No querría quedarme solo por nada del mundo,aunque sepa que actuar así resulta injusto. Julio pasó y agosto calienta, pero menos. Como dicen las ancianas, O vrán marchou. Unos metros por delante, se levanta la figura del pabellón de deportes. También de una casita pequeña de ladrillo que construyó un hombre que buscaba apartarse del resto de la aldea. Noto algo en mi pecho, moviéndose y temblando mientras intento transmitir de alguna forma mis sentimientos. Ese algo acaba rompiéndose, y yo me derrumbo, lloro como un niño moqueando con la cara cruzada de lágrimas y absolutamente desolado. Sintiéndome incapaz de enfrentarme a lo que sea que le ocurre a mi corazón. Patricia no sabe qué hacer así que solamente me abraza y espera, repitiendo la salmodia habitual de que no me pasa nada mal, de que todo irá bien, de que solamente… debo tranquilizarme.

Las otras Historias de una válvula.

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