El equilibrista (Paul Klee)

La lógica interna de los sueños, si es que la tienen. Explosiones moradas en el cielo de esta noche de viernes. Un grupito de muchachos histéricos comiéndose un helado. Las burbujitas de la cerveza escalando el vidrio del vaso. Un poeta que se atusa el pelo, que huele a cloro y soledad.

Hablo de equilibrio.

En un librito sobre gimnasia, leí que el cuerpo humano podía tenerse en pie porque la musculatura anterior y posterior se anulaban una a la otra. Bella definición de equilibrio: estado de inmovilidad de un cuerpo sometido a dos o más fuerzas de la misma intensidad que actúan en sentido puesto, por lo que se contrarrestan o anulan.

En otro librito, este de poesía, de segunda mano, alguien escribió: “¿Acaso a alguien le importa el equilibrio?

Paul Klee, como muchos genios (o como muchos de nosotros en realidad), vivía en la cuerda floja: a un lado el paraíso; al otro el abismo. Puede que ambos escenarios sean en realidad el mismo. Lo sospecho desde hace tiempo.

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Su dibujo de El equilibrista me estremece. Veo a ese individuo ahí colgado, en esas irregulares líneas, como de niño, y me acuerdo de Philippe Petit, en Man on wire, o al Ferreiro cantando aquello de El equilibrio es imposible. Imposible hasta el llanto. Si me apuras, hasta ese letrero de Fujifilm, trasunto de un ya lejano Hesperia de la Choupana, me habla del equilibrio imposible. O esta Bounderies, de Eska.

Creo que en otra vida, fui mexicano / pero hoy solo enciendo velas.

Volved la mirada a ese equilibrista. ¿Le habéis visto bien? No basta con ver, hay que mirar, como decía Saramago. El equilibrista lleva un sombrero: su elegancia. También una barra, pues se trata de un equilibrista arquetípico, de época, de espectáculo de variedades, de nudo en las gargantas del público en silencio. Pero hay más: una escalera, que le ha permitido subir por sí mismo a las alturas. Ningún dios implacable o despreciable le ha abandonado en las alturas. Se ha encaramado ahí arriba de forma premeditada y consciente. Quizá alegue que creía soñar. Pero no sería más que una excusa barata. Además de su sombrero, de su barra, y de su excusa, el equilibrista no parece triste, sino asombrado de ver a sus pies todas las perspectivas de la vida, en forma de líneas cruzadas, alienadas y tangentes, moviéndose entre ángulos áureos y proporciones perdidas, disimulando ser lo que, quizá, no son. O disimulando ser exactamente lo que son…

Me da la impresión de que el equilibrista se queda ahí arriba, arriesgándose a la caída más brutal, precisamente por ello, por contemplar el mundo de la forma más aproximada a la realidad a la que pudiéramos tener acceso. Y porque se divierte, poniéndose en peligro, ajeno a las preocupaciones de lo común y lo cotidiano. Trascendiéndose a sí mismo.

A buen seguro que el equilibrista no podría explicarlo. Ni explicárselo a nadie. Pero lo sabe, lo intuye con esa parte del cuerpo que escapa del raciocinio como de la muerte. De Descartes y Kant y todo ese mecanicismo que es la parte más barata y mal acabada de la estructura social humana.

Y yo pienso: quién pudiese ser equilibrista; quién pudiese despreciar el riesgo, enfrentar la muerte con desdén; quién pudiese.

No te bajes de ahí, compañero, pues en ningún lugar vivirás mejor.

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