En Casa Vilas

Egmont, Op 84, Beethoven. Afuera, la nieve devora Vesturbær. Algunos coches se detienen un momento delante de la famosa heladería, pero todavía no ha abierto. De un Qasqai desciende un hombre como quien desciende de un módulo espacial, se queda plantado ante la puerta, decepcionado, y esa decepción visible en sus hombros coincide con el repunte de Beethoven, a los dos minutos y medio de comenzar, echando mano de unos violines que a mí me suenan afilados. Drama de guerra.

No os creáis nada cuando hablo de otros escritores. Es una farsa, debajo de las palabras, no hablo más que de mí. De ti, de mí, sin ti, contigo, yo, el otro, tanto da…

Manuel Vilas: poeta, escritor y aragonés. Quién sabe si por ese orden, o si el orden importa. No me he confundido al separar poeta de escritor: se trata de especies filogenéticamente emparentadas, pero que no comparten cama. El poeta, honesto; el escritor, mentiroso.

Mi creciente admiración por Vilas me inhabilita, dicen, para hablar objetivamente de él, pero ¿quién cojones quiere hablar objetivamente de nadie? ¡Tratadme con subjetividad, aunque me destripéis, aunque arraséis mi espíritu, aunque no tengáis más que decir de mí que pura basura! Por supuesto que subjetividad, faltaría… y además, mi imprudencia temeraria me hace no sentir miedo. Nada me da miedo, ya.

A la manera de la auto-ficción, esa subrama de la literatura que ha muerto y renacido cincuenta millones de veces, Vilas es el centro de su propia obra. También, dicen, hipermoderno y de lenguaje desgarrador. Las etiquetas, podridas como decía Oliveira (a los ocho minutos, esa Op 84 recibe la visita de la voz de una mujer, y todo se pone marcial, germánico; en realidad, carezco de la habilidad o los conocimientos necesarios para hablar de música clásica, y mis intentos me convierten en un imbécil, un imbécil que al menos lo intenta, que escucha el vozarrón de esa mujer, y dibuja en su rostro una mueca de incomodidad, tentado de abandonar Beethoven y ponerme ya a Debussy, pero ¿cómo voy a aprender si solamente escucho aquello que ya sé que me gusta y me mueve?), miseria equivalente a la corrección política. No tengo la menor idea de qué significa hipermodernidad, ni ganas de buscarlo en google, pero sí sé que la poesía de Vilas resulta desgarradora. Y menos mal, pues ¿quién querría una poesía insulsa, indiferente, desabrida, muerta? Somos seres humanos: queremos caña; queremos líos; queremos salsa, extrarradio y margen; queremos suciedad. Que, por cierto, también se encuentra en la poesía de Vilas (a los once minutos, al fin, la melodía vuelve a los violines y pierde rigidez, sincronizándose con esta niebla que me empuja a la contemplación y que resulta casi bucólica), en la que hay mucho sexo, visceralidad, mujeres, hombres, auto-sexo. En realidad, ¿no da igual? Pues lo único que importa es quereres, amarse. Como dice en el prólogo de Amor, su primera compilación poética: “[…] a estas alturas de mi vida ya solo me interesa el amor, en la medida en que el amor es la única experiencia humana que no procede de la gélida naturaleza, ni del absurdo universo, ni de la ficción de la historia, ni de la sociología emocional y cultura de un país llamado España. El amor es un buen lugar”; y “[…] que el amor vale la pena y que ser libre, también. Ama mucho, hermano. Quémalo todo mucho, hermano. Me voy a comer el mundo.”

Que todo lo que hacemos gira en torno al amor, escapa a todo atisbo de duda. En mí, Vilas aparece cuando mi vida tiembla. No siempre comprendo lo que me cuenta, lo que me quiere decir, pero lo que dice me entra por el vientre. Me empuja a alguna parte, a añorar los tiempos en que David Bowie y Lou Reed empezaban sus carreras, aunque mis tiempos son los de Smashing Pumpkings y su desesperación sin futuro, los de Dredg y su millón de gatos, los de Sigur Rós y sus páramos helados en donde tanta vida late, pum-pum, pum-pum, pum-pum. Me empuja a añorar, también, Aragón. Que para mí siempre había sido ese espacio en blanco que se encontraba antes de Barcelona, pero que terminó por transformarse en algo más, no solamente a causa de Vilas, sino de una amiga bruja que allí vive. Hablando de magia, fue no muy lejos del Barbastro natal de Vilas donde viví uno de mis grandes veranos de juventud, paseando entre los campanarios hundidos de Aínsa y por los estrechos valles de Ordesa, a los pies de ese Monte Perdido a donde los vascos iban a perderse, y yo con ellos. No muy lejos de Barbastro, también, vi un platillo volante mientras estiraba las piernas en una gasolinera, madrugada de bochorno, tenía dieciséis y ya me creía escritor, viendo girar aquellos tres puntos rojos, acelerando para escaparse al espacio más profundo. Y todavía busco días de mi vida para caminar entre Teruel y Canfranc, porque en realidad, ya estuve allí, y lo sé. Y sin duda, recuerdo a aquella mujer árabe tan bella, con una larga falta de gasa roja, caminando en una estación de servicio cerca de Zaragoza, lentamente y con un pitillo entre los dedos, arrebujada en una cazadora vaquera. Joder, si de Aragón, incluso recuerdo ese letrero que indicaba un mar en donde no había más que páramo. Conversaciones de fantasmas atrapados en lugares insospechados. Y en toda esa amalgama, Vilas girando la manivela de la dinamo. Vilas convertido en la voz.

En las reseñas normales, escritores sesudos y con aires de intelectual intentan integrar en su texto decenas de notas que han ido tomando. En mi manoseado Amor, sin embargo, abundan los dibujos, frases subrayadas, comentarios que nada tienen que ver con Vilas. Y notas, también, pero incluirlas aquí sería un poco prostitución, y la intimidad que tengo con Vilas se merece permanecer entre las sábanas. Una cosa os diré: empecé anotando a lápiz, como si quisiera que mi huella no fuese indeleble. Luego cambié a la tinta, y finalmente, al rojo. Rojo de sangre.

Me agrada cuando Vilas dice que uno no tiene nada importante que decir antes de los treinta y cinco, y que todo lo que se escribe antes es pura imitación. Me gusta porque me viene como anillo al dedo, supongo, cada vez más cerca de ese límite fatídico y sin más certezas en la vida que la cerveza, el yoga y la literatura. Y el AMOR, por descontado, que nunca se nos olvide el amor, porque sin el amor, no somos nada.

Mentiría si dijese que fue Vilas quien me recordó que el dinero es para gastarlo, para quemarlo como la vida. Ese conocimiento me vino de otra parte, pero Vilas me apoyó sin fisuras, me dijo, Hermano, qué más dará si tienes un dígito más o menos, que más dará si gastas mil más o mil menos, qué más dará si tu biblioteca crece como una infección, si vives intensamente en las calles nevadas, si amas en la cama retorciendo las sábanas y empapándolas de su sangre y tu sangre, qué más dará entonces si tienes mil más o mil menos, qué más dará, qué más dará si puedes pagarte la habitación y el coche y la cerveza, y el amor lo da gratis la vida, qué más dará, dime, Hermano, qué más dará.

Como decía, el crítico sesudo es capaz de observar, en una compilación poética como Amor, la evolución del poeta, los bandazos de forma y fondo que va a dando en su búsqueda literaria. Para el profano, un análisis semejante resulta agotador, o inaccesible, y te aparta del verdadero disfrute: “Cómo he cambiado en los últimos años,  / qué feliz soy por haber cambiado tanto”, dice Vilas en La noche de verano. En efecto, sé que había prometido no usar notas, ni subrayados, pero soy escritor, no poeta, y al escritor mentiroso no ha de creérsele lo que nos dice, porque siempre mienten. Pero, ¡ojo!, un escritor usará siempre la mentira para acercarse a la verdad y dejarla en evidencia, y alcanzar así la honestidad más estremecedora. Tantas vueltas…

A Vilas le usaré para dar entrada a una novela pavorosa que está por escribir pero me catapultará, una historia fantástica que perderá su capa de perfección así salga de mi cabeza a través de los dedos. La novela se llamará La fuerza irresistible, y el pedacito de Vilas que usaré como cebo es “… y estaba solo entre aquella multitud”. Le citaré, claro que lo haré. Y debajo de las palabras pondré, MANUEL VILAS, y asentiré como diciendo, Sí, señor, de justicia es agradecer el servicio prestado, el poema regalado.

En una presentación de Vilas que encontré en youtube, decía el aragonés que apenas se leía poesía en España, que se hacían muchos recitales, que se publicaba mucho, pero que se vendía poco, y se leía todavía menos (por cierto que Beethoven sigue a lo suyo, treinta y dos minutos más tarde, ahora es un hombre el que farfulla en alemán mientras la melodía se sume en un segundo plano, y yo me pregunto de qué hablará ese hombre, quizá de Alemania, o de Finlandia, o de los arios o la antigua religión escandinava, madre de leyendas, o quizá solamente habla de dos amantes del círculo polar o de todos esos laguitos que tachonan Suecia pero sobre todo Finlandia, dos personas que se aman, que se odian, que se traicionan, que se vengan). No cualquier lector sirve para enfrentarse a la poesía. Mi madre, lectora ávida, se niega en rotundo a ello, argumentando que no sabe leer poesía. Porque para caer en la poesía, uno ha de vestir la cota de malla y la armadura correspondiente, agarrar la lanza, la espalda, y subirse al corcel, para poco más tarde, de camino a la batalla, quitárselo todo y, desnudo, con los brazos abiertos, caminar hacia la muerte más segura. Sin desnudo, no hay poesía. Quizá por ello este que escribe no cae mucho en ella. La poesía desgarra, y uno no está para ser desgarrado cualquier día ni cualquier época. La primera poesía que compré, más allá de los exabruptos impuestos de la educación secundaria, fue un librito de Allen Ginsberg, Aullido (en un rapto de indecisión post-beethoveniana, corren por mis oídos y por la piel de esta habitación el Nocturno de Chopin, también su Prelude, que me mueve más; y el Claro de luna de Debussy, pero sobre todo su Arabesque, para finalmente rozar Schubert y encontrar ‘algo’ en Fauré), en un tiempo en que la beat generation era todo lo que quería saber de la vida, el tiempo en que amé a Kerouac por encima de todas las cosas y como nunca he vuelto a amar a un hombre. Fui con él vagabundo en el dharma, y estuve también en la carretera. Por aquel tiempo, despreciaba a Burroughs aunque le invité a un almuerzo desnudo a pies del Hesperia de la Choupana, pero en Ginsberg encontré la calma zen de los tiempos turbulentos, al tiempo que descubrí que todos tenemos un aullido dentro, y que para dejarlo salir necesitamos encontrar la Voz Propia. Mi querencia por sus versos me llevó a Whitman, y de Whitman, siguiendo extraños senderos, a Vilas. El tránsito fue puro azar, exaltación de máscaras: sangre, sudor, lágrima, semen, alcohol; bares, playas, coches, cuerpos; cielos, infiernos; amor, libertad, pasión. Ganas de farra.

Mientras me documentaba sobre Vilas, con distracción y sin rumbo fijo, me encontré un fragmento de un tal García Cerdán, que de la poesía afirmaba: “Entre las formas sublimes de hundirse, la poesía. Entre los modos exquisitos de tocar fondo, de arañar el fondo, de llegar hasta el fondo del fondo, hasta la superficie abisal del hundimiento, hasta el barco hundido de lo insalvable pero en su oscuridad intacto, la poesía”. Qué maravilla dolorosa encontrarse textos así, en donde se habla de la poesía como trasunto de la vida, estableciendo resonancias, atando cabos. En el fondo, ¿qué somos, sino cuerdas de guitarra que unidas a un instrumento que no podemos vislumbrar, vibramos y resonamos? Leyendo a ese tal García Cerdán, supe que mi artículo sobre Vilas fracasaría, y que en ese fracaso estaba la clave de todo. Enfrentarse al fracaso absoluto y que te importe, hablando en planta, una auténtica mierda. Enfrentarse a sacar de dentro lo que dentro llevas, sabiendo que “la herida sigue abierta en canal y da igual el lugar al que uno viaje”. Ah, la maravilla. Qué bien sienta.

Podría seguir escribiendo durante páginas enteras, pero sé que ni dos personas se enfrentarán a un texto de más de dos mil palabras sobre un poeta aragonés. Este es terreno de equilibristas, de seres elegantes y suicidas, amantes de la cuerda floja.

Me explota la honestidad cuando siento que Vilas es un hermano. Me pasa con otros escritores. A ninguno le conozco en persona, pero con todos ellos tengo una relación profunda, y no en pocas ocasiones encuentro en sus palabras mis propios pensamientos. Que se lo digan a Cortázar. Hay quien dice (la niebla devora mi ventana, se la come a caricias de vapor, la besa y intenta penetrarla sin conseguirlo) que en lo que leemos nos encontramos a nosotros mismos. Sea. Nuestros miedos, nuestros traumas y anhelos, deseos. Quizá funciona parecido al tiempo, y al modo en que nos encontramos unos a otros como ciegos en una habitación enorme, nunca por casualidad, sino unidos por algún tipo de hilo invisible que Jung, un día, vio entre islas.

Escribir es exponerse. A puerta gayola. Vilas me tocó, primero con delicadeza, luego con brutalidad. Pero siempre con amor, el amor que no falte, el amor que no nos lo quite nadie, porque si hay amor, ¿qué nos puede pasar? ¿La vida?: ““Puedo verlo todo. Te veo dentro de treinta años, / te veo y te toco”. “Qué solo estoy yo, aquí, en la tierra. / Qué solo me he quedado, papá”. “Me quemé los labios amándolo todo, de verdad, estuve enamorado de todo y lo estoy, aire nuestro”. “No nos dejarán morir como chicos y chicas nadando en los ríos. / Moriremos como perros envejecidos en mitad de la juventud”. “Demonio y fortaleza” (Cerca de los cinco minutos de Elegía para cello y orquesta, de Fauré, la melodía dramatiza, y un estremecimiento escala por tu espalda para instalarse en la nuca, ese crucial pedacito de piel desnuda). “Me beberé el mundo, las ciudades, las almas, las catástrofes”. “[…], pero todas las ciudades son una sola cuando se está solo”. “Arrugas, los dos. / Los dos somos arrugas; / las tuyas, de oro; / las mías, de viento”. “El que bebe solo espera beber con Dios un día”.

El momento es este: el Adagio Assai de Ravel ha llegado, y cuando Ravel toca yo callo, recordando lo pretérito y lo futurible, desvaneciéndome en el sendero de ceniza, dejando que entre en mí con pasmosa facilidad. Como me pasa con Vilas, y con tantos otros, como decía. Dependiendo de con quién, mi cuerpo se lubrica automáticamente para ellos y para ellas, para el mundo, sexo con el mundo, sexo con cualquiera que quiera tocarme, acariciarme, hacerme un pizzicato en el alma, besarme en la boca, en el cuello y en mi sexo, en mis piernas y mis pies, en mi espalda, sexo con cualquiera que trascienda su carne y mi carne y se agarre a mi corazón con las manos, a ese mismo corazón que late, si le dejo.

Así podría seguir durante años, eones. Mis dedos empiezan y no terminan. Pero si Ravel toca, yo callo, y me despido.

Afuera, la niebla se incendia con el sol. En ninguna parte sucede eso como en Islandia. Más allá de esa niebla inflamada, trémulo el mar. Sal y verano. Anzuelo y sedal. Amor e infierno.

Entrad en Casa Vilas. Se come bien.

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