Historias de una válvula: Disimular

Cierro los ojos, los abro.

Que no te vean mirarte las pulsaciones, me amenaza un día mi madre, y empiezo a disimular no bien ha terminado de hablar. Aislado, brego intentando enfrentarme a la situación por mí mismo. A las bravas, tomar el control. En realidad, solamente gano manías y hábitos. Hago menos deporte porque miedo a que me explote el corazón. Desarrollo una absurda adicción a l tila, aunque no obra ningún efecto sobre mi ansiedad, y es motivo de burla en las sobremesas. Y constato el ritmo de mi corazón a todo momento, midiendo mis pulsaciones. La mirada persecutoria de mi madre me hace desarrollar habilidades para hacerlo sin que se entere: pose clásica de pensador; dos dedos en la sien; los brazos cruzados de forma que la mano derecha se apoye subrepticiamente sobre el corazón; falso picor en la muñeca. Diez, quince segundos, no necesito más, multiplicación rápida: sesenta y cinco, ochenta, setenta y tres. Siempre que vaya por debajo de noventa, respiro aliviado. Pero si los latidos se desdibujan, y dudo de si contar ese como uno o como dos, entonces hiperventilo. Mientras, a mi alrededor, todo sigue su curso.

Las otras Historias de una válvula.

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