Yemas

De España me traje yemas de Kalanchoe. Los indígenas la usaban, planta sagrada. Me la compré en pleno invierno gallego, y adoleció en su maceta, sin crecer ni menguar. Es la fascinante entereza de los vegetales. Standby. Cuando reventó a crecer, se volvió de una exuberancia contagiosa. Parecía brillar, y yo a su lado. Como digo, me traje unas yemas al invierno islandés, pesimista y seguro de que la oscuridad las mataría. Pero al contrario de lo que habría esperado, esa media docena de yemas sobrevivió y exploraron la tierra de su maceta, un recipiente de yogur. Exhalaron finísimas raíces blancas, y al cabo de un mes, ya brotaban, a pesar de que el sol salía a las once de la mañana y se ponía poco después de las cuatro.

Una noche, soñé que no podía encontrar los brotes. Que los cubrían mareas de malas hierbas, y que a pesar de que las arrancaba con cuidado, no podía encontrarlos. Hasta el punto de hacerme pensar que los brotes no estaban ahí. O que, de hecho, jamás habían existido.

Pero estaban ahí…

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