Serie PERSONAJES: Angelines

Angelines siempre cocinaba babarrunas cuando llegábamos al caserío. Como si fuese una especie de bienvenida, un acuerdo tácito nunca nombrado como el que lleva a mi madre a cocinar automáticamente una tortilla cuando llego a casa. Aquel potaje que era enseña de Angelines, se cocinaba con alubias de Tolosa, unas habas negras, y también con repollo y, creo, si la memoria no me falla, algo de cebolla, y la cocción requería de horas, de un burbujeo hipnótico que llenaba la casa y su atmósfera de un aroma dulzón, preludio de la maravilla, un aroma que escapaba por debajo de la puerta y hacía temblar las ramas de hierbaluisa.

Angelines padecía de la circulación, especialmente en sus piernas fuertes y varicosas. Su rostro risueño, afable, podía transformarse a la velocidad del rayo en pura severidad de abuela. Pero tras sus gafas enormes, sus ojos desprendían un amor inabarcable, y se le encendía la sonrisa cuando veía a todos sus hijos en casa, pero especialmente a los nietos, ya fuesen naturales o políticos, a ella eso no le importaba, con tal de tener ese barullo en casa. Porque en su casa, siempre cupo todo el mundo.

Las babarrunas eran un plato delicioso. Sentados a lo largo de la mesa de madera, con un mantel blanco, colocábamos los platos y entre ellos los cubiertos y las copas de agua y las botellas de sidra, también los pedazos de pan, y luego se repartían las babarrunas, que humeaban en el plato como una factoría. La primera cucharada, siempre la mejor, resbalaba por tu garganta, calentándote el pecho. La salsa viscosa, color sangre, pedía ese pan que se había repartido en la mesa, pedía esa magia que surge de empapar el trigo inflado con grasa y azúcar. Alrededor, surgían conversaciones que casi nunca comprendía, ni aún las más fáciles, pero las babarrunas y la sidra eran más que suficiente, y de reojo contemplaba esa marea humana familiar llena de rutina y cotidianidad, de sonrisas, de mascar mandíbulas.

Al terminar la comida, Angelines se iba a caminar, rematada su faena. Se lo pedían las piernas y se lo mandaba la médico. Al final del paseo, se reunía con sus amigas para tomar el café. Mientras tanto, los hombres remoloneaban en la mesa mientras alguien fregaba, normalmente Ramiro. No pasaba mucho tiempo antes de que las tripas rugiesen, como las flores al llegar la primavera. Recuerdo un día que jugamos un improvisado partido de fútbol con los niños, y aquel espacio, aquel terreno de juego que era poco más que una lengua de césped, olía a sulfuro como si se tratase del mismo infierno: risas y goles.

***

El día que Angelines murió (esta sección empieza a parecer un obituario), yo me había empeñado, a ochocientos kilómetros de distancia, en cocinar babarrunas. La distancia emocional me lo había ido pidiendo conforme Euskadi se diluía en mi espíritu, y lo hice consciente de que aquellas babarrunas llevaban algo más que alubias de Tolosa o repollo, que el sabor que mi paladar recordaba se componía de otros muchos elementos. Pero siempre he sido empecinado.

El día que Angelines murió, y me senté a la mesa con un plato de humeantes babarrunas, sonó mi móvil y me enteré de su muerte, así, con un mensaje de texto. Así es cómo nos desvanecemos en el aire.

Aquellas babarrunas, por cierto, no me las pude comer.

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Un comentario en “Serie PERSONAJES: Angelines

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